
ANTES DE LA BASURA
¡Qué tiempos aquellos! Me escucho decir, como si fuera ya una abuelita. Pero ahora que no podemos dejar de pensar en el tema del destino de los desechos, parecen lejanos e imposibles los años de mi infancia, cuando había tan poca basura.
Por fortuna tengo todavía muchos contemporáneos, a cuyo testimonio apelo para respaldar esta historia, increíble para las nuevas generaciones.
Hablo de cuando comenzaba apenas a conquistarnos la cultura del empaque y lo desechable. En esos tiempos no tan antiguos, la leche la repartía un lechero, en botellas de vidrio totalmente retornables, con tapa de cartón, ajustada con un alambrito. La tapa y el alambre no se devolvían, desde luego, pero eran materiales muy reciclables. El jugo de naranja sólo podía provenir de frutos de esos redonditos y amarillos; se tomaba en casa recién exprimido, o en puestos de jugo, servido en vasos de vidrio que había que devolver allí mismo. Las cáscaras no siempre iban a la basura, aunque son desechos orgánicos, biodegradables en poco tiempo; sin embargo, había quien los recogía y los utilizaba para obtener aceite de naranja, utilizado en repostería y en perfumería.
Las salsas y jugos debían prepararse en casa, no existían en anaqueles de supermercado. Había ya mayonesas y mostazas, pero siempre en envases de vidrio, al igual que los refrescos embotellados, que no existían en latas de aluminio ni mucho menos en el ahora socorrido plástico PET, una de las principales plagas en contra del equilibrio terrestre.
El agua entubada era la que se usaba para beber, hervida en las casas más cuidadosas. En los lugares donde esto no era posible, se utilizaba el agua "electropura", siempre distribuida en garrafones de vidrio. El concepto de comprar el vital líquido nos era totalmente ajeno, salvo en el caso antes mencionado. Jamás en un restaurante te traían una botellita de plástico si pedías agua natural; era un dicho común: "el agua y el aire son gratis hasta en las gasolineras".
Ahora me preocupa pensar que quizás pronto nos venderán –dada la creciente contaminación— botellas de PET con aire dentro.
En la cocina no había toallas desechables; sí, por supuesto, rollos de papel para el baño y servilletas del mismo material. Las toallas sanitarias existían desde una generación anterior, pero nosotros, los de mi generación, crecimos con pañales de tela, aunque ya usamos desechables para nuestros bebés. Los biberones eran de vidrio y las mamilas de plástico: todo había que esterilizarlo para seguirlo usando más y más veces.
Y hablando de usar y reusar, estaba la ropa. La gente tenía mucho menos prendas, aun los muy ricos. Nada más echen un vistazo a una casa de antigüedades, y observen el tamaño de los hermosos roperos de maderas finas y lunas de plata al frente, en los cuales cabía el guardarropa de las elegantes bisabuelas. Y es que esos trajes, vestidos, abrigos, lencería y blancos, estaban hechos para durar, de fibras naturales como lana, seda, algodón y lino. Cuando alguien deseaba eliminar una prenda de su guardarropa, la "heredaba" a hijos, hermanos menores, parientes pobres o servidumbre, quienes les harían los ajustes necesarios, pero nunca iban a dar a la basura. Las señoras ahorrativas desprendían, antes de regalar la ropa, los botones (que eran de concha, hueso, madera o "forrados"), y los guardaban en cajitas o frasquitos, por colores y tamaños. De los camisones y sábanas viejos salían trapos para sacudir, planchar o tamizar en la cocina, los cuales se usaban y reusaban hasta deshacerse. Los calcetines y calcetas se zurcían muchas veces y los zapatos iban a reparación, hasta que el zapatero remendón los reconocía como viejos amigos. Desde luego todos eran de cuero legítimo y de lona de algodón las alpargatas y zapatos deportivos. Nada de calzado de hule y plástico para amontonarse en los basureros.
Éstos, los tiraderos de basura, no representaban, obviamente, un problema crucial para la comunidad, como ahora. Ubicados a distancia suficiente de los barrios habitacionales, se llenaban, se tapaban, y se buscaba un nuevo destino para los desechos. No se convertían en argumentos políticos o cotos de poder. No queda más que exclamar, suspirando como abuelita: ¡Ah, qué tiempos aquellos!
¡Qué tiempos aquellos! Me escucho decir, como si fuera ya una abuelita. Pero ahora que no podemos dejar de pensar en el tema del destino de los desechos, parecen lejanos e imposibles los años de mi infancia, cuando había tan poca basura.
Por fortuna tengo todavía muchos contemporáneos, a cuyo testimonio apelo para respaldar esta historia, increíble para las nuevas generaciones.
Hablo de cuando comenzaba apenas a conquistarnos la cultura del empaque y lo desechable. En esos tiempos no tan antiguos, la leche la repartía un lechero, en botellas de vidrio totalmente retornables, con tapa de cartón, ajustada con un alambrito. La tapa y el alambre no se devolvían, desde luego, pero eran materiales muy reciclables. El jugo de naranja sólo podía provenir de frutos de esos redonditos y amarillos; se tomaba en casa recién exprimido, o en puestos de jugo, servido en vasos de vidrio que había que devolver allí mismo. Las cáscaras no siempre iban a la basura, aunque son desechos orgánicos, biodegradables en poco tiempo; sin embargo, había quien los recogía y los utilizaba para obtener aceite de naranja, utilizado en repostería y en perfumería.
Las salsas y jugos debían prepararse en casa, no existían en anaqueles de supermercado. Había ya mayonesas y mostazas, pero siempre en envases de vidrio, al igual que los refrescos embotellados, que no existían en latas de aluminio ni mucho menos en el ahora socorrido plástico PET, una de las principales plagas en contra del equilibrio terrestre.
El agua entubada era la que se usaba para beber, hervida en las casas más cuidadosas. En los lugares donde esto no era posible, se utilizaba el agua "electropura", siempre distribuida en garrafones de vidrio. El concepto de comprar el vital líquido nos era totalmente ajeno, salvo en el caso antes mencionado. Jamás en un restaurante te traían una botellita de plástico si pedías agua natural; era un dicho común: "el agua y el aire son gratis hasta en las gasolineras".
Ahora me preocupa pensar que quizás pronto nos venderán –dada la creciente contaminación— botellas de PET con aire dentro.
En la cocina no había toallas desechables; sí, por supuesto, rollos de papel para el baño y servilletas del mismo material. Las toallas sanitarias existían desde una generación anterior, pero nosotros, los de mi generación, crecimos con pañales de tela, aunque ya usamos desechables para nuestros bebés. Los biberones eran de vidrio y las mamilas de plástico: todo había que esterilizarlo para seguirlo usando más y más veces.
Y hablando de usar y reusar, estaba la ropa. La gente tenía mucho menos prendas, aun los muy ricos. Nada más echen un vistazo a una casa de antigüedades, y observen el tamaño de los hermosos roperos de maderas finas y lunas de plata al frente, en los cuales cabía el guardarropa de las elegantes bisabuelas. Y es que esos trajes, vestidos, abrigos, lencería y blancos, estaban hechos para durar, de fibras naturales como lana, seda, algodón y lino. Cuando alguien deseaba eliminar una prenda de su guardarropa, la "heredaba" a hijos, hermanos menores, parientes pobres o servidumbre, quienes les harían los ajustes necesarios, pero nunca iban a dar a la basura. Las señoras ahorrativas desprendían, antes de regalar la ropa, los botones (que eran de concha, hueso, madera o "forrados"), y los guardaban en cajitas o frasquitos, por colores y tamaños. De los camisones y sábanas viejos salían trapos para sacudir, planchar o tamizar en la cocina, los cuales se usaban y reusaban hasta deshacerse. Los calcetines y calcetas se zurcían muchas veces y los zapatos iban a reparación, hasta que el zapatero remendón los reconocía como viejos amigos. Desde luego todos eran de cuero legítimo y de lona de algodón las alpargatas y zapatos deportivos. Nada de calzado de hule y plástico para amontonarse en los basureros.
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