Mis novelas

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Soñar...

Mi mayor placer es soñar. Soñar dormida y más, despierta. Dejar volar la imaginación y tratar de convertir esos sueños en palabras.

martes, noviembre 24, 2020

DOÑA CARMELITA EN EL CENTENARIO

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DE LIBROS Y OTROS PLACERES


Un personaje fundamental en la historia de nuestro país, cuya importancia no ha sido debidamente valorada, fue la segunda esposa de Porfirio Díaz, doña Carmen Romero Rubio, quien, según testimonios de aquel tiempo, tuvo una influencia decisiva en el creciente autoritarismo del General, en su alejamiento del pueblo y su transformación en una especie de monarca al estilo europeo.

¿Qué habría pensado esta mujer durante los festejos del Centenario de la Independencia, mientras ya se gestaba la Revolución? He escrito un cuento desde la mente de esta señora, publicado en la antología Las revoltosas, que se titula La reina. Aquí algunos fragmentos:

Hoy es el día más glorioso de mi reinado junto a Porfirio. Nos acompaña lo más granado de nuestra corte y representantes del mundo entero. La seda de mi vestido rivaliza en brillo con las condecoraciones que cubren el pecho de mi esposo. Lo reviso de reojo. Su porte es espléndido, me hace olvidar que precisamente hoy cumple ochenta años. Como él dice, es de buena madera. Algo bueno tiene la sangre india, debo aceptarlo. Se mantiene erguido hasta cuando no trae, como hoy, el corsé con varillas. Conserva el pelo y su piel gruesa no se ha arrugado demasiado. ¡Ay, pero qué trabajo me ha costado refinarlo, quitarle los modales toscos y los gustos vulgares, la aspereza de soldado mixteco!

¡Qué noche será ésta! Después del acto conmemorativo en el balcón, recibiré a la elegante concurrencia en el salón que he preparado con el lujo necesario. El gran baile del Centenario, la cúspide de mi reinado, superará a todo festejo del que se tenga noticia en este país, aun en los años venideros. Giraré al ritmo de los valses orgullosamente mexicanos en los brazos de los enviados de las coronas europeas. Mis joyas brillarán tanto como los candiles del salón, refractando la luz eléctrica que hoy alumbra la ciudad entera. En los diarios del mundo se verán mañana las imágenes de la Ciudad de México convertida en un tapete de luces y las crónicas de estos festejos se leerán en todas las lenguas de Occidente y Oriente. Qué pena que mi querido papá ya no está entre los vivos, para dar con él una exhibición de elegancia en la pista.

Debo reconocer que he disfrutado junto con Porfirio los vítores del pueblo. ¿Lo ves? La gente te adora como a un buen rey, le dije hoy, después del desfile. Ahora mismo, cuanto más nos acercamos al balcón, mejor escucho la algarabía en el Zócalo. No se distinguen las palabras, pero sí la emoción. La escolta entrega a mi esposo la bandera nuevecita, reluciente, de pura seda importada. Él la toma, con el semblante pétreo que utiliza para evitar que su emoción se escape en torrentes de lágrimas. Voltea hacia la plaza y, con mano firme, impulsa el badajo de la campana que, hace unos años, hizo traer con gran pompa desde Dolores. Oh, mon Dieu, tu mano, trato de decirle, mas no consigo atraer su mirada hacia mis ojos. El polvo se ha caído en parte y se empiezan a notar horrendas negruras.

Un silencio imponente detiene el tiempo. La campana no emite ni un leve tañido. Porfirio da un paso atrás para que un integrante de la escolta se acerque a ver qué sucede. En el balcón, sólo se percibe el tintineo de las condecoraciones que cubren su pecho, al chocar unas contra otras. Gritos de ¡Liberen a Madero! ¡Abajo el dictador! ¡Sufragio efectivo!, alcanzan a escapar a la reacción rápida de la policía que se hace cargo de los revoltosos. Atrás de mí, alguien murmura: también a unas cuadras hay problemas. Un grupo de artistas se inconforma en apoyo a Rubén Darío, que fue humillado por don Porfirio. Estoy al tanto de los disturbios; es cierto que mi esposo ya chochea, pero yo me encuentro en la plenitud de mi reinado. Cumplo responsablemente con mis funciones de primera dama y recibo a mucha gente en privado, como me aconsejaba papá, para mantenerme en el centro de la política. Traté de disuadir a don Panchito Madero de ir por su mano a ese callejón sin salida. Le expliqué a don Justo Sierra por qué su admirado poeta no podría ser recibido como parte del cuerpo diplomático. Y he cuidado nuestro patrimonio por si algo falla… si tengo que irme, será, igual que siempre, como una soberana. Después de haber permanecido tantos años en el lecho del vetusto monarca, no seré menos que la reina de Saba: partiré a tierras lejanas cargada de riqueza.

La campana está lista. Alguien había amarrado un trapo al badajo para silenciarla. Porfirio la hace tañer con fuerza al tiempo que grita: ¡Viva la Libertad! ¡Viva la Independencia! ¡Vivan los héroes de la Patria! ¡Viva la República! ¡Viva el pueblo mexicano! Sé que en su corazón grita más fuerte: ¡Viva mi Reina! 


martes, noviembre 17, 2020

PANCHO VILLA Y LA AVENTURA DE COLUMBUS

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     Celebraremos mañana un aniversario más del inicio de la Revolución mexicana.  Movimiento social complejo, y fragmentado, lleno de figuras diversas que hoy se consideran héroes pero que, en aquellos días, eran admirados y seguidos por unos y odiados por otros.  Grupos y subgrupos, que no conseguían aglutinarse, dadas las diferencias de origen y de objetivos a través de aquella guerra generalizada en casi todo el territorio nacional.

Uno de los más sonados (y también más controvertidos) héroes de esta gesta mexicana es Doroteo Arango, conocido como Pancho Villa, uno de los pilares de la Revolución.

Villa es un personaje mítico.  Algunas de las hazañas que se le imputan, contadas por quienes lo admiran y por sus detractores, están cargadas de leyenda; no en vano es todavía fuente de inspiración de un sinnúmero de artistas.

Cruel y sanguinario como ninguno, mujeriego y autoritario, dicen muchos, visceral y xenofóbico, se ensañó especialmente en contra de los chinos y los norteamericanos. 

Estos defectos, mirados como cualidades, hacen entenderlo como un líder necesario en esos momentos, casado con sus ideas y causas, imposible de arredrar ni menguar delante de ningún enemigo.

Pancho Villa odiaba a los gringos quizás desde que tuviera uso de razón.  Como revolucionario armado, ninguno podía pasar frente a él y salir con vida.  Pero este sentimiento se agravó cuando el gobierno norteamericano reconoció como legítimo el gobierno de Venustiano Carranza, ante quien Villa no había bajado las armas.  Entonces arreció su cacería sanguinaria en contra de los norteamericanos.  En enero de 1916, en Santa Isabel, Chihuahua, diecisiete empleados de la empresa ferrocarrilera ASARCO cayeron en sus manos.  Villa los hizo desnudar y, después de humillarlos y hacerlos llorar de pánico, los ejecutó sumariamente.

Pero hay un incidente que ilustra con fidelidad el perfil de este personaje: su incursión en tierra norteamericana, el ataque a la población de Columbus, Nuevo México, ante la sorpresa de sus habitantes y el estupor del gobierno del presidente Wilson.

Poco después de la ejecución de los empleados en Santa Isabel, Villa y sus hombres cruzaron la frontera, se internaron en territorio norteamericano, y tomaron por sorpresa al contingente que defendía la ciudad de Columbus, quienes, según se cuenta, habían festejado la noche anterior y dormían el sueño de los ebrios, con las armas requisadas y guardadas bajo llave.

En su libro “Anecdotario de la Revolución”, Justino Palomares, quien fuera por un tiempo secretario de Villa, narra este incidente:

…Villa y sus hombres atravesaron la línea divisoria en la noche del 9 de marzo de 1916 en un punto situado a tres kilómetros al oeste de la puerta de la línea.  Se dividieron en pequeños grupos para eludir la observación de las patrullas norteamericanas.  Volvieron a reunirse a un kilómetro al sur de Columbus.  Allí se fraccionaron en dos columnas: una que debía atacar el campo militar y principalmente las caballerizas y el otro, que debería avanzar hasta la intersección de la vía férrea y de la carretera…

La aldea no tenía alumbrado público; sólo estaba iluminada por la luz de los fogonazos.  Muy pronto el alumbrado mejoró con el resplandor de los incendios…

La escena aparece en nuestra imaginación como producto de Hollywood… Resulta de una audacia esquizofrénica haberse atrevido a invadir, con fuerzas armadas, el territorio norteamericano.  Nadie lo había intentado antes.  Y pasarían muchos años antes de que los japoneses, atacando Pearl Harbor, bien distante del territorio continental, lo hicieran, en 1945.  Y muchísimos más para el atentado de las Torres Gemelas, único comparable con la hazaña villista.

El Presidente Wilson, estupefacto, mandó planear lo que se llamó “The Punitive Expedition”, (La expedición de castigo), a la que se asignaron 10,000 soldados para ir tras Villa en territorio mexicano.  Aunque perdió algunos hombres, Villa salió ileso.  Permaneció varios años más en su rancho El Canutillo, rodeado de sus Dorados, hasta 1923, cuando fue emboscado y asesinado a traición en Parral, Chihuahua.

Acerca de este legendario héroe de nuestra revolución hay mucha literatura, cine, corridos.  En cuanto al incidente de Columbus, les recomiendo la novela de Ignacio Solares, denominada justamente Columbus; podrán disfrutar de una de las mejores plumas de nuestra literatura, en una amena narración de la historia. 

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martes, noviembre 10, 2020

EL CALLEJÓN DE LOS MILAGROS

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     Dentro de la vastísima obra del Premio Nobel el egipcio Naguib Mahfuz, una de sus novelas más conocidas es El callejón de los milagros, en que pinta con acierto y gran belleza la vida cotidiana al seno de un vecindario popular de El Cairo.

     En ella los lectores nos trasladamos, gracias a la magia de esta pluma excepcional, al callejón de Maidaq, en palabras del autor, una de las joyas de otros tiempos…una preciosa reliquia del pasado, y nos sentamos a tomar un café bien fuerte en el Café de Kirsha, con muros adornados de abigarrados arabescos.

     Tal inmersión en la magia de la novela se concreta con la lectura del segundo párrafo:

     Se anunciaba la puesta del sol, envolviendo al callejón de Midaq en un velo de sombras, más oscuro aún porque estaba encerrado entre tres paredes, como una ratonera… Los ruidos del día se habían apagado y comenzaban a oírse los del atardecer, susurros dispersos, jaculatorias, “Buenas noches a todos”, “Pasad, es la hora de la tertulia”.

     Ya dentro del callejón, nosotros, lectores, iremos conociendo a cada uno de los vecinos: el tío Kamil, vendedor de dulces, Abbas al-Helu, el barbero, el rico Salim Alwan, Kirsha, el dueño del café y su hijo, Sanker, el camarero, el doctor Bushi, Radwan Husani, un religioso extremista, el jeque Darwish, la señora Afifi, casera de varios de ellos, Yaada y Husniya, el matrimonio de panaderos, además de Umm Hamida, la casamentera y su hija adoptiva, Hamida, bella joven que sueña con ser una gran dama, así como el siniestro Zaita, “fabricante de mendigos”. De cada uno de ellos conoceremos sus anhelos, frustraciones, defectos y cualidades, como si fuesen vecinos de carne y hueso.

     Atrapados en ese rincón de El Cairo, este grupo de personajes aparentemente ajenos a nuestra cultura, nos harán reflexionar sobre el aquí y ahora de nuestras relaciones sociales, y nos llevarán a recordar, a veces con una sonrisa, otras con dolor, la calidad de la condición humana.

     Debido a la universalidad contenida en esta gran obra, el cineasta mexicano Arturo Ripstein Jr. apostó por ella y, con guion de Vicente Leñero y bajo la dirección de Jorge Fons, fue adaptada a la realidad de nuestro país, en 1995. La cinta obtuvo muchos premios dentro y fuera de México.

     Volviendo a Mahfuz, cabe recordar que, como muchos grandes, fue denostado y perseguido. Sufrió un ataque con arma blanca por extremistas islámicos, que le provocaron una seria herida en el cuello. Como consecuencia, tuvo que dejar de escribir obras de gran aliento y, tras recuperarse en parte, se dedicó a los relatos breves. Esos mismos extremistas lo condenaron a muerte, por lo que se mantuvo casi aislado en su domicilio, con protección policíaca.

     Como decía, recibió el Premio Nobel en 1988, otorgado por primera vez a un autor cuya obra está escrita originalmente en lengua árabe.

     Les recomiendo amigos, esta gran novela, El callejón de los milagros, así como la obra íntegra de Naguib Mahfuz. También mientras se quedan en casa, disfruten la película homónima, joya del cine mexicano de fines del siglo XX.


martes, noviembre 03, 2020

LOS TALLERES LITERARIOS

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En las presentaciones de libros, las entrevistas, o las sesiones de círculos de lectores y escritores, surge con frecuencia una pregunta: ¿los escritores nacen, o se hacen?  Esto es, cuando se reconoce una obra bien escrita, un autor que destaca, ¿qué parte del éxito se debe a una genialidad innata y cuánto a la formación, el trabajo y la disciplina?

Respondo siempre que se necesita esto y aquello.  Sí, efectivamente, hay un algo, una chispa, una inclinación natural a generar ideas que puedan convertirse en una obra literaria. Pero también lo otro, el oficio, la tenacidad, acercarse al conocimiento a través de lecturas, clases, contacto con otros escritores, resulta fundamental.  En este tenor, hay un lugar –que en estos tiempos puede ser cibernético— que constituye el espacio ideal para crecer como escritor: los talleres… Y digo escritor porque es mi área, pero desde luego, es aplicable a todas las ramas de la creación artística.

Desde tiempos muy antiguos, tanto en la Europa Medieval, como en el Lejano y cercano Oriente, y probablemente también en las culturas mesoamericanas, quienes se dedicaban a tal o cual arte u oficio, se reunían en los llamados talleres, siempre alrededor de un Maestro. Los demás miembros de esta pequeña organización, de este grupo, podían ser oficiales o aprendices, según el tiempo y la habilidad que demostraran.

Fidias, Miguel Ángel, El Greco, Camil Claudel o nuestra Frida, todos fueron alguna vez aprendices en un taller y muchos de ellos, maestros del propio.

Volviendo a la literatura, existe también la tradición del taller.  Quizás no de manera tan generalizada como en otras ramas del arte, pero muchos escritores, algunos ya consagrados, siguen sometiendo sus obras al escrutinio solidario, aunque a veces rudo, de algunos colegas, con la certeza de que sus consejos ayudarán a perfeccionar el manuscrito.

Para principiantes, el taller es el espacio que puede convertir sus aspiraciones de escritor en una realidad.  Es el privilegio de contar con un grupo de lectores y críticos cautivos, amantes también de la literatura, con la posibilidad de corregir las veces necesarias, antes de someter su creación a la mirada implacable del editor y, luego, al juicio de juicios: el de los lectores y críticos de fuera.

Hay talleres que perduran, con prácticamente los mismos miembros, por años y años. En efecto, quienes los conforman van adquiriendo un sello, un “aire de familia”.  Tal es el caso de algunas escritoras que han surgido y crecido bajo la tutela de Elena Poniatovska o los alumnos de Rafael Ramírez Heredia –ya fallecido—. Si el maestro es respetuoso, este sello no será un inconveniente, sino sólo una característica, pero cada escritor tendrá su voz, cada quien expresará sus pasiones y sus obsesiones con el tono, el ritmo y las palabras que le son propias.

De estos grupos surgen después las tan polémicas “capillas” de autores; grupos muy cerrados, hermandades de mutuo apoyo y ayuda, pero impenetrables, y en donde se gestan, con frecuencia, críticas destructivas hacia quienes no forman parte de ese club.  Tal es el extremo al que no debe llegarse, pero no significa que pertenecer a un grupo de colegas, que apoyen mutuamente, sea en sí misma una acción negativa.

Una vez superada la opinión de los talleristas, el siguiente paso es acceder a otros lectores, a un público amplio a través de la publicación de las obras.  Ésta, como dicen por ahí, es otra historia, muchas veces amarga y dolorosa…

En mi caso personal, he asistido a talleres literarios desde hace casi treinta años y continúo haciéndolo. Pertenezco a un grupo-taller de entrañables colegas que hemos bautizado con el nombre de Grupo Monte Tauro. Algunos hemos trabajado juntos por dos décadas. Hoy, los miembros de ese clan somos: Adriana Abdó, Ana Díaz Sesma, Beatriz Rivas, Blanca Ansoleaga, Erma Cárdenas, Javier Sunderland, Rebeca Orozco, Sandra Frid y quien esto escribe. 

martes, octubre 27, 2020

GONZALO DE SANDOVA

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     Personajes siempre fascinantes entre las páginas de la historia son los grandes conquistadores. Sería ingrato no mencionar entre ellos al capitán español que anexó, a las tierras nombradas Nueva España, las del Valle del Matlatzinco donde hoy nos encontramos. Se trata de Gonzalo de Sandoval, el favorito de Hernán Cortés, a quien incluso llamaba “Hijo Sandoval”. El cariño y la confianza que Cortés tenía en este joven soldado, le hizo encomendarle varias de las misiones más delicadas durante la guerra de conquista.

    El cronista de ese ejército, Bernal Díaz del Castillo, tenía también en gran estima a Gonzalo de Sandoval, nacido en Medellín, provincia de Badajoz, en 1497, y así lo describe:  No era hombre que sabía letras, sino a las buenas llanas, ni era codicioso de haber oro, sino solamente tener fama y hacer como buen capitán esforzado, y en las guerras que tuvimos en la Nueva España siempre tenía cuenta en mirar por los soldados que le parecían a él y lo hacían como varones, y los favorecía y ayudaba; no era hombre que traía ricos vestidos, sino muy llanamente; tuvo el mejor caballo y de mejor carrera, y revuelto a una mano y a otra, que decían que no se había visto mejor en Castilla ni en estas tierras, y era castaño y una estrella en la frente y un pie izquierdo calzado, decíase Motilla.

Apenas fundó Cortés la ciudad de la Villa Rica de la Vera Cruz, primer asentamiento de los colonizadores en nuestro territorio, nombró regidor de la misma a Sandoval. Cuando el Capitán General decidió internarse, para alcanzar el corazón del Imperio Mexica, dejó a Gonzalo de Sandoval a cargo de Veracruz y le encomendó la captura de Pánfilo de Narváez, el enviado por el gobernador de Cuba, Diego de Velázquez, para tomar prisionero a Cortés y llevarlo de vuelta a Cuba. 

Narváez, famoso por su sadismo, fue arrinconado por Gonzalo de Sandoval y se atrincheró en Centla. Los perseguidores prendieron fuego al campamento y tomaron prisionero a Narváez. Sandoval, en un gesto de generosidad, le perdonó la vida, deshonrándolo. Desde entonces, los soldados de Cortés, cuando querían burlarse de alguien, le llamaban “Pánfilo”.

Partió después Sandoval hacia el centro del país. Apadrinó a uno de los principales caciques tlaxcaltecas, convertidos en aliados de los conquistadores, y desposó a la princesa Toltequequetzaltzin.

Cuando los españoles recibieron el terrible revés de la Noche Triste, en Tacuba, fue Gonzalo de Sandoval el comisionado para dirigir la retirada y evitar más muertes entre sus tropas. Luego, una vez tomada la Gran Tenochtitlan, Cortés encomendó a Sandoval volver hacia Veracruz, para pacificar la zona de Coatzacoalcos. El joven capitán se enteró allí de la llegada de doña Catalina Xuárez, la esposa española de Cortés, y acudió a recibirla y escoltarla al lado de su esposo.

En 1523 Gonzalo de Sandoval partió hacia el Occidente, a tomar la región de la Huasteca. Realizó esta tarea con precisión y rudeza y fundó la villa de Colima, primer capital de la Nueva Galicia. Acompañó después a su comandante en la expedición a las Hibueras, donde torturaron y ahorcaron al tlatoani Cuauhtémoc.

En 1526 cruzó el río Lerma para hacerse del Valle del Matlacingo, que conquistó sin mayor dificultad, pues contaba con el apoyo de los otomíes, cansados de ser tributarios de la Triple Alianza.

Cubierto de gloria y gozando todavía del favor de su Capitán Cortés, Sandoval se embarcó junto con él hacia España en 1528. Llevaba consigo trece barras de oro, la fortuna que ganara gracias a sus éxitos militares. Durante la travesía, enfermó gravemente. Apenas tuvo fuerzas para desembarcar en su patria, en el Puerto de Palos, donde murió a los pocos días. Sólo tenía treinta años, pero contaba una historia larga y azarosa. Las barras de oro desaparecieron de su habitación durante su agonía. Algunos de sus compañeros pensaron que tan mala y temprana muerte se debió a las muchas veces que lo escucharon maldecir a Dios y a su Santa Madre y hasta renegar de la Divina Providencia, además de haberse unido a aquella princesa india, sin legalizar ni bendecir nunca esa unión. 

Gonzalo de Sandoval fue enterrado en el convento de la Rábida. 

martes, octubre 20, 2020

PREMIO NOBEL A LA POESÍA

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     En 1896, cuando el siglo XIX estaba por terminar, fallecía en la hermosa ciudad italiana de Sanremo un multimillonario sueco, empresario e inventor, entre otras patentes, de la dinamita. Este multifacético personaje, llamado Alfred Nobel legaba a la humanidad, además de los inventos útiles tanto para la industria como para las armas bélicas de destrucción masiva, parte de su inmensa fortuna destinada a reconocer y premiar, año con año, la labor de personas que hubieran sobresalido por sus aportes a la humanidad en las áreas de la física, química, medicina o fisiología –es decir, en investigaciones científicas, como había sido su trabajo—así como en literatura –a la que había sido un gran aficionado—y en pro de la paz mundial –a manera de expiación por el uso bélico dado a sus inventos. He intentado dejar, tras mi muerte, un gran fondo para la promoción de la paz, aunque me declaro escéptico de su resultado, escribió.

     Con aquella herencia se organizó la Fundación Nobel que otorgó por primera vez, en 1901, los primeros Premios en las categorías originales, a las que años después se añadió la de economía; ese año, el máximo galardón literario correspondió al poeta francés Sully Prudhomme, de quien Alfred Nobel había sido admirador.

     Más de un siglo después, tal Fundación ha conseguido sobrevivir, continuar con su misión de reconocer, cada año, a quienes sobresalen en diversas áreas del quehacer humano, especialmente las que ponen su granito de arena al pacífico bienestar de nuestra especie.

     Me centraré en el campo de la literatura. Después de algunos años en que la polémica y hasta el escándalo rodearon a este premio, las aguas han vuelto a su cauce, para permitir que la distinción recaiga sobre una poeta, Louise Glück, una mujer que ha logrado una calidad y fineza excepcional en el arte de mezclar intelecto y sentimiento para transformar el lenguaje en belleza. La elegida es norteamericana, nieta de inmigrantes judíos húngaros. Su vida ha estado marcada por el dolor, las relaciones difíciles y las rupturas. De esos momentos tristes ha abrevado una poesía que posee, en palabras de la Academia Sueca, “una belleza austera, que convierte en universal la existencia individual”.

     Me congratulo, con todas las mujeres dedicadas a la pluma, de esta elección de la Academia. Claro que queremos ver más mujeres galardonadas, pues todavía las cifras son muy dispares: hasta ahora, de 119 premios Nobel de Literatura, solo 16 han sido para mujeres. Y como latinoamericana, quisiera también que este honorable tribunal voltease de nuevo hacia nuestro continente, pues de esos 119 premiados, hasta ahora solamente 6 (5 hombres y una mujer, la chilena Gabriela Mistral) han sido oriundos de América Latina.

     Antes de despedirme, quiero compartir una probada de la poesía de Glück. El poema Para mi madre, traducido por Pedro Palau:

Era mejor cuando

estábamos

juntas en un solo cuerpo.

Treinta años. Proyectada

a través del verde cristal

de tus ojos la luz de la luna

se filtraba en mis huesos

mientras recostadas

en la amplia cama, a

oscuras

esperábamos a mi padre.

Treinta años. Él cerró

tus párpados con

dos besos. Y entonces

la primavera

llegó y extrajo de mí

el conocimiento

absoluto del neonato

dejando el escalón de

ladrillo

donde estás de pie, con

las sombras

sobre tus ojos. Pero es

de noche

la luna se ha detenido en

el abedul

redonda y blanca entre

las diminutas marcas de

las estrellas:

Treinta años. Un pantano

crece

alrededor de la casa.

escuelas de esporas

circulan tras las sombras,

a la deriva

tras la agitada malla de la

vegetación.

miércoles, octubre 14, 2020

LA FLOR DE CEMPASÚCHIL

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DE LIBROS Y OTROS PLACERES



     Ha comenzado el otoño, amigos, mi estación favorita por varias razones. La primera, porque terminará la temporada de lluvias torrenciales que, si bien comprendo lo necesarias que son para el ciclo de la naturaleza, a los habitantes de zonas urbanas nos limitan la movilidad y nos cubren de un cielo mayormente gris que me deprime. 

Ahora comienza la época de cielos muy azules en el día y las mejores lunas del año, además de una hermosa paleta de colores en la naturaleza.

     Esas las razones personales, muy superficiales e intrascendentes, cierto, por las que yo amo el otoño. Pero desde tiempos inmemoriales, que se remontan al inicio del sedentarismo, para los grupos humanos es una temporada de gozo: es el tiempo de la cosecha, de ver el fruto de un ciclo de arduo trabajo y preocupaciones. Se festeja la abundancia interpretada como bendición de los dioses en todas las culturas. La vendimia, el Oktoberfest, la fiesta de las espigas, por nombrar algunas. A los vivos los embarga la alegría y el agradecimiento. Se dan ofrendas de gratitud a los dioses y se recuerda a los ancestros.

     Por ello, en las diversas cosmovisiones antiguas, es también el tiempo de las celebraciones a los muertos, la etapa en que ellos vendrán, quizás, a visitarnos.

     La mexicana fiesta de muertos se ha convertido en un referente universal. Nuestros altares, ese maravilloso elemento sincrético, atraen y causan admiración en el mundo entero. La tradición de cada sitio y la creatividad de quienes los recrean, permiten incluir en ellos diversos objetos. Pero hay uno infaltable: la flor de cempasúchil, cuyo nombre proviene del náhuatl cempohualxochitl que significa “veinte flores” o flor de veinte pétalos.

     Su nombre científico es Tagetes erecta y tiene, además de su belleza, otros muchos usos: es un colorante natural que utilizan los criadores de aves para dar color a la carne y la yema de los huevos. Para los humanos, es comestible y medicinal, efectivo remedio, en infusión, para trastornos digestivos. Se ha descubierto también su poder antioxidante.

     En la agricultura se usa como pesticida, especialmente en cultivos como el tomate, y es un excelente abono natural.

    Esta bella flor nativa de nuestro país tiene, por su forma y color, una connotación directa con el sol. Les contaré una hermosa leyenda sobre su origen: Se dice que había, hace cientos de años, una joven pareja profundamente enamorada: ella se llamaba Xóchitl y él, Huitzilitl. Ambos eran devotos de Tonatiuh, la deidad solar, a quien llevaban ofrendas florales en la cima de una montaña.

     Un día, Huitzilitl, que era un guerrero, fue llamado a la batalla. La suerte no estuvo con él y falleció en la guerra con honor. Cuando Xóchitl se enteró, transida de pena, subió a la montaña a rogar a Tonatiuh que los reuniese de nuevo. Entonces, conmovido y con el poder de sus rayos, el dios la convirtió en una bella flor parecida a sí mismo; luego, hizo encarnar el espíritu de su novio en un colibrí que vino volando hacia su amada e introdujo su pico en ella. La flor se abrió, mostrando su hermosura y, por ese gran amor, su especie se reprodujo con prodigalidad. 

DOÑA CARMELITA EN EL CENTENARIO

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