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Soñar...

Mi mayor placer es soñar. Soñar dormida y más, despierta. Dejar volar la imaginación y tratar de convertir esos sueños en palabras.

jueves, mayo 24, 2018

MELCHOR OCAMPO

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Uno de los personajes claves en la historia del doloroso siglo XIX mexicano, autor de ideas que se cristalizaron, junto con las de Benito Juárez, en las Leyes de Reforma, fue el liberalísimo michoacano Melchor Ocampo, cuya biografía parece un cuento de aventuras ideado por Salgari.
    Era Melchor hijo de una rica terrateniente del fértil valle de Maravatío, dueña, junto con su hermano, de la hacienda de Pateo. Se ignora quién fue su padre, pues su madre, doña Francisca Xaviera Tapia, nunca se casó y además, se llevó a la tumba el secreto de la paternidad de su hijo y del origen de su nombre. Algunos historiadores han especulado que pudo tratarse del administrador de la hacienda, otros piensan que tal vez fue un combatiente del ejército insurgente, o, quizás, el propio hermano de la madre, quien murió antes que ella y legó su fortuna al sobrino. Convivían con Ocampo en esa hacienda otros cuatro hijos adoptivos de doña Francisca Xaviera.
    Al niño Melchor, hermoso, vivaz e inquieto, se le prodigó una educación esmerada en todos aspectos, y a la muerte de su madre, en 1831, partió a la ciudad de México a estudiar leyes. Al poco tiempo abandonó esos estudios y volvió a Pateo, donde a manera autodidacta, devoró la enorme biblioteca, aprendía lenguas indígenas, investigaba el curso del río Lerma, experimentaba cultivos y escribía libros sobre las diversas especies de cactus.
    Una de sus hermanas adoptivas, Ana María Escobar, se convirtió en su amante y le dio tres hijas. Luego tuvo una cuarta hija, Josefina, que fue su favorita y compañera en el exilio años más tarde.
    Se cuenta que Ocampo era un hombre terriblemente neurasténico, y en una de sus crisis, abandonó la hacienda y el país y se dedicó a viajar por Europa durante algunos años. Allá se le acrecentó el amor por la patria, el apego a su identidad y, además de escribir un libro sobre los modismos mexicanos de la lengua española, decidió volver para entrar en acción a favor de su tierra.
    Regresó en 1842 y comenzó una carrera política muy activa, primero como diputado y luego como gobernador de su estado natal. Desde el inicio se declaró como liberal, federalista y furiosamente anticlerical.  Se dice que mantenía una rivalidad abierta con un cura llamado Clemente Munguía, quien después fuese obispo de Michoacán, y que decía de él: Es un bribón astuto que no cree en Dios ni en el diablo, pero que sin embargo, utiliza a ambos en su propio provecho.
    En 1853, expulsado, al igual que Benito Juárez, por Santa Anna, coincidió con el de Oaxaca en Cuba y luego en Nueva Orléans, donde nació una amistad y diríase complicidad, que no se rompería hasta la muerte. Las misivas que Juárez le escribía después de convivir en el exilio bajo el mismo techo, estaban llenas de afecto y confianza y terminaban siempre con la fórmula decimonónica: Su amigo que le ama y besa su mano.
    Fiel a sus ideas reformistas, Ocampo renunció al recién formado gabinete de don Juan Álvarez cuando Comonfort convenció al anciano presidente de dejar que privase la prudencia y no atacar de entrada los privilegios del clero.
    Después, como era de esperarse, colaboró estrechamente con Benito Juárez y fue el firmante del polémico Tratado de Mc Laine-Ocampo, donde el gobierno mexicano hacía enromes concesiones a los norteamericanos a cambio del apoyo para combatir a los invasores franceses.
    En 1861, cuando se peleaba en nuestro país la Guerra de Reforma entre liberales y conservadores, Melchor Ocampo fue aprehendido y fusilado en Tepeji del Río.
    Vale la pena transcribir aquí unos fragmentos del discurso que pronunció en Morelia, el 16 de septiembre de 1852, y que resulta tristemente aplicable todavía, cuando vemos debilitarse las ideas liberales en que se fundara nuestra patria:
    ¿Qué va a ser de ti, pobre México, cuando están desquiciados los elementos de tu poder e independencia, y cuando en el vértigo de las pasiones, tus mejores hijos van a desgarrar tus entrañas? Cuando en nombre los unos de la libertad y los otros del orden (como si ambas ideas no fueran compatibles) van a agotar las fuerzas para entregarte postrada a los pies de tu ambicioso y prepotente vecino…
    Dispensadme, señores. Yo no debí mirar el lúgubre horizonte de nuestro porvenir en un día como éste, que debe ser de júbilo, de congratulaciones y grata remembranza. Pero el espectro de la perdida Patria se ha presentado ante mis ojos y no he podido reprimir mi conmoción...
    ¿Queréis ser independientes? Aprended, trabajad, economizad. ¿Queréis que México lo siga siendo? ¡Uníos!
    Recordamos así a Melchor Ocampo, un gran pensador, hombre de acción y, sin duda, un visionario.

UN SINGULAR MAESTRO


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Una de las figuras más importantes en la sociedad es sin duda el maestro, ese ser dedicado a incrementar los conocimientos de las nuevas generaciones, procurando que adquieran lo que vale la pena del acervo existente, en busca de un futuro mejor en todos los ámbitos.
         Quien abraza la carrera magisterial, debe tener una ilimitada vocación de servicio y nunca perder de vista el enorme compromiso que su labor conlleva. Un buen maestro, alguien con verdadera vocación, deja una huella indeleble en la formación de un ser humano; pero la marca de uno malo tampoco se borra a través del tiempo. 
         En esta época en que el bagaje cultural y las técnicas para acercarse a él se transforman minuto a minuto, la principal función de los maestros será enseñar a los alumnos a pensar, abrir la mente y buscar la verdad, para forjarse un criterio a través de su propio raciocinio. No sirve memorizar conceptos y definiciones; la tecnología suple y supera esa función de la memoria. Ahora sobresalen quienes son suficientemente creativos para adaptarse con rapidez, quienes pueden hacer de los conocimientos herramientas para resolver cada situación.
         Está en boca de todos el tema de la educación y del magisterio. Sirva esta polémica no para envanecer a quienes sólo llevan el título pero no la entrega y la vocación, sino para reflexionar y retomar esa función que, en nuestro convulsionado país, se requiere más que nunca.
         En honor a los maestros dedicados a despertar la capacidad de pensar de sus alumnos, comparto algunas reflexiones que Antonio Machado, el gran poeta español, puso en boca de su maestro imaginario de retórica y filosofía: Juan de Mairena, y que son tan vigentes hoy en nuestro México, como en los primeros años del siglo pasado en España.
         Que no vivimos en el mejor de los mundos posibles, lo prueba suficientemente el que apenas hay nada de lo cual no pensemos que pudiera mejorarse. Es ésta una de las pruebas en verdad concluyentes, incontrovertibles, que conozco. Porque, aun suponiendo, como muchos suponen, que esta idea de la mediocridad del mundo fuese hija de la limitación y endeblez de nuestra mollera, como esta mollera forma parte del mundo, siempre resultaría que había en él algo muy importante que convendría mejorar.  Un optimismo absoluto no me parece aceptable.
         Tampoco os recomiendo un pesimismo extremado. Que nuestro mundo no es el mejor de los mundos posibles, lo demuestra también el que apenas hay cosa que no pensemos como esencialmente empeorable. La prueba de esta prueba ya no me parece tan concluyente. Sin embargo, reparad en que nuestro pesimismo moderado también forma parte del mundo y que, en caso de error, tendríamos que empeorarlo para ponerlo de acuerdo con el peor de los mundos…
         Un alegato tan aplicable, amigos, que parece escrito aquí y ahora. Mucho mejorará este país cuando logremos elevar la calidad de la enseñanza, y para ello, necesitamos maestros profesionales, comprometidos y enamorados de su labor, no a esos expertos en bloqueos, marchas y plantones.

LA MALINCHE

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Hay en los anales de nuestra historia una indígena, una de las figuras más duramente juzgadas por la posteridad: Malitzin, doña Marina o la Malinche, la esclava india obsequiada a Cortés para servirle de intérprete durante la conquista del imperio mexica.
Símbolo de un mestizaje forzado, la Malinche ha pasado a la historia con el estigma de la mujer violada que traiciona a su pueblo para convertirse en sierva de la tiranía extranjera. De ahí el vocablo “malinchismo”, referido a la reprobable preferencia por todo lo que no es de esta tierra.
Pero, ¿fue realmente Malitzin una traidora? ¿Ayudó esa jovencilla no mayor de 14 años, hija de un cacique de la zona costera y, por casualidad, conocedora de las lenguas maya y náhuatl, a los españoles con plena conciencia de la trascendencia histórica de la conquista? ¿Aconsejó al comandante de ese ejército invasor sobre cuestiones políticas y estrategias militares o se limitó a traducir cuando era necesario y a aceptar resignadamente el intercambio carnal con su nuevo amo? Difícil saberlo.
El propio Hernán Cortés, en sus Cartas de Relación, afirma que la conquista de la Nueva España fue posible “primero gracias a Dios y luego a Doña Marina”, nombre cristiano que adoptó la Malinche al ser bautizada.
Al igual que Tecuixpo, la hija de Moctezuma, Malitzin dio a luz a un hijo de Hernán Cortés, don Martín Cortés, considerado el primer mestizo. Y ambas aborígenas, una princesa y una esclava, fueron bautizadas y dadas en matrimonio a oficiales españoles, para limpiar la culpa al Conquistador.  Convertida ya en una señora española, doña Marina hospeda en su casa al obispo Zumárraga e intercede ante él por los reclamos de los indígenas. Esa misma noche, mientras dormía, la antigua lengua de Cortés, nacida, como dice Carlos Fuentes, “bajo signos de contienda y desventura”, fue asesinada, víctima de un puñal anónimo, en su propia cama. Uno más de los crímenes contra mujeres sin resolver en nuestra historia.
A la figura de la Malinche se le liga con la leyenda de la Llorona, el espectro femenino que muchos aseguran haber visto pasar penando, llorando y suplicando por sus hijos. También, según Octavio Paz, encarna el complejo de inferioridad de los mexicanos, el sentimiento de ser hijos de una madre violada y burlada.
Mejor imaginar a una Malitzin joven y hermosa, seduciendo a su nuevo amo en busca de una descendencia mestiza nacida de la pasión, como lo hace Eduardo Galeano en su maravillosa obra Memoria del Fuego: …y entonces [Cortés] alza la mirada, la ve en la puerta y a contraluz la reconoce. Se llamaba Malinali o Malinche cuando se la regaló el cacique de Tabasco. Se llama Marina desde hace una semana.
Cortés habla unas cuantas palabras mientras ella, inmóvil, espera. Después, sin un gesto, la muchacha se desata el pelo y la ropa. Un revoltijo de telas de colores cae entre sus pies desnudos y él calla cuando aparece y resplandece el cuerpo.




JULIA, UNA MUJER MARCADA POR LA TRAGEDIA


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Hace algunos años, una noticia sorprendió al mundo: Cristina Onassis, la mujer más rica del planeta, se había suicidado. En esta época en que todo se tasa en dinero, mucha gente se preguntaba, ¿cómo es posible que alguien con capital suficiente para comprar casas, yates, empresas, viajes y joyas, no haya sido capaz de ser feliz? Sin embargo, la muerte de Cristina, quizá suicidio, tal vez a causa de los excesos en drogas y alcohol, las excentricidades y rarezas de muchos otros personajes del  jet set nos llevan a cuestionarnos sobre la felicidad, su esencia y su condición efímera.
    Algo parecido sucedió, hace dos mil años, con la hija, supuestamente adorada, del hombre más poderoso de aquellos tiempos: Julia, la hija del César de Roma, Octavio Augusto.
    Julia llegó al mundo en un día que marcaba para siempre su mala estrella: el día en que su padre se divorciaba de su madre para casarse con la astuta Livia, quien sería el complemento y sostén del poder del césar. A los cuantos meses, quizás cuando su madre biológica la destetara, fue entregada a su padre y madrastra para que la educasen y se le utilizara, como era la costumbre, en alguna alianza matrimonial que conviniese al César. En ese tenor, a los dos años de edad estaba prometida con el hijo de Marco Antonio, antes de que éste perdiera su poder y su vida a causa de su pasión por Cleopatra.
    Mientras tanto, Augusto procuraba para su amada hija una educación refinada en todos los campos, no solamente en actividades propias de una matrona. La inteligencia de la hija de Octavio sobresalía en las letras, las artes y el conocimiento de las leyes y la política.
    Aquella primera promesa matrimonial se disolvió, y a los catorce años casaron a Julia con su primo Marco Claudio Marcelo.  Dos años más tarde, el joven marido falleció, lejos de Julia, durante una batalla.
    Nuevamente se le unió a un militar, el general Marco Vespaciano Agrippa, veintinco años mayor que la inquieta romana. Tuvo con él cinco hijos, lo siguió a varios rincones del Imperio a causa de las campañas militares, pero se daba tiempo para desfogar sus impulsos románticos con otros hombres, según cuentan los historiadores de la época.
    Cuando Agrippa murió, Livia decidió aprovechar la viudez de su hijastra para afianzar la posición de su propio hijo, Tiberio, como sucesor al trono. Entonces convenció a su esposo de obligar a Tiberio, recién casado y enamoradísimo, de divorciarse para desposar a la viuda.
    Tiberio no tuvo otra opción que obedecer al César, pero descargó su rencor en la esposa que le hicieran tomar contra su voluntad. Julia se refugió, como era su debilidad, en otros hombres. Cuando sus infidelidades se hicieron públicas –muchas de ellas, dicen, inventadas por sus enemigos—, Augusto, herido porque le fallara su propia hija, cuya imagen había hecho difundir como ejemplo de todas las virtudes deseables en la mujer romana, la envió al exilio.
    A la muerte del César, Tiberio ascendió efectivamente al trono de Roma. Para sellar su odio y venganza, confinó a Julia a su habitación, y, según cuentan algunas versiones, prohibió que se le alimentara hasta que muriese de inanición. O quizás ella misma se dejó morir de hambre, incapaz de escapar a tan cruel castigo.
    Tal fue el fin de una mujer dotada de todos los dones naturales y circunstanciales: belleza, inteligencia, preparación, el amor de su padre, infinita riqueza y la admiración de muchos. Como a Cristina Onassis, de nada le sirvieron. La infelicidad fue el sello de su existencia.


ISABEL DE MOCTEZUMA

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La Malinche o Malitzin, intérprete de Hernán Cortés durante la Conquista, es un personaje bien conocido, legendario y polémico, considerado por muchos como la gran traidora de su sangre, y por otros, un ícono de la mujer poderosa, una especie de Mata Hari americana, quien introducía, con el arma invencible del conocimiento de las lenguas, sus propias ideas e intereses en el proceso de colonización del México antiguo.
    Pero hay otra historia femenina, menos conocida pero no menos fascinante, una princesa mexica a quien tocó también estar en medio de los dos mundos: indígena y español, para convertirse en símbolo de la fusión dolorosa de ambos.  Se trata de Tecuixpo, la hija predilecta de Moctezuma, que aparece en la historia con el nombre cristiano de Isabel de Moctezuma.
    Tecuixpo era hija del tlatoani y de Teizalco, princesa del señorío de Tlacopan.  Nació en 1509, cuando todavía al emperador mexica no lo acosaban los funestos presagios de que Quetzalcóatl vendría a despojarlo del trono.  Feliz por el nacimiento de aquella criatura, ordenó celebraciones fastuosas para que todo el reino se regocijara con él.
    ¿Quién imaginaría entonces el trágico futuro de aquella casa reinante, al que no escaparía la princesita?
    Contaba apenas diez años Tecuixpo, cuando, a petición de Moctezuma de tenerla a su lado, acompañó al padre, en calidad de prisionero de Hernán Cortés, en el palacio de Axayácatl.  Allí, atestiguó con azoro la ingratitud de su pueblo, que dejó al emperador medio muerto a pedradas cuando trató de calmarlos desde la azotea del palacio.  La niña acompañó a Moctezuma en su lecho de muerte, y unos días después, durante la matanza de la Noche Triste en el Templo mayor, donde perdieron la vida, entre miles de mexicas, la madre y el hermano de Tecuixpo, ella se salvó, gracias a un grupo de guerreros que la rescataron y ocultaron, pues era la heredera, la única con sangre del tlatoani.  De inmediato se efectuó su matrimonio con Cuitláhuac, el nuevo emperador, enlace que subrayaría su legitimidad.  Pero el novio murió a las cuantas semanas, víctima del arma más letal de los españoles: la viruela.  El penacho imperial y la esposa de sangre real pasaron a la posesión de Cuauhtémoc, el último emperador azteca.  La niña-emperatriz sufrió entonces, al lado de su esposo, los horrores del sitio de Tenochtitlan, y, junto con él, llegó como prisionera de Cortés a la casa de Coyoacan, donde la Malinche era la gran señora.  Allí presenció la tortura de Cuauhtémoc, y lo vio partir, prisionero, junto con el Conquistador, hacia las Hibueras, de donde el joven azteca no volvería con vida.
    Pero Cortés regresó dos años después, y encontró a la princesa, como la describiría Bernal Díaz del Castillo “muy hermosa mujer y moza”, además, bautizada ya bajo el nombre de Isabel y convertida en una activa colaboradora de los franciscanos en la tarea de evangelizar a sus hermanos indios y de procurar para ellos el mayor bienestar posible.
    Convencida de la imposibilidad de recuperar las tierras mexicanas del yugo español, desalentó más de una insurrección, convenciendo a sus compatriotas de que sólo provocarían más derramamiento de sangre.
    Hernán Cortés le otorgó el señorío de Tacuba y la dio en matrimonio a uno de sus capitanes.  Pero éste murió a los cuantos meses de matrimonio.  La joven viuda volvió al palacio de Coyoacán.  El conquistador la encontró más bella aún en su luto, y abusó de ella.  Luego, para tapar su falta, la dio nuevamente en matrimonio a otro de sus capitanes, Pedro Gallego e Andrada.  Pero Isabel llevaba ya en el vientre el fruto de aquel abuso y a los pocos meses dio a luz una niña: Leonor Cortés.  La madre, en un sorprendente acto de entereza femenina, de ideología que se adelantaba a los tiempos quizás más de quinientos años, se negó a conocer y a reconocer a aquella criatura, hija de un acto ajeno a su voluntad.
    No habría de durarle tampoco aquel esposo.  Marcada con el signo de la muerte, Isabel enviudó por cuarta vez a los 21 años.
    Dos años se dedicó a quien consideraba su único hijo, y a la atención de un hospital para pobres, junto con los franciscanos.  Volvió luego a contraer nupcias con Juan Cano Saavedra, con quien procrearía cinco hijos, viviendo a la manera de una matrona española, muy piadosa, pero sin olvidar nunca el deber que por herencia tenía hacia los indios.  Estaba cierta de que la educación y la salud eran los dones que debía procurarles.  Se dedicó así a gestionar para ellos, ante las autoridades españolas, hospitales, escuelas y la Universidad, que no llegó a conocer, pues murió poco antes de que abriera sus puertas, en 1551.
    Sus restos, depositados en la iglesia de San Agustín, de la que fue benefactora, desaparecieron misteriosamente, después del incendio que sufriera el convento en 1678. Acerca de esta princesa, les recomiendo la novela de Eugenio Aguirre, titulada Isabel Moctezuma.    

PASIÓN EN EL CONVENTO


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dr atl

Quién no ha escuchado amigos, hablar de amores tormentosos, pasionales, entre artistas. Y entre ellos, cómo no recordar el fuego volcánico que unió, allá por los años veinte, a dos figuras famosas en el mundo de las artes plásticas de nuestro país: Gerardo Murillo, el doctor Atl, y Carmen Mondragón, probablemente la mujer más bella de su tiempo, bautizada por ese amante como Nahui Ollin.
         Pasaba él de los cuarenta años, tenía ya una reconocida trayectoria como artista y una relación bastante cercana al presidente Carranza. Ella había vuelto hacía poco tiempo de Europa, donde toda la familia acompañara al exilio a su padre, el general Mondragón, uno de  los responsables de la muerte del presidente Madero.
         Atl, hasta entonces soltero inatrapable, enloqueció a primera vista ante los ojos verdes y el cuerpo perfecto de quien era todavía esposa de otro pintor: Manuel Rodríguez Lozano. Ella no mostró su interés esa noche, pero unos días después se presentó en la casa-estudio de Murillo, el ex convento de la Merced, con el pretexto de ver la obra del artista pero, según contaba el propio Gerardo, dispuesta a seducir y ser seducida.
         El agua se convirtió en fuego. Nahui se mudó al ex convento para vivir junto con Atl una de las historias de amor más apasionadas, salvajes y hasta violentas de la historia del arte. Retratos, cartas y poemas se intercalaban con riñas e insultos que llegaron al extremo de amenazarse con armas de fuego o lanzar cubetas de pintura sobre un mural en proceso.
         El propio Atl escribió, sorprendido ante la naturaleza de su loca relación con Nahui:
         “Pasión que nunca se conforma con los paroxismos de la carne, con la lujuria que envuelve y nos enreda en la cama, ella necesita otro desahogo, necesita gritar, escribir por fuera de la vida después de que se ha saciado de todo lo que la carne pueda ofrecer, escribir desenfrenadamente como si viviera en otros mundos. Por fuera del amor, ella está inmersa en los secretos del cosmos y hacia éstos me arrastra”.
         Efectivamente, Nahui le escribía versos de profundo erotismo como estos:
Ya casi no veo nada
Muerta estoy, indiferente a todos
A la que nada importa de todo cuanto existe
Nada que no seas tú:
Y todo el universo se concentra en tu sexo,
Besa todo mi cuerpo
Quiero el néctar, el néctar de tu vida
Inagotable néctar por siempre burbujeante
En el crisol abierto de mi amor.
Te regalo mis ojos:
Mójate en el prodigio del verde de mis ojos
Navega en lo profundo de este abismo
Y, así, me amarás aún más.
         Así de intensa, esta pasión volcánica no sobrevivió más que unos cuantos años. Los amantes se separaron, odiándose con la misma fuerza con que se habían amado. Ella se refería después al doctor Atl como “miserable doctorcillo” y él decía de Nahui: “hay flores que dejan tras de sí su perfume; tras ella sólo queda una horrible peste”.
         Te invito a leer mi novela De la penumbra azul emergió el fuego, publicada por Editorial Planeta, donde encontrarás más sobre estos y otros personajes de nuestra historia.

ANTES DE LA BASURA


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¡Qué tiempos aquellos! Me escucho decir, como solía decir mi abuelita. Pero ahora que no podemos dejar de pensar en el tema del destino de los desechos, parecen lejanos e imposibles los años de mi infancia, cuando había tan poca basura. Por fortuna tengo todavía muchos contemporáneos, a cuyo testimonio apelo para respaldar esta historia, increíble para las nuevas generaciones.
        Hablo de cuando comenzaba apenas a conquistarnos la cultura del empaque y lo desechable. En esos tiempos no tan antiguos, la leche la repartía un lechero, en botellas de vidrio totalmente retornables, con tapa de cartón, ajustada con un alambrito. La tapa y el alambre no se devolvían, desde luego, pero eran materiales muy reciclables. El jugo de naranja sólo podía provenir de frutos de esos redonditos y amarillos; se tomaba en casa recién exprimido, o en puestos de jugo, servido en vasos de vidrio que había que devolver allí mismo. Las cáscaras no siempre iban a la basura, aunque son desechos orgánicos, biodegradables en poco tiempo; sin embargo, había quien los recogía y los utilizaba para obtener aceite de naranja, utilizado en repostería y en perfumería.
         Las salsas y jugos debían prepararse en casa, no existían en anaqueles de supermercado. Había ya mayonesas y mostazas, pero siempre en envases de vidrio, al igual que los refrescos embotellados, que no existían en latas de aluminio ni mucho menos en el ahora socorrido plástico PET, una de las principales plagas en contra del equilibrio terrestre.
         El agua entubada era la que se usaba para beber, hervida en las casas más cuidadosas. En los lugares donde esto no era posible, se utilizaba el agua "electropura", siempre distribuida en garrafones de vidrio. El concepto de comprar el vital líquido nos era totalmente ajeno, salvo en el caso antes mencionado. Jamás en un restaurante te traían una botellita de plástico si pedías agua natural; era un dicho común: "el agua y el aire son gratis hasta en las gasolineras".
         Ahora me preocupa pensar que quizás pronto nos venderán –dada la creciente contaminación— botellas de PET con aire dentro. En la cocina no había toallas desechables; sí, por supuesto, rollos de papel para el baño y servilletas del mismo material. Las toallas sanitarias existían desde una generación anterior, pero nosotros, los de mi generación, crecimos con pañales de tela, aunque ya usamos desechables para nuestros bebés. Los biberones eran de vidrio y las mamilas de plástico: todo había que esterilizarlo para seguirlo usando más y más veces.
         Y hablando de usar y reusar, estaba la ropa. La gente tenía mucho menos prendas, aun los muy ricos. Nada más echen un vistazo a una casa de antigüedades, y observen el tamaño de los hermosos roperos de maderas finas y lunas de plata al frente, en los cuales cabía el guardarropa de las elegantes bisabuelas. Y es que esos trajes, vestidos, abrigos, lencería y blancos, estaban hechos para durar, de fibras naturales como lana, seda, algodón y lino. Cuando alguien deseaba eliminar una prenda de su guardarropa, la "heredaba" a hijos, hermanos menores, parientes pobres o servidumbre, quienes les harían los ajustes necesarios, pero nunca iban a dar a la basura. Las señoras ahorrativas desprendían, antes de regalar la ropa, los botones (que eran de concha, hueso, madera o "forrados"), y los guardaban en cajitas o frasquitos, por colores y tamaños. De los camisones y sábanas viejos salían trapos para sacudir, planchar o tamizar en la cocina, los cuales se usaban y reusaban hasta deshacerse. Los calcetines y calcetas se zurcían muchas veces y los zapatos iban a reparación, hasta que el zapatero remendón los reconocía como viejos amigos. Desde luego todos eran de cuero legítimo y de lona de algodón las alpargatas y zapatos deportivos. Nada de calzado de hule y plástico para amontonarse en los basureros.
         Éstos, los tiraderos de basura, no representaban, obviamente, un problema crucial para la comunidad, como ahora. Ubicados a distancia suficiente de los barrios habitacionales, se llenaban, se tapaban, y se buscaba un nuevo destino para los desechos. No se convertían en argumentos políticos o cotos de poder. No queda más que exclamar, suspirando como anciana: ¡Ah, qué tiempos aquellos!

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