Soñar...

Mi mayor placer es soñar. Soñar dormida y más, despierta. Dejar volar la imaginación y tratar de convertir esos sueños en palabras.

lunes, julio 10, 2017

NO TODO HIJO DE TIGRE ES PINTITO

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DE LIBROS Y OTROS PLACERES 

Suele pensarse, tal como lo propone la sabiduría popular, que los hijos heredarán no sólo los rasgos físicos de los padres, sino también su manera de ser y hasta sus ideas, sus metas y su misión. Pero tal afirmación no siempre es cierta y para ejemplo, el vástago de José María Morelos y Pavón. Si el padre es el fortalecedor, el organizador y filósofo del movimiento independiente, el hijo es hoy considerado uno de los villanos de nuestra historia.
         ¿Qué diría Freud de las vidas divergentes de estos dos hombres? Difícil saberlo, pero he aquí algunos momentos de esas biografías para que cada quien elabore sus propias conclusiones.
         Juan Nepomuceno nació en 1803, es decir, cuando todavía el movimiento independiente no había comenzado, su padre era un cura mestizo, de origen humilde, quien, por supuesto, no podía reconocerlo legalmente y por ello tomó el apellido de su madre, Brígida Almonte, aunque más tarde se extendió el rumor de que ese apellido era inventado a partir de que durante la lucha, cada vez que iba a comenzar un tiroteo, su padre ordenaba: “llévense a Juan al monte”.
         Según el propio Juan Nepomuceno, quizás para revestirse de un halo de héroe cuando, años después, fue a ofrecerle la corona de México a Fernando Maximiliano de Habsburgo, había acompañado a su padre desde el inicio de sus actividades insurgentes, e incluso participado en el heroico sitio de Cuautla. Pero si hacemos cuentas cronológicas, no resulta muy lógico que el cura Morelos, quien se incorporó a la lucha desde su entrevista con Hidalgo, el 20 de octubre de 1810, enarbolando, como el de Dolores, el argumento jesuita de que los clérigos podían tomar las armas lícitamente cuando hay alguna grave necesidad en utilidad grande de la república, hubiere contravenido a su investidura religiosa llevando consigo a un niño de siete años, que mucho más estorbaba que ayudaba. Es mucho más probable que el chiquillo permaneciera en Carácuaro con su madre, hasta que Morelos volvió a esa población, en 1814, y se enteró de que Brígida había muerto de tuberculosis tres años antes. Entonces sí, el padre se hizo responsable de la criatura que ya contaba once años y la llevó consigo. Unos meses después, Morelos decidió poner a su hijo a salvo y lo incluyó en la comitiva diplomática que partió hacia los Estados Unidos, con la finalidad de que el muchacho se quedara a estudiar en Nueva Orléans. Allí permaneció Juan Nepomuceno. Lejos de la patria se enteró del juicio y ejecución de su padre; de que, seguramente llevado al límite de la tortura, había firmado su retractación ante el Tribunal de la Inquisición que lo acusó de hereje y había informado a Calleja, el comandante de las tropas realistas, de algunas estrategias y lugares claves para el Ejército Insurgente.
         ¿Qué imagen paterna se formó, en el fondo de su alma, el hijo del gran héroe nacional? ¿Lo admiraba? ¿Le guardaba rencor? No lo sabremos nunca. Pero parece una venganza intencional el que Almonte sirviera más tarde a quien se hacía llamar “Alteza Serenísima”, el dictador Santa Anna, cuando su padre rechazara ese título, otorgado por el Congreso de Chilpancingo, y lo cambiara por el de “Siervo de la Nación”. Y peor aún, cuando participó activamente en la llamada Junta de Notables, que promovió en Europa la Intervención francesa y el nombramiento de Maximiliano como emperador de México.
         ¿Qué diría Morelos, desde el otro mundo, después de haber escrito, en 1812, que se quite la máscara a la Independencia, eliminemos la mención del Rey, cuando vio a su hijo honrar a Maximiliano recibiendo una corona?
         Qué paradójico que habiendo sido el padre, autor del histórico documento Sentimientos de la Nación, que textualmente dice, en su primer punto: Que la América es libre e independiente de España y de toda otra nación, gobierno o monarquía, y que así se sancione dando al mundo las razones; en el noveno: que los empleos sólo los americanos los obtengan; y en el décimo: Que no se admitan extranjeros…, procreara a quien firmó, en 1864, el Manifiesto de la Regencia del Imperio, que apunta: Nuestra línea de conducta está pues, trazada desde antes, por nuestra gratitud hacia la intervención, y por el interés de nuestra patria, que era necesario no separar de la política francesa. Y más adelante: Todos los buenos mexicanos han conmovídose de alegría cuando han visto desplegar a esta noble bandera sus colores al lado de la nuestra (refiriéndose, claro, a la de Francia).
No cabe duda que no todo hijo de tigre resulta pintito.

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