martes, mayo 04, 2010




¿POR QUÉ NO TUVO LA CULPA EL INDIO?

Por: Bertha Balestra

Parece que, como siempre, la calma que sigue a la tempestad volvió a adueñarse de los ánimos generales, salvo, seguramente, el de aquellos que perdieron todas sus pertenencias a causa de las inundaciones de hace algunos días. Una vez atendida la emergencia, como canta Serrat: “vuelve el pobre a su pobreza, vuelve el rico a su riqueza y el señor cura a sus misas…” y habría que agregar: quienes deciden o permiten los asentamientos humanos sin tomar en cuenta las fuerzas de la naturaleza, la memoria implacable del agua, vuelven a su torpeza… a pesar de las advertencias de estas últimas y de las recurrentes historias y evidencias de sus estragos.
El domingo estuve en el centro histórico de la Ciudad de México, cuyos maravillosos edificios, ahora inclinados, ondulados, cuarteados, amenazan con no resistir muchos años más de hundimiento y, con toda seguridad, ni un sismo más. A tan triste visión se suma el nauseabundo aroma a caño que domina sobre el de las emisiones de los vehículos, las fritangas y los imperceptibles aromas vegetales de La Alameda. Inútiles son los gritos de las tres piedras que quedan en pie de aquella imponente ciudad imperial de los mexicas que admiraron los españoles a su llegada, en 1521. Siempre decimos y pensamos que se trataba de una ciudad construida “sobre” la laguna donde casi doscientos años atrás, los migrantes de Aztlán encontraron la señal de su dios: un águila parada en un nopal, devorando una serpiente. En efecto, allí se construyó Tenochtitlan, pero no encima del lago, sino en equilibrio con él; se vivía “en” el lago, se le utilizaba, al de esa ciudad y a los otros cinco de lo que habría sido la zona conurbada, como elemento vital donde se podían cultivar las chinampas, utilizar los veneros para abastecimiento de agua potable, construir diques y canales para ordenar el transporte. Así, la cuenca del valle de México albergaba cerca de cien mil habitantes.
Los conquistadores españoles decidieron desecar ese ecosistema, cambiar el agua por tierra y cubrirla de pesadas edificaciones. Destruyeron las avanzadas obras de ingeniería planeadas por Nezahulacóyotl: el enorme dique que evitaba que las aguas salobres de Texcoco se mezclasen con las dulces; el acueducto, las calzadas. Creyeron que si la fortuna había estado con ellos para vencer a los miles de guerreros mexicas, se pondría también de su lado para derrotar al agua. Contaminaron los ríos con aguas negras; criaron puercos e instalaron tenerías en sus márgenes; los desviaron hacia las minas, para lavar los preciados metales, esperados en la Península.
No, no fueron los indígenas de nuestra tierra quienes trataron de contrariar a la Naturaleza. Pero ninguno de los gobiernos que heredaron ese valle ha hecho algo definitivo para revertir el atentado. No se ha parado un alto a los asentamientos; no se han puesto a salvo las zonas de recarga de los mantos acuíferos. Se han permitido construcciones inadecuadas para ese tipo de terreno. Se propicia la centralización y la sobrepoblación… la Naturaleza sigue dando batalla: ahí están las inundaciones, la destrucción por sismos, la escasez de agua, la contaminación.
Nuestro valle matlatzinca era también una zona lacustre regada por el Lerma y sus afluentes, provenientes del deshielo del Xinatécatl. No en balde llamó uno de los cronistas de España “la Venecia de América” a lo que hoy es San Mateo Atenco. En menor medida por la diferencia en número de pobladores, este valle ha pagado también el precio de la lucha entre Naturaleza y pseudo-civilización.
¿Hasta cuándo?

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