Soñar...

Mi mayor placer es soñar. Soñar dormida y más, despierta. Dejar volar la imaginación y tratar de convertir esos sueños en palabras.

lunes, julio 10, 2017

PLUMAS JALICIENSES



DE LIBROS Y OTROS PLACERES 

Dicen los de Jalisco que su terruño es la cuna de la mexicanidad. Y no andan tan errados, pues varios de los íconos que identifican a nuestro país en el mundo provienen de ese estado: el mariachi, el tequila, el jarabe tapatío… sin contar varios de sus platillos típicos.
         Indudablemente Jalisco es también cuna de grandes autores en el ámbito de las letras. Entre ellos podemos mencionar, antes que nadie, a Juan Rulfo, un fenómeno de la literatura universal, quien recogió la tradición literaria tapatía y la llevó a la cúspide. Además de él, otros jalicienses han plasmado con gran belleza el paisaje y la vida del campo mexicano y han legado libros imprescindibles en la historia de las letras: Juan José Arreola, Agustín Yáñez, Mariano Azuela, José López Portillo y Rojas. A este último se achacaba haber llevado a la literatura ideas subversivas al denunciar en su novela “La Parcela” algunas de las injusticias, abusos de poder e impunidad que se cometían en el campo mexicano durante el porfiriato. Otra de sus novelas, “Fuertes y débiles”, habla también de esos temas, mezclándolos con la vida cotidiana en la ciudad de México durante el gobierno de Madero y sugiere  cómo se fraguó la conspiración para el derrocamiento de ese desafortunado presidente de México. En otras palabras, es precursor de la novela de la revolución mexicana. Pero hablando de la forma de pintar el campo y sus habitantes, diremos que se podría considerar a López Portillo y Rojas (1850-1923) como el precursor en cuanto llevar a la literatura el hablar de la población rural. “Al fin apareció el jinete atisbado por ese rumbo, empequeñecido por la distancia y seguido también por otro peón de estribo. // -Allí va el administrador, señor amo. ¿Lo mira su mercé? Dijo. // -Sí, le veo, repuso Cheno, aunque no tengo tan buenos ojos como los tuyos”.
         Pocos años más tarde Agustín Yáñez (1904-1980) publicaba una de las más célebres novelas de la Revolución: “Al filo del agua”, en este tono: “Gumersindo estaba sentado en el batiente de la banqueta, con una botella al lado, que se caía de borracho, canta y canta, entre malas razones; cuando me vio me habló, invitándome a echarme un trago; no le hice caso y seguí mi camino. -¿No me oyes, jijo de tal, que por aquí no me pasa nadie, porque no se me antoja y a ley de mis calzones, jijo de la ésta y la otra? –me grita. Ni quien le contestara nada; nomás pelo el cuete y sigo caminando, sin perderlo de vista…”
         Y como decíamos, fue Juan Rulfo (1918-1986) quien consiguió fundir en sus obras el lenguaje del pueblo y el paisaje del campo en una prosa poética inigualable. En el cuento “Diles que no me maten”, de “El Llano en Llamas”, encontramos este fragmento:
         “Y yo echaba pal monte, entreverándome entre los madroños y pasándome los días comiendo sólo verdolagas. A veces tenía que salir a la medianoche, como si me fueran correteando los perros. Eso duró toda la vida. No fue un año ni dos. Fue toda la vida.
         Y ahora habían ido por él, cuando no esperaba ya a nadie, confiado en el olvido en que lo tenía la gente; creyendo que al menos sus últimos días los pasaría tranquilo. ‘Al menos esto –pensó- conseguiré con estar viejo. Me dejarán en paz’. Se había dado a esta esperanza por entero. Por eso era que le costaba trabajo imaginar morir así, de repente, a estas alturas de su vida, después de tanto pelear por liberarse de la muerte; de haberse pasado su mejor tiempo tirando de un lado para otro arrastrado por los sobresaltos y cuando su cuerpo había acabado por ser un puro pellejo correoso curtido por los malos días en que tuvo que andar escondiéndose de todos.”



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