viernes, mayo 14, 2010





EL ELEFANTE Y LA PALOMA

Por: Bertha Balestra


Monumental, vistoso, exagerado a veces, impregnado de pasiones y expresión, igual a sus inmortales obras, fue el romance entre dos pintores famosos, dos figuras mexicanas que no son desconocidas en ningún rincón del mundo: Frida Kahlo y Diego Rivera.
La relación entre estos pintores no tuvo ninguna similitud con el concepto de amor perfecto que se desarrolló durante el romanticismo. Nada de intercambio de poemas, ni de idealización del otro. Jamás fue Frida la musa del muralista, ni la creación de los lienzos extraños y atormentados de ella se dulcificó gracias al amor de su compañero.
El mismo Diego hacía burla de lo disparejo que eran como pareja, diciendo que eran un elefante y una paloma. Pero esa paloma nada tenía de blanca paloma, ni de instrumento de la paz o de criatura dócil. Frida Kahlo conoció a Rivera en 1922, cuando era apenas una jovencita, estudiante de bachillerato. A él, que era ya un pintor reconocido, de casi cuarenta años, le habían encargado los murales de la Escuela Nacional Preparatoria, donde ella estudiaba. A la chica le causó una gran impresión el artista y su quehacer; quizás por eso, poco después, durante su dolorosa recuperación de un accidente que casi le costó la vida, Frida dedicó sus horas de encierro a pintar. Cuando pudo reintegrarse a la normalidad, aunque arrastró por siempre secuelas físicas y psicológicas de aquel incidente terrible, Frida decidió dedicarse a la pintura y comenzó a frecuentar los círculos de artistas de la ciudad de México. Allí Diego se percató de la existencia de aquella joven menuda, de mirada fiera bajo sus espesas cejas y de visible talento. Experto mujeriego, decidió conquistarla, seguramente sin imaginar que nunca más saldría de su vida.





En 1929, Diego y Frida contrajeron matrimonio. Era la tercera esposa de él y sería el único de ella, aunque ambos –él muchas veces más que ella— se permitieron tener relaciones extramaritales. A pesar de su liberalidad, tales aventuras provocaban tremendas peleas. Cuando Frida se enteró de que Diego la había engañado con Cristina, su hermana menor y, hasta entonces, inseparable compañera, le pidió el divorcio. En esa época, León Trotsky, el líder soviético, vivió exiliado en casa de Frida junto con su esposa. Trotsky y Frida mantuvieron un romance; por ello, se le consideró sospechosa del homicidio del ruso, aunque pronto fue exonerada de todo cargo.
Un año solamente duraron separados Diego y Frida. En 1940 volvieron a casarse, para permanecer juntos hasta la muerte de ella, en 1954, después de un largo y penoso deterioro de su salud, consecuencia de sus antiguas heridas. A sus dolores físicos se sumó siempre la obsesión de la maternidad, que nunca pudo lograr.
Diego se casó de un año después con Emma Hurtado, pero sólo sobrevivió tres años a la mujer que no fue su único amor, ni su musa, pero sin duda, sí ocupó en su vida el primer lugar como compañera de una vida azarosa, de gran éxito profesional y de entrega apasionada al arte.

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