Soñar...

Mi mayor placer es soñar. Soñar dormida y más, despierta. Dejar volar la imaginación y tratar de convertir esos sueños en palabras.

domingo, agosto 06, 2017

AGOSTO, EL MES DE AUGUSTO


DE LIBROS Y OTROS PLACERES

Así como Julio César nombró en su honor al mes de julio, su sucesor, Octavio Augusto, decidió cambiar el nombre al mes Sextilis, en el cual venció a Marco Antonio y a Cleopatra y, ajustando el calendario, le agregó dos días a ese mes para que alcanzara los 31 días, evitando que su gloria se considerase inferior a la de su antecesor.
En efecto, Octavio César Augusto no solamente igualó a Julio César, su padre adoptivo, sino que es recordado como el más grande de los gobernantes de la Roma imperial. Su gobierno se caracterizó por la prudencia y la prosperidad que dio a Roma; por ello, su periodo se conoce como La Pax Augusta.
¿Cómo era en la cercanía este singular personaje? En mi novela El pez de alabastro, Herodes Antipas, príncipe judío hijo de Herodes, describe sus impresiones sobre el César en un diálogo (obviamente ficticio) con su hijastra Salomé. Comparto este fragmento:
Unas semanas después de nuestra llegada conocimos a Octavio, el Augusto. Fuimos invitados a presenciar a su lado una carrera. El espectáculo no había sido nunca uno de mis favoritos; yo me inclinaba hacia diversiones más tranquilas, en lugares menos concurridos, como el teatro y la música.  Pero estar ahí era un gran honor y lo sabíamos; era la primera vez que se nos trataba como adultos y, oficialmente, como príncipes. Nos condujo después a su residencia, donde ofreció un banquete en nuestro honor. En el pórtico un esclavo cumplía, como en todas las residencias de patricios, su función de recordar a los visitantes la importancia de poner primero el pie derecho en el umbral del atrio, para no caer nunca en desgracia a los ojos de los anfitriones.  ¡Quién iba a olvidarlo en casa del hombre más poderoso del mundo!
Antes de pasar a la mesa, Augusto pidió silencio a los presentes para presentarnos a senadores y patricios, y refrendar ante ellos nuestra categoría de ciudadanos romanos, a la que teníamos derecho hereditario. Pronunció, solemnemente a pesar de su voz poco sonora, las palabras del poeta Virgilio:  "Eres un romano, éste es tu cometido: gobernar al mundo porque eres su señor.  Dar la paz, las costumbres y las leyes, apiadarte de los que te obedecen y aplastar en la guerra a los rebeldes".
¡Qué inesperada, por cierto, la personalidad del César! La imagen divina que sus colaboradores, entre ellos mi padre, le fabricaron, dedicándole templos y ciudades, no correspondía en absoluto con la realidad ni con lo que él trataba de transmitir: un administrador al servicio del pueblo romano. Su físico, tan favorecido por la mano de los escultores y acuñadores de moneda, era insignificante: enclenque, cojo, enfermizo; su voz, tan débil, que tenía que dirigirse al pueblo por medio de un heraldo. Vivía aún en la casa que había pertenecido al orador Hortensio, sin agregar nada a su decoración, sino una copa murrina, antigua propiedad de los Tolomeos.
-Contraste brutal con tu padre -aseguró Salomé.
-Cierto, y por ello, desconcertante para nosotros. Éramos todavía muy jóvenes para aceptar a ese hombrecillo por encima de Herodes. ¿Cómo comparar esa casa con nuestros palacios en Jerusalén, Masada, Herodión, Cesárea y Sebaste? ¿La corte de nuestra capital con el pequeño grupo familiar que acompañaba al César, vestido con sus modestos trajes hechos por su hija Julia, sin más ornamento que la guardia pretoriana?  ¡Y la comida!  Por su mala salud, o queriendo dar ejemplo de obediencia a las leyes de su antecesor, que restringían el lujo de los banquetes, en la mesa de Augusto no se servían manjares sofisticados. Su padecimiento del hígado le obligaba a beber, en vez del magnífico vino de Italia, un cocimiento de manzanas y lechuga.
Pero el genio estaba ahí, oculto tras aquel disfraz. Analítico y calculador, no era capaz de actuar por impulso, sino que medía, con cuidado, cada una de sus decisiones. Sólo alguien como él podría haber controlado un Imperio tan grande y complejo. Se hacía ayudar por sus generales, gobernadores y consejeros, guardando para él la última palabra: todos trabajaban, él sólo dirigía. ¡Qué distinto el estilo de gobierno de mi padre! Herodes atraía a su corte gente brillante, sin duda, pero de alguna manera los echaba a perder. Terminaban alabándolo siempre, sin aportar nada, entregados a la corrupción y a la intriga. Buena cantidad de sestercios invertía en mantener toda esa pléyade de inútiles a su lado. 




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