SOR JUANA INÉS DE LA CRUZ
Hablábamos recientemente de las injusticias cometidas por la Iglesia Católica a través del Tribunal del Santo Oficio, es decir, de la temida Inquisición, tanto en Europa como aquí, en la entonces Nueva España, así como en las demás colonias españolas. Recordamos algunas víctimas de los llamados autos de fe, condenadas a la hoguera, amén del despojo de todas sus propiedades. Pero si condenar y ejecutar a inocentes es una de las deudas imperdonables de aquellas autoridades religiosas con la humanidad, igual de grave es la serie de atropellos y abusos cometidos contra el conocimiento humano, usando la Cruz como un pretexto. Tal fue el caso –que ya comentamos—de la quema de los códices indígenas y, en Europa, de la persecución a intelectuales y científicos como Galileo Galilei, Giordano Bruno y tantos otros estudiosos acusados de herejía y brujería.
Un ejemplo que vale la pena citar hoy es de Sor Juana Inés de la Cruz, la llamada Décima Musa y, sin duda, una de las mentes más geniales de la historia de la humanidad, autora de una obra literaria insuperable.
Juana de Asbaje, una niña nacida en 1651, vino al mundo en una sociedad en donde su talento y su desmedida sed de saber constituían un estorbo y, prácticamente, un pecado a los ojos del poder machista cuyo techo era la alianza entre gobernantes y clérigos. Por un corto tiempo, Juana brilló en la corte virreinal, utilizando su ingenio en las tertulias y su talento en escribir poesías galantes y obras de teatro para entretener a esa corte. Pero su sed de profundizar en el saber humano la hizo renunciar al brillo cortesano para ir a recluirse en un convento, donde pudiese dedicar más horas al estudio. Sin embargo, desde allí se extendía su luz, su fama hacía acudir a su celda a los intelectuales de la ciudad, convirtiendo el Convento de San Jerónimo en cuna de cultura y saber. No se puede sobresalir sin granjearse lo mismo admiradores que envidiosos enemigos. Esto sucedió a Sor Juana, a quien el Obispo de Puebla, Manuel Fernández de la Cruz, dirigió todo el peso de su eminente autoridad, haciendo que abandonara la pluma, se deshiciera de su biblioteca y dejara de utilizar el convento de San Jerónimo para las actividades intelectuales que le parecían “heréticas”. Para ello, el prelado se ocultó bajo el seudónimo de “Sor Filotea de la Cruz”, nombre con el que firma aquella instrucción de dedicarse solamente a actividades religiosas.
Como es bien sabido, la respuesta de Sor Juana a esa carta, un genial ensayo en defensa del intelecto femenino y el derecho de la mujer a cultivarlo sin detrimento de su religiosidad, fue la última obra literaria de la Musa, que no se atrevió, como lo dice en la carta, a correr el riesgo de caer en manos del Santo Oficio.
Este es un pequeño fragmento de esa carta:
“yo no quiero ruido con el Santo Oficio, que soy ignorante y tiemblo de decir alguna proposición malsonante o torcer la genuina inteligencia de algún lugar. Yo no estudio para escribir, ni menos para enseñar (que fuera en mí desmedida soberbia), sino sólo por ver si con estudiar ignoro menos. Así lo respondo y así lo siento.
El escribir nunca ha sido dictamen propio, sino fuerza ajena; que les pudiera decir con verdad: Vos me coegistis. Lo que sí es verdad que no negaré (lo uno porque es notorio a todos, y lo otro porque, aunque sea contra mí, me ha hecho Dios la merced de darme grandísimo amor a la verdad) que desde que me rayó la primera luz de la razón, fue tan vehemente y poderosa la inclinación a las letras, que ni ajenas reprensiones --que he tenido muchas--, ni propias reflejas --que he hecho no pocas--, han bastado a que deje de seguir este natural impulso que Dios puso en mí: Su Majestad sabe por qué y para qué; y sabe que le he pedido que apague la luz de mi entendimiento dejando sólo lo que baste para guardar su Ley, pues lo demás sobra, según algunos, en una mujer; y aun hay quien diga que daña…”
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