Soñar...

Mi mayor placer es soñar. Soñar dormida y más, despierta. Dejar volar la imaginación y tratar de convertir esos sueños en palabras.

lunes, octubre 02, 2017

UN HÉROE CULTURAL DEL VIRREINATO

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DE LIBROS Y OTROS PLACERES

Cuando pensamos en la literatura mexicana del periodo colonial solemos limitarnos a mencionar a Sor Juana Inés de la Cruz, la llamada Décima Musa, cuya genialidad, diversidad de conocimientos e intereses, se presentan a veces sin considerar el contexto, la época y a otras figuras contemporáneas de la célebre monja.
         Hoy quiero referirme a un personaje fascinante, contemporáneo y amigo personal de Sor Juana: el escritor, catedrático, científico y capellán del Hospital del Amor de Dios, don Carlos de Sigüenza y Góngora.
         Hijo de un maestro de la corte española, y emparentado con el poeta culterano Luis de Góngora, Carlos nació en la Ciudad de México en 1645. Recibió su primera educación en casa, junto con sus siete hermanos, de manos de su padre. Después ingresó colegio jesuita de Tepotzotlán para iniciar sus estudios religiosos, los mismos que continuó en Puebla. En 1667 fue expulsado de la orden por indisciplina. Regresó a la Ciudad de México e ingresó a la Universidad Real y Pontificia. En 1672 asumió el cargo de catedrático de astrología y matemáticas. Ocupó esa cátedra durante 20 años, realizando contribuciones notables, mientras desempeñaba simultáneamente el cargo de capellán del Hospital del Amor de Dios.
         En 1681 Sigüenza escribió el libro Manifiesto filosófico contra los cometas, en que trataba de calmar el temor supersticioso que provocaba en la gente este fenómeno cósmico. El jesuita Eusebio Kino criticó fuertemente este texto desde un punto de vista aristotélico-tomista, pero, lejos de intimidarse, Sigüenza respondió publicando su obra Libra astronómica y philosóphica (1690), donde fundamentaba rigurosamente sus argumentos sobre los cometas según los conocimientos científicos más actualizados de su tiempo; citando autores como Copérnico, Galileo, Descartes y Kepler.
         Imaginen cuánto tenían en común este hombre y su amiga Juana de Asbaje, con quien pasaba horas intercambiando saberes y sinsabores en el claustro de San Jerónimo. Ambos con profundos conocimientos y diversos intereses; los dos, atacados por la cerrazón, la envidia y el autoritarismo de jerarcas de la iglesia.
         Las intensas lluvias de 1691 anegaron los campos y amenazaron con inundar la ciudad, y una plaga, consecuencia de toda esa humedad, consumió los trigales. Sigüenza utilizó un aparato precursor del microscopio para descubrir que la causa de la plaga era el Chiahuiztli, un insecto semejante a la pulga. Como consecuencia de este desastre, hubo al año siguiente una severa escasez de alimentos que provocó un motín popular. Las multitudes saquearon los comercios de los españoles y provocaron incendios en los edificios del gobierno. Sigüenza logró rescatar del incendio la biblioteca de la ciudad, salvándola de una gran pérdida.
         Como cosmógrafo real de la Nueva España trazó mapas hidrológicos del Valle de México. En 1693 fue enviado por el virrey como acompañante del almirante Andrés de Pez en un viaje de exploración al norte del Golfo de México y en especial a la península de Florida, donde trazó mapas de la bahía de Pensacola y de la desembocadura del río Misisipi. Probablemente esta experiencia inspiró su novela de aventuras marinas Los infortunios de Alonso Ramírez. Aunqu se pensaba que ese libro era una pura ficción, algunos historiadores modernos han ofrecido pruebas documentales que constatan que "Los infortunios" no es ficción sino un relato autobiográfico, recogido por Sigüenza y Góngora de voz del propio protagonista. En él se narra la vida azarosa de un portorriqueño de ese tiempo, quien fue cautivo de piratas ingleses.
         En sus últimos años, Sigüenza y Góngora dedicó mucho tiempo a coleccionar material para una historia del México antiguo. Desafortunadamente, la muerte prematura interrumpió este trabajo que no fue retomado hasta siglos después, cuando la conciencia criolla se había desarrollado lo suficiente para interesarse en la identidad de su nación.
         Al morir donó su valiosa biblioteca con más de 518 libros al colegio jesuita y ordenó que su cuerpo fuera entregado a la medicina, para que se encontrara la cura contra el mal que provocó su muerte.

LA TIERRA DE NERUDA

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DE LIBROS Y OTROS PLACERES

Hablábamos en días pasados de la importancia de las letras chilenas en la literatura universal. Por supuesto, no se puede hablar de autores de ese país sudamericano sin detenerse, necesariamente, en el enorme poeta Pablo Neruda, cuyo verdadero nombre era Neftalí Reyes, nacido en la localidad chilena de Parral en 1904. Aunque se le clasifica como poeta, hay que decir que no sólo poesía escribió este vate; Neruda nos legó, en sus memorias tituladas “Confieso que he vivido”, el testimonio de una vida llena de experiencias, viajes, militancia, goces y sinsabores, publicada después de su muerte acaecida en 1973. Dicha obra constituye una delicia para el lector.
         No podía faltar en esas memorias el retrato de su patria, del variado paisaje chileno que lo inspiró, como a tantos otros grandes autores. Comparto aquí este fragmento:
“En Chile no hay elefantes ni camellos. Pero comprendo que resulte enigmático un país que nace en el helado Polo Sur y llega hasta los salares y desiertos donde no llueve hace un siglo. Esos desiertos tuve que recorrerlos durante años como senador electo por los habitantes de aquellas soledades, como representante de innumerables trabajadores del salitre y del cobre que nunca usaron cuello ni corbata.
Entrar en aquellas planicies, enfrenarse a aquellos arenales, es entrar en la luna. Esa especie de planeta vacío guarda la gran riqueza de mi país, pero es preciso sacar de la tierra seca y de los montes de piedra, el abono blanco y el mineral colorado. En pocos sitios del mundo la vida es tan dura y al par tan desprovista de todo halago para vivirla. Cuesta indecibles sacrificios transportar el agua, conservar una planta que dé la flor más humilde, criar un perro, un conejo, un cerdo.
Yo procedo del otro extremo de la república. Nací en tierras verdes, de grandes arboledas selváticas. Tuve una infancia de lluvia y nieve. El hecho solo de enfrentarme a aquel desierto lunar significaba un vuelco en mi existencia. Representar en el parlamento a aquellos hombres, a su aislamiento, a sus tierras titánicas, era también una difícil empresa. La tierra desnuda, sin una sola hierba, sin una gota de agua, es un secreto inmenso y huraño. Bajo los bosques, junto a los ríos, todo le habla al ser humano. El desierto, en cambio, es incomunicativo. Yo no entendía su idioma, es decir, su silencio”.
         En otra parte de “Confieso que he vivido”, describe otros entornos, al hablar de su viaje al exilio forzoso:
“La montaña andina tiene pasos desconocidos, utilizados antiguamente por contrabandistas, tan hostiles y difíciles que los guardias rurales no se preocupan ya de custodiarlos. […] La selva andina austral está poblada por grandes árboles apartados el uno del otro. Son gigantescos alerces y maitines, luego tepas y coníferas. Los raulíes asombran por su espesor. Me detuve a medir uno. Era del diámetro de un caballo. Por arriba no se ve el cielo. Por abajo las hojas han caído durante siglos formando una capa de humus donde se hunden los cascos de las cabalgaduras. En una marcha silenciosa cruzábamos aquella gran catedral de la salvaje naturaleza.”

LETRAS CHILENAS: FRANCISCO COLOANE

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DE LIBROS Y OTROS AUTORES


En la literatura, como en toda expresión artística, el medio ambiente en que se desarrolla un creador determina en gran parte el tono y temas de su obra. Las letras chilenas, este año invitadas de honor en la FIL de Guadalajara, no son excepción a esta regla. El clima frío, el viento silbante, la amenaza continua de la naturaleza y su innegable hermosura, son influencias definitivas en la poesía y en la prosa de esa tierra llamada el fin del mundo.
         Son muchos los autores chilenos que han trascendido los imponentes Andes. Nombres familiares para todos, como los galardonados con el Nobel: Pablo Neruda y Gabriela Mistral, o la millonaria best seller Isabel Allende, pero también son cuantiosos –y de semejante excelencia— otros que, quizá, no nos resulten tan identificables.
         Uno de mis autores favoritos entre los sureños es Francisco Coloane, nacido en un palafito de Quemchi, en la provincia de Chiloé. Su madre era campesina y su padre, ballenero. Antes de dedicarse por completo a la literatura, Francisco tuvo los empleos más diversos, comenzando por ser pastor de ovejas en las estepas de la Patagonia. En sus letras se plasman con una belleza conmovedora esos campos de pastoreo, el mar embravecido, el viento y la vida aventurada y constantemente amenazada de los habitantes del extremo sur.
         En su libro “Los pasos del hombre”, Coloane describe así su terruño:

“La vida de esta región está regulada por el flujo y reflujo oceánico que viene desde los cuernos de la luna y de los que habrá más allá de los astros, y por las lluvias esparcidas con toda la rosa de los vientos. Llueve allá de mil formas, con cerrazones bramando huracanadas, copiosos llantos celestiales que traspasan el corazón de los vivos en comunicación sus muertos, que reposan bajo los cementerios de conchales. A veces lágrimas de animales del agua, mitológicos unos, reales otros, brotan como chisguetazos violentos desde las soterradas holoturias hasta los puños tempestuosos bajando del cielo. <>, se oye decir en los rústicos fogones campesinos. <>, replica el último viejo que se ha salvado del último naufragio. Los altos alerces conservan en su savia el ir y venir de tres mil años de llanto. El mañío acústico les repite en sus tinglados y los muermos floridos, en la suprema inteligencia de la miel de abejas.
A veces por cuarenta noches y cuarenta días arrecian los diluvios. No se sabe quién llora más ni quién llora menos. Se realiza la unidad de las cosas del cielo y de la tierra, y de los peces, pájaros, bestias del agua, en el barro los cuchivilus, los traucos en la floresta, los camahuetos en los barrancos, las viudas volanderas, los millalobos, hombres, brujos, demonoios de muchas orejas y colas. Así nacimos los chilotes y así morimos, encerrados en nuestra escafandra cósmica, regulada por las luces y las sombras de los cielos a los abismos. Un mal día o una aciaga noche entran por las bocanas del océano las grandes olas de un maremoto y nos descuajan con escafandra y todo, dejándonos como un astronauta sobre el ramaje de un coigüe”.

LAS ÁNIMAS


DE LIBROS Y OTROS PLACERES
         No hay duda, queridos lectores: en estos días los espíritus andan sueltos. Buenos y malos. Pocos vivos aseguran haber visto alguna vez, a ciencia cierta, a cualquiera de estas ánimas; otros juran ser testigos de sus bromas o pruebas de presencia. Pero hay que reconocer que un ambiente distinto –a veces desaforado –hace presa de la comunidad durante los tres días en que celebramos las fiestas de muertos. 
        Con estas festividades sincréticas, los mexicanos damos fe de nuestra creencia en la vida después de la vida. 
       Primero, el 31 de octubre, con la adquisición más o menos reciente:  el Halloween (Jalogüín) o noche de brujas, importado vía empresas trasnacionales, en que los niños se visten de brujas nórdicas, condes dráculas, frankesteins y varios otros espantos internacionales, y van de casa en casa, con el “trick or treat”, convertido en “me da pa’ mi calavera” o “queremos jalogüín”.  ¡Menos mal que seguimos comiendo pan de muertos, la esponjosa hojaldra, y no pay de calabaza!
A pesar de la globalización, aquí las costumbres más antiguas prevalecen.  El 1º. de noviembre es la fecha que para la tradición netamente cristiana se denomina “Día de todos los santos”, y en nuestro sincretismo mestizo se convirtió en “los muertos chiquitos”.  Esa noche comienza la visita de los vivos a los cementerios, para llenarlos de luz, flores, rezos y convivencia familiar.  Afuera, decenas de puestos ofrecen comida, bebida, flores, ceras, cirios, veladoras. 
Los visitantes comienzan la velada con gran actividad.  Hay que limpiar y desyerbar las tumbas antes de decorarlas.  Después, la parte creativa.  Cada quien arregla la morada de su difunto como le dicta la inspiración.  Algunos, solamente ponen flores.  Otros, bellos diseños con pétalos de cempoaxóchitl o cempazúchil.  Los niños gozan haciendo una pequeña fogata para calentarse y preparar alimentos.  Muchos pasarán allí la noche entera, haciendo compañía a los difuntos quienes –según la tradición- se harán presentes para compartir la reunión y las viandas. 
No faltarán semblantes y soledades que hablen de historias tristes: un chico de unos doce años, completamente solo, mirando hacia una tumba, sin una vela con qué iluminarla. Algún borrachito perdido, sin vivo que lo acompañe, que no atinará a encontrar a su difunto. Sepulcros cubiertos de abandono.
En muchos hogares se pondrá el “altar de muertos”, con todo aquello que fue especialmente agradable a su difunto en vida, presidido muchas veces por su fotografía. La costumbre ancestral es marcarle el camino, con una línea de pétalos de la misma flor tradicional, para guiar al espíritu hasta su altar. Lo que esa persona no consuma por la noche, queda a disposición de sus familiares al día siguiente. 
El día 2, “día de muertos” propiamente dicho, estarán llenos los camposantos.  Y habrá quien no alcance a atender a todos sus muertitos en estas fechas, y requiera el sábado y hasta el domingo para terminar sus visitas.
Nuestra cultura no niega el inevitable fin de todo humano. Vivimos sin soslayar esta idea. De alguna manera, convivimos siempre con la muerte, bromeamos y hasta coqueteamos con ella.
La alfarería metepequense de esta temporada nos revela tal filosofía. Los artesanos dan vuelo a su creatividad, a su sentido del humor, a su actitud ante las grandes verdades: donde hay vida, habrá muerte, pero los difuntos no desparecen para siempre, algo de ellos estará siempre entre nosotros. Encontramos una variedad inmensa de piezas; algunas bellísimas, otras de enorme simpatía. En lo personal, adoro las catrinas, los banquetes de difuntos, los grupos de mariachis-calacas, los árboles de la muerte.  ¿Qué material podría ejemplificar mejor nuestra naturaleza, a la vez frágil, fuerte, moldeable y propensa al endurecimiento, que el barro? 
La capacidad de burlarnos y aceptar la muerte sorprende a los extranjeros.  ¿Cómo pueden comerse una calavera? –nos preguntan.  Para muchos de ellos, el barroquismo en los dulces sólo puede estar en un museo.
Bueno, esto es México. Hago un llamado, amigos, a conservar nuestras bellas tradiciones.  Sigamos invitando a las ánimas a festejar su día.


MÉXICO Y LOS SISMOS


DE LIBROS Y OTROS PLACERES

Todavía no nos recuperamos del profundo impacto provocado por los fenómenos de la Naturaleza. Primero una serie de huracanes y tormentas tropicales de enorme fuerza. Luego, los devastadores sismos que marcaron –otra vez— con escenas de muerte, dolor y destrucción la memoria nacional.  Y digo otra vez porque nuestro México tiene un largo historial de terremotos dadas las condiciones de su subsuelo: esas placas que conforman la corteza terrestre, la cual no es una masa uniforme, sino una especie de suma de pedazos que están, como el planeta mismo, en continuo movimiento. Muchas son las explicaciones científicas que hemos oído, visto y leído en días recientes, cuando un incremento en esta actividad provocó cerca de 5,000 movimientos telúricos en un mes, de los cuales dos: el 7 y el 19 de septiembre respectivamente, produjeron daños mayores y, por su intensidad, pasaron a formar parte de la histórica lista de graves terremotos en nuestro territorio.
Para quienes tengan curiosidad sobre este tema, recomiendo consultar la monumental obra de los investigadores Virginia García Acosta y Gerardo Suárez Reynoso, titulada Los sismos en la Historia de México, publicada por la UNAM, CIESAS Y EL FCE, en dos extensos tomos que recogen datos y descripciones de todos los terremotos documentados desde el año 1 Pedernal.
En ella podremos enterarnos de que los habitantes de Mesoamérica han sido víctimas de dichos fenómenos naturales desde siempre.  Claro que, en tiempos prehispánicos no provocaban la destrucción masiva que acontece en nuestros días, pues las casas eran de material ligero y las pirámides, debido a su forma, no se caían con los temblores, además, no había la concentración poblacional de hoy. En aquella época los sacerdotes decían que eran causados por el ollin, que es el movimiento de los astros. Temblor en náhuatl se dice tlalollin, es decir, movimiento de la tierra. Explicaban que, cuando Venus se ponía en el horizonte y luego reaparecía en el oriente a la mañana siguiente, había tenido que caminar bajo tierra en plena oscuridad, y a veces se tropezaba: eso era un temblor. Los temblores más fuertes ocurrían cuando era el Sol quien tropezaba.
Una vez conquistado y evangelizado el antiguo Imperio Mexica, junto con sus pueblos vecinos, por los españoles, la explicación no dejó de ser de índole religiosa. Los frailes aprovechaban estos fenómenos para hablar a los naturales de la ira de Dios por los pecados de la gente. Los conminaban a la obediencia, el tributo, la oración y la penitencia para calmar el enojo del creador.
Desde luego, el tipo de construcciones coloniales de piedra, no siempre bien cimentadas y equilibradas, los techos más pesados y las iglesias con bóvedas y campanarios, sufrían daños severos y con frecuencia había víctimas humanas.
Varios sismos se encuentran descritos en las crónicas junto con las medidas religiosas que se tomaban. Por ejemplo, en septiembre de 1754, el arzobispo de México llamó a una procesión dedicada a San José “a fin de aplacar la divina justicia en los terremotos experimentados”.
 En 1875, en Guadalajara, “una procesión de penitentes desnudos, con crucifijos y luces, recorrieron las calles de la ciudad… todos con velas y algunos descalzos, en señal de penitencia”.
Hoy, a unos días de haber sufrido terremotos que se suman a la lista de destructores movimientos telúricos, no falta quien quiera darles explicaciones religiosas, mágicas y paranormales. Tampoco ha conseguido la ciencia la tan deseada posibilidad de predecirlos… y, desgraciadamente, hay quienes siguen construyendo sin tomar en cuenta este riesgo que es una certeza: seguirá temblando en el territorio nacional. Asimismo, siempre hay gente sin escrúpulos que trata de aprovechar la desgracia para manipular y obtener beneficios personales.  Afortunadamente, somos testigos también de muchas muestras de solidaridad, empatía, cooperación y generosidad.
En suma, la Naturaleza es poderosa e impredecible…Y la condición humana comparte esos adjetivos.

miércoles, septiembre 13, 2017

Librerías en España donde puedes encontrar Sombras en el muro

 


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·       ALMERIA        LUAL PICASSO                      
·       ALMERIA        PICASSO ESTACION 13, LIBRERIA   
·       CADIZ ALAVERA, LIBRERIA  JEREZ DE LA FRONTERA     CADIZ
·       CADIZ ENLINEA C.B. CHICLANA DE LA FRONTERA        
·       CORDOBA     LUQUE, LIBRERIA
·       CORDOBA     SELECTA, LIBRERIA  RUTE  CORDOBA    
·       GRANADA      PICASSO, LIBRERIA (OBISPO HURTADO)   
·       HUELVA         DORIAN, LIBRERIA   
·       HUELVA         TABERNA DEL LIBRO, LIBRERIA     MOGUER                  
·       MALAGA        AGAPEA FACTORY S.A         MALAGA        
·       MALAGA        DE LIBROS     MARBELLA
·       MALAGA        PROMETEO Y PROTEO LIBRERIA
·       SEVILLA         ACUARIO, LIBRERIA HERRERA       SEVILLA         
·       SEVILLA         ATENEA, LIBRERIA (LEBRIJA)         LEBRIJA                     
·       SEVILLA         COSAS BECQUER, LIBRERIA            SANLUCAR LA MAYOR         SEVILLA         
·       SEVILLA         PRISMA, LIBRERIA    TOMARES      SEVILLA         
·       SEVILLA         PRUNA GALLEGO, LIBRERIA           MARCHENA   SEVILLA         
·       SEVILLA         Señorita ESQUIVEL, LIBRERIA          MAIRENA DEL ALCOR                                                       

martes, septiembre 12, 2017

Fiestas patrias

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DE LIBROS Y OTROS PLACERES


Estamos ya en el mes de septiembre, llamado “mes patrio”. Es tiempo de festejar el nacimiento de esta nación, nuestro México, a pesar de los graves problemas que hoy enfrenta. Pero es tiempo también de rememorar cómo se llevaban a cabo, en el pasado, las celebraciones de las llamadas Fiestas Patrias.
No era antaño –como ahora—un asunto que sólo competía al gobierno. Por el contrario, participaban en dichas fiestas todos los ciudadanos y se nombraban comités para su organización.
         En el Estado de México existían dichos comités, llamados Juntas Patrióticas, desde 1817, con una estructura que debía cumplirse de manera rigurosa. Era labor de los alcaldes invitar a ciudadanos prominentes para integrarlos y, una vez recibidas las notificaciones de aceptación de sus integrantes, se encargaban de nombrar al presidente de dicha Junta que en ocasiones llegaban hasta 31 individuos.
         En el archivo histórico de Metepec, se tienen registros de estas conmemoraciones cívicas a partir del año de 1828; en tales documentos se percibe un gran interés de gobernantes y ciudadanos por dar lucimiento a las fiestas, que en un principio no sólo fueron las del 16 de septiembre, también se celebraba el 27 del mismo mes, fecha en se consumó la independencia.
El comité se encontraba integrado por: presidente, vicepresidente, secretario, tesorero y vocales, además de representantes en cada uno de los pueblos que integraban el territorio metepequense que por aquel tiempo eran: San Bartolomé, Totocuitlapilco, San Gaspar, San Sebastián, San Salvador, San Jerónimo y San Francisco.
         Entre los principales compromisos a resolver por el grupo era el presupuesto con el que se contaba el festejo; siempre se pretendía rebasar el logro del comité del año anterior.
         Para reunir fondos iniciaban con las donaciones de los miembros de la Junta, que participaban con una cuota reglamentaria; también se hacía una colecta en cada uno de los barrios de la cabecera municipal. Dichas aportaciones fluctuaban desde los 10 centavos hasta un peso, durante el siglo XIX, y en el siglo XX fueron ascendiendo hasta llegar a un día de salario de trabajo por cada integrante.
         Ya en el mes de agosto se debía tener una lista preliminar de los preparativos de la verbena para ser autorizada por el Ayuntamiento, que sólo aportaba el faltante del gasto, siempre una cantidad menor a la donada por la población. En caso de no contar con el capital suficiente se pedía apoyo al Distrito de Toluca.
         El resto de los habitantes de Metepec participaba activamente en los preparativos: desde el arreglo de fachadas con motivos tricolores, la iluminación con antorchas o farolas, hasta la limpieza de las calles que debían barrerse momentos antes del festejo. En el año de 1900, un documento nos indica que se dispuso colocar una portada en el jardín central de la Villa para dar mayor realce y distinción al festejo de independencia, así como el envío de oficios a los vecinos para que asearan el frente de sus casas[1].
         En varias ocasiones se invitó a vecinos que tenían caballo a ser parte del cortejo que recorría las calles, lanzando vivas a los héroes y vestidos con ropa de principios del siglo XIX.
         Salvo los años en que rigieron las Leyes de Reforma y, más tarde, la prohibición de culto público que provocó los levantamientos cristeros, las fiestas patrias tenían tintes religiosos. Incluían misas solemnes, tedeum, y se montaban obras de teatro sobre la vida de santos y héroes, presentadas en el atrio de la parroquia. Se invitaba asimismo a alumnos de las escuelas primarias quienes pronunciaban discursos, recitales y orquestas que amenizaban con serenatas y conciertos musicales.
         Días antes del evento se preparaban los folletos y la propaganda que comunicaba al pueblo todos los eventos que se realizarían. Algunos de ellos se pegaban en las afueras del palacio municipal y en las principales calles; otros, se repartían a los habitantes distinguidos de manera limitada, por el gasto que significaban. Las actividades se programaban desde las primeras horas del día y terminaban ya entrada la noche.
         Como en todo el país, la celebración del Centenario de la Independencia en 1910 fue especialmente lucida. Y de los años recientes, son ya históricos los festejos del Bicentenario, en 2010.


[1] AHMM/ Gobernación/ Vol. 1/1900/ Exp.23.

UN HÉROE CULTURAL DEL VIRREINATO

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