Soñar...

Mi mayor placer es soñar. Soñar dormida y más, despierta. Dejar volar la imaginación y tratar de convertir esos sueños en palabras.

domingo, agosto 06, 2017

LOS JUDÍOS DESCONOCIDOS


DE LIBROS Y OTROS PLACERES 
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El complejísimo conflicto que se dirime en Palestina exacerba de nuevo, en todo el mundo, sentimientos antisemitas, esa animadversión que muchos han sentido, desde hace siglos, por el pueblo judío. Sentimiento que explotó y utilizó, durante el siglo pasado, el movimiento nazi para manipular al pueblo alemán y sus aliados y embarcarlos en un holocausto que todavía hoy, a más de medio siglo, sigue avergonzando a la humanidad.
         En efecto, este 6 de agosto, se cumple un año más de un hecho bélico sin precedentes: el lanzamiento de la bomba atómica sobre Hiroshima, al que siguió otra sobre la ciudad de Nagasaki, dejando un saldo de muerte y destrucción nunca antes visto por la humanidad.  Con esto se puso fin a la guerra más sangrienta de la historia, que reunió víctimas en varios rincones del planeta. Las muertes de esos japoneses, casi todos civiles, se sumaron a los 6 millones de víctimas judías, también civiles de todas edades, en los campos de exterminación nazis. Deleznables hechos que nos muestran la terrible crueldad de que somos capaces los humanos, la posibilidad de la demencia colectiva y nuestra fatídica tendencia al racismo.
         Concerniente al racismo, el tema del antisemitismo es complejo, ancestral y atañe a casi toda la humanidad.  Desde los capítulos más antiguos de su historia, los judíos se han visto obligados a abandonar países como Mesopotamia, guiados por Abraham, Egipto, tras su líder Moisés; España, Portugal y sus colonias, en tiempos de los Reyes Católicos; el Imperio Ruso, en la época de los Progroms y la Europa nazi, persecución que desembocó en el Holocausto.
         El pueblo judío de la Diáspora (es decir, disperso o “regado” por el mundo), tiene características que le han permitido sobrevivir a través de milenios, conservar su cultura y también, ser odiado por muchos.  Una de ellas es la unión y solidaridad al interior de estas comunidades, que además entran en auxilio de sus semejantes de lugares remotos cuando los amenaza el peligro.  Otra, que los convierte en el blanco de las críticas, es su innegable éxito económico dondequiera que emprenden sus negocios. Además, la vocación de excelencia: entre los profesionales más brillantes de diversas áreas (médicos, científicos, políticos, humanistas, artistas), siempre figuran los judíos. Alegan sus historiadores que han sido judíos los hombres que han cambiado al mundo, y yo nada más enuncio algunos nombres: Moisés, Jesucristo, Cristóbal Colón, el arzobispo Torquemada, Carlos Marx, Albert Einsten, Isaac Newton, el propio Hitler, Sigmund Freud, Henry Kissinger.
         De lo que pocos estamos conscientes, es de tener, casi todos, algún antepasado judío en nuestro árbol genealógico. Aún sus enemigos árabes comparten con ellos nada menos que al padre Abraham.
Traduzco aquí un fragmento del libro Les juifs, de Roger Peyrefitte, que ilustra contundentemente el tema en cuestión: 
El 1º. de enero de 1963, fiesta de la Circuncisión de Nuestro Señor, el General De Gaulle no pensaba, sin duda, en sus ancestros los judíos Kolb, el Canciller Adenauer en sus ancestros los judíos Adenauer, el Presidente de la República Italiana en sus ancestros los judíos Segni, el Rey de Suecia en su ancestro mitad judío Bernardotte, el Ex rey de Italia en sus ancestros maternos los judíos montenegrinos Petrovitch Niégoch, el Archiduque Otto de Habsburgo en su antepasada la judía Henríquez, madre de Fernando el Católico, el Rey de los belgas en su antepasada la judía Pereira de donde descendía su bisabuela Bragance, el Príncipe Bernhard de los Países Bajos en su antepasada la judía Pacheco; la Reina Elizabeth en sus ancestros maternos, los judíos Bowes-Lyon, el Duque de Edimburgo en sus ancestros los judíos Haucke, tampoco en la Casa Blanca, el Presidente Kennedy pensaba en sus ancestros los judíos Kennedy y el Vicepresidente Johnson en sus ancestros los judíos Johnson. (…)  En la Habana, Fidel Castro probablemente no pensaba tampoco en sus ancestros los judíos Castro ni en Madrid el General Franco en sus ancestros los judíos Salazar. Al lado de estos ilustres personajes, gloria de la conservación del prepucio, el jefe del Estado de Israel, Ben Zvi, constituía una figura de piedra, figura agua-fiestas porque podría decir a cada uno de ellos: “¡Acuérdate!”.
         Hoy que el mundo exhibe y, con sobrada razón, rechaza las acciones de Israel en Gaza y Cisjordania, hago un llamado a la conciencia de sus autoridades, les pido voltear hacia las enseñanzas del antiguo rabino Ben Hilel que decía: no hagas a los demás lo que no te gustaría que te hicieran a ti, y les digo: “¡Acuérdate!”

LA PÉRDIDA DE TEXAS

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DE LIBROS Y OTROS PLACERES


Hablábamos hace poco, amigos, de lo larga que es la historia de nuestros conflictos fronterizos con los Estados Unidos. Recordemos hoy cómo fue que el estado de Texas pasó a ser, de territorio mexicano a Estado de la Unión.
         Como sabemos, desde principios del siglo XIX los Estados Unidos iniciaron su expansionismo hacia el Este y Sur de su espacio original, aquel territorio conocido como las Trece Colonias que en 1776 había declarado su independencia del Reino Unido, se disponía a expandir sus dominios hasta el Océano Pacífico. El avance tuvo sus orígenes en 1803, cuando la primera nación independiente de América compró a Napoleón el inexplorado territorio francés conocido como Luisiana, con el que de inmediato duplicaron su demarcación; posteriormente, en 1819, los primeros problemas fronterizos de la entonces llamada Nueva España y su vecino del norte dieron como resultado la compra de la Florida a los españoles quienes reclamaron la soberanía sobre el territorio de Texas, el cual, según los estadounidenses, pertenecía a la Luisiana. El conflicto tuvo su final mediante el Tratado Adams-Onís en el que el representante de la corona española, Luis de Onís y el secretario de estado, John Quincy Adams, fijaron una nueva demarcación entre los dos países. En el territorio conocido como la Florida vivían ciudadanos españoles quienes se vieron obligados a cambiar su residencia a causa de la negociación, por lo que en los últimos años del gobierno virreinal se les otorgaron concesiones de tierras en Texas y Coahuila junto con la exención de impuestos como una posible solución al problema de inconformidad ciudadana; se pretendía así poblar los terrenos más alejados de la colonia española.
         Después de algunos años y ante las concesiones que España daba a sus súbditos, algunos ciudadanos americanos vieron la ambiciosa posibilidad de emigrar a nuestro territorio; solicitaron permiso a la Corona Española para cruzar la nueva frontera y establecerse en Texas, bajo protesta de obedecer sus leyes y practicar la religión católica a cambio de poblar la lejana zona y gozar de dichos beneficios, el cual les fue otorgado. Poco a poco la población angloamericana ocupó mayores extensiones de tierra y violó los acuerdos revalidados durante el efímero Imperio de Iturbide y la primera República Federal.
         Con la promulgación de la Constitución de 1824, Texas quedó unido a Coahuila y perdió su soberanía. Esto causó varios problemas adicionales, entre ellos el que las nuevas leyes federales y estatales prohibieron la esclavitud, que en Texas era práctica corriente. Por otra parte, los norteamericanos abusaban de la falta de control en las fronteras y exigían un nuevo plazo para extender el mayor tiempo posible su derecho a no pagar impuestos por cruzar hacia México, privilegio adquirido durante la Colonia. El gobierno mexicano, al inspeccionar la mencionada situación en sus confines, miró con desagrado las acciones de los concesionarios y decidió prohibir temporalmente la entrada a los norteamericanos.         En 1832 instaló una aduana en la frontera para la recaudación de impuestos, la cual, después de varias protestas, fue cerrada y reabierta hasta 1835.
         Mientras tanto, en el centro del país se acrecentaba la disputa política entre conservadores y liberales –centralistas y federalistas, respectivamente– lo que ocasionó el descuido de nuestros límites territoriales; los colonos que en un principio juraron lealtad a las leyes españolas y después a las mexicanas, se convirtieron en rebeldes que sembraron la idea de separar a Texas de la República Mexicana, argumentando no tener ideales comunes con el resto de los estados, ni compartir características como el idioma, la religión y la práctica de la esclavitud, importantísima para el cultivo de los campos de algodón, una de sus principales fuentes de riqueza. Asimismo, insistían en la exención del pago de impuestos fronterizos.
         En octubre del 1835 la república adoptó un sistema centralista y se dividió en departamentos, bajo el argumento de un mayor control político del territorio. De inmediato los separatistas de Texas declararon abolido el pacto federal y pidieron apoyo al gobierno de los Estados Unidos. Tras este suceso, y violando nuestros estatutos, una gran desbandada de norteamericanos cruzó nuestros límites en busca de un pedazo de tierra e incentivando la independencia del estado del norte. Ante ese intento, el entonces presidente de México, Antonio López de Santa Anna marchó sobre ellos al frente de un ejército improvisado y sin preparación militar, con el que trató de detener esta afluencia y someter a los rebeldes. Finalmente, el mandatario fue hecho prisionero y aunque en nuestras leyes estaba dispuesto que los rehenes no pueden dictar órdenes, Santa Anna envió la orden de retirada al general Vicente Filisola, lo que causó nuestra total derrota en Texas. El 2 de marzo de 1836, mediante los Tratados de Velasco, se reconoció la emancipación de los texanos.
         Algunos años después, en 1844 se iniciaron las negociaciones para la anexión de Texas a la Unión, proceso que se concluyó en julio de 1845.

EL CHOCOLAT

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DE LIBROS Y OTROS PLACERES

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Tome un poco de xocolatl, le tradujo Malitzin a su amo, Hernán Cortés, mientras una esclava alargaba al teúl el pocillo de oro lleno de la bebida espumante reservada para grandes ocasiones y exclusiva de los pipiltzin. El visitante habría querido esperar a que su anfitrión bebiera primero, precaución nada descabellada dadas sus intenciones de conquista, pero la intérprete le indicó que esa bebida era de y para dioses. Cortés, encantado con la confusión que lo convertía en reencarnación de Quetzalcóatl, listo para recuperar su trono, dio un largo trago y, seguramente, estuvo de acuerdo en que se trataba de un sabor celestial.
Esa degustación, de tinte político, sin saberlo ninguno de los involucrados en tal escena, constituía el primer paso de una de las más grandes revoluciones gastronómicas del planeta: la difusión del chocolate hacia Europa donde se convertiría en lujosa delicadeza.
Hay que decir que los mexicas no eran los pioneros en el consumo del chocolate. Las semillas que se utilizaban también como moneda en toda la zona de influencia del Imperio Azteca, se obtenían de la vaina del árbol llamado Theobroma, originario de las zonas selváticas del sureste. Eran, pues, un producto que llegaba al Altiplano gracias al comercio con los mayas.
En el cargamento de regalos que Cortés envío al emperador Carlos I (más conocido como Carlos V) para obtener su favor y contrarrestar las acusaciones en su contra deslumbrándolo con piezas de oro, plata y fina plumería, se contaban unos granos de cacao e, imaginamos, la receta para preparar la bebida de reyes y dioses.
El poderoso monarca, que solía recogerse en monasterios para concentrarse en asuntos de gobierno, envuelto en paz espiritual, dejó en manos de monjes la preparación de aquella pócima que, se suponía, daban lucidez y fortaleza, además de ser antídoto de casi cualquier veneno. En las santas cocinas se comenzaron a hacer experimentos para dulcificar el sabor del chocolate. Le agregaron miel y probaron a perfumarlo con especias, sobre todo canela.
La corte española se aficionó al chocolate tanto como las cortes virreinales en sus colonias americanas. En Nueva España, el virrey, Marqués de Mancera, diseñó y mandó fabricar un plato donde la taza encajase perfectamente para evitar que él y sus cortesanos se manchasen la ropa. Ese nuevo utensilio se llamó “mancerina”, nombre que derivó en “Marcelina”.
Parece ser que a Francia, país que se convertiría en uno de los más grandes consumidores y transformadores del chocolate, llegó este producto gracias al regio matrimonio entre Ana de Austria (bisnieta de Carlos V) y Louis III. Allí obtuvo el distintivo de “bebida oficial de la corte” en 1615.
Los franceses llevaron el portento al resto de Europa. Y fue un suizo, Henri Nestlé, quien dos siglos más tarde consiguió mezclarlo con leche condensada azucarada, dando comienzo al famoso chocolate suizo.
Pero seguía consumiéndose el chocolate solamente en forma líquida hasta que, en 1879, otro suizo, Rodolphe Lindt, consiguió desarrollar la fórmula para que el chocolate pudiera morderse y ser, a la vez, crocante y cremoso. Gracias a él las barras de chocolate salvaron de la inanición y la hipotermia a muchos soldados durante la Segunda Guerra Mundial. Y gracias a esta increíble cadena de acontecimientos, que se antoja una aventura novelesca, el mundo entero puede hoy disfrutar del chocolate en un sinnúmero de deliciosas presentaciones.

                                                     BERTHA BALESTRA





AGOSTO, EL MES DE AUGUSTO


DE LIBROS Y OTROS PLACERES

Así como Julio César nombró en su honor al mes de julio, su sucesor, Octavio Augusto, decidió cambiar el nombre al mes Sextilis, en el cual venció a Marco Antonio y a Cleopatra y, ajustando el calendario, le agregó dos días a ese mes para que alcanzara los 31 días, evitando que su gloria se considerase inferior a la de su antecesor.
En efecto, Octavio César Augusto no solamente igualó a Julio César, su padre adoptivo, sino que es recordado como el más grande de los gobernantes de la Roma imperial. Su gobierno se caracterizó por la prudencia y la prosperidad que dio a Roma; por ello, su periodo se conoce como La Pax Augusta.
¿Cómo era en la cercanía este singular personaje? En mi novela El pez de alabastro, Herodes Antipas, príncipe judío hijo de Herodes, describe sus impresiones sobre el César en un diálogo (obviamente ficticio) con su hijastra Salomé. Comparto este fragmento:
Unas semanas después de nuestra llegada conocimos a Octavio, el Augusto. Fuimos invitados a presenciar a su lado una carrera. El espectáculo no había sido nunca uno de mis favoritos; yo me inclinaba hacia diversiones más tranquilas, en lugares menos concurridos, como el teatro y la música.  Pero estar ahí era un gran honor y lo sabíamos; era la primera vez que se nos trataba como adultos y, oficialmente, como príncipes. Nos condujo después a su residencia, donde ofreció un banquete en nuestro honor. En el pórtico un esclavo cumplía, como en todas las residencias de patricios, su función de recordar a los visitantes la importancia de poner primero el pie derecho en el umbral del atrio, para no caer nunca en desgracia a los ojos de los anfitriones.  ¡Quién iba a olvidarlo en casa del hombre más poderoso del mundo!
Antes de pasar a la mesa, Augusto pidió silencio a los presentes para presentarnos a senadores y patricios, y refrendar ante ellos nuestra categoría de ciudadanos romanos, a la que teníamos derecho hereditario. Pronunció, solemnemente a pesar de su voz poco sonora, las palabras del poeta Virgilio:  "Eres un romano, éste es tu cometido: gobernar al mundo porque eres su señor.  Dar la paz, las costumbres y las leyes, apiadarte de los que te obedecen y aplastar en la guerra a los rebeldes".
¡Qué inesperada, por cierto, la personalidad del César! La imagen divina que sus colaboradores, entre ellos mi padre, le fabricaron, dedicándole templos y ciudades, no correspondía en absoluto con la realidad ni con lo que él trataba de transmitir: un administrador al servicio del pueblo romano. Su físico, tan favorecido por la mano de los escultores y acuñadores de moneda, era insignificante: enclenque, cojo, enfermizo; su voz, tan débil, que tenía que dirigirse al pueblo por medio de un heraldo. Vivía aún en la casa que había pertenecido al orador Hortensio, sin agregar nada a su decoración, sino una copa murrina, antigua propiedad de los Tolomeos.
-Contraste brutal con tu padre -aseguró Salomé.
-Cierto, y por ello, desconcertante para nosotros. Éramos todavía muy jóvenes para aceptar a ese hombrecillo por encima de Herodes. ¿Cómo comparar esa casa con nuestros palacios en Jerusalén, Masada, Herodión, Cesárea y Sebaste? ¿La corte de nuestra capital con el pequeño grupo familiar que acompañaba al César, vestido con sus modestos trajes hechos por su hija Julia, sin más ornamento que la guardia pretoriana?  ¡Y la comida!  Por su mala salud, o queriendo dar ejemplo de obediencia a las leyes de su antecesor, que restringían el lujo de los banquetes, en la mesa de Augusto no se servían manjares sofisticados. Su padecimiento del hígado le obligaba a beber, en vez del magnífico vino de Italia, un cocimiento de manzanas y lechuga.
Pero el genio estaba ahí, oculto tras aquel disfraz. Analítico y calculador, no era capaz de actuar por impulso, sino que medía, con cuidado, cada una de sus decisiones. Sólo alguien como él podría haber controlado un Imperio tan grande y complejo. Se hacía ayudar por sus generales, gobernadores y consejeros, guardando para él la última palabra: todos trabajaban, él sólo dirigía. ¡Qué distinto el estilo de gobierno de mi padre! Herodes atraía a su corte gente brillante, sin duda, pero de alguna manera los echaba a perder. Terminaban alabándolo siempre, sin aportar nada, entregados a la corrupción y a la intriga. Buena cantidad de sestercios invertía en mantener toda esa pléyade de inútiles a su lado. 




jueves, julio 13, 2017

Sombras en el Muro

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Bertha Balestra se introduce en el universo vital y poético de una de las figuras universales del siglo veinte, el poeta español Antonio Machado, y nos trasmite una interpretación válida de sus pasiones más íntimas y defnitivas. Pero ésta es, al mismo tiempo, la clave por la que discurren las vidas de otros personajes, lanzados a varios destinos geográfcos, como el sur de Chile, el México moderno y la realidad pujante de Canadá, donde sin embargo la vida es sombra, trazo fantasmagórico sobre un muro de piedra.
         La relación entre Machado y Guiomar, en realidad Pilar de Valderrama, había comenzado en 1929. Ella estaba casada y él era ya viudo y famoso, de modo que la relación se limitó inicialmente al intercambio epistolar.
         Más tarde, a propuesta de Pilar, inventaron los llamados “encuentros del tercer mundo”, un juego de la ilusión en el que, a pesar de la distancia, ambos creían encontrarse en el espacio inexpugnable y fantasioso de las almas enamoradas. Pero la autora recrea también uno de sus encuentros reales en Madrid, en 1931, en un café cuyos parroquianos eran obreros y donde el poeta veía volar el tiempo, morir la tarde, renacer su espíritu.
         Las luchas políticas, luego la guerra, los separan todavía más, Pilar emigra a Portugal y Antonio queda desolado, como lo narra conmovedora mente Bertha Balestra: “sólo salía para pasar frente a la casa deshabitada y dirigirse luego al café, a sentarse en el rincón de siempre, por si ella volviera. Pero la esperanza se hacía cada vez más remota; Guiomar dejó de ser suya. No había vuelto a encontrarla por las noches, por más que se esforzaba, en aquel tercer mundo donde ahora él vagaba sin compañía, Acaso a ti mi ausencia te acompaña, / A mí me duele tu recuerdo, diosa…
Y le escribe una última carta, A ti, Guiomar, esta nostalgia mía.

lunes, julio 10, 2017

PLUMAS JALICIENSES



DE LIBROS Y OTROS PLACERES 

Dicen los de Jalisco que su terruño es la cuna de la mexicanidad. Y no andan tan errados, pues varios de los íconos que identifican a nuestro país en el mundo provienen de ese estado: el mariachi, el tequila, el jarabe tapatío… sin contar varios de sus platillos típicos.
         Indudablemente Jalisco es también cuna de grandes autores en el ámbito de las letras. Entre ellos podemos mencionar, antes que nadie, a Juan Rulfo, un fenómeno de la literatura universal, quien recogió la tradición literaria tapatía y la llevó a la cúspide. Además de él, otros jalicienses han plasmado con gran belleza el paisaje y la vida del campo mexicano y han legado libros imprescindibles en la historia de las letras: Juan José Arreola, Agustín Yáñez, Mariano Azuela, José López Portillo y Rojas. A este último se achacaba haber llevado a la literatura ideas subversivas al denunciar en su novela “La Parcela” algunas de las injusticias, abusos de poder e impunidad que se cometían en el campo mexicano durante el porfiriato. Otra de sus novelas, “Fuertes y débiles”, habla también de esos temas, mezclándolos con la vida cotidiana en la ciudad de México durante el gobierno de Madero y sugiere  cómo se fraguó la conspiración para el derrocamiento de ese desafortunado presidente de México. En otras palabras, es precursor de la novela de la revolución mexicana. Pero hablando de la forma de pintar el campo y sus habitantes, diremos que se podría considerar a López Portillo y Rojas (1850-1923) como el precursor en cuanto llevar a la literatura el hablar de la población rural. “Al fin apareció el jinete atisbado por ese rumbo, empequeñecido por la distancia y seguido también por otro peón de estribo. // -Allí va el administrador, señor amo. ¿Lo mira su mercé? Dijo. // -Sí, le veo, repuso Cheno, aunque no tengo tan buenos ojos como los tuyos”.
         Pocos años más tarde Agustín Yáñez (1904-1980) publicaba una de las más célebres novelas de la Revolución: “Al filo del agua”, en este tono: “Gumersindo estaba sentado en el batiente de la banqueta, con una botella al lado, que se caía de borracho, canta y canta, entre malas razones; cuando me vio me habló, invitándome a echarme un trago; no le hice caso y seguí mi camino. -¿No me oyes, jijo de tal, que por aquí no me pasa nadie, porque no se me antoja y a ley de mis calzones, jijo de la ésta y la otra? –me grita. Ni quien le contestara nada; nomás pelo el cuete y sigo caminando, sin perderlo de vista…”
         Y como decíamos, fue Juan Rulfo (1918-1986) quien consiguió fundir en sus obras el lenguaje del pueblo y el paisaje del campo en una prosa poética inigualable. En el cuento “Diles que no me maten”, de “El Llano en Llamas”, encontramos este fragmento:
         “Y yo echaba pal monte, entreverándome entre los madroños y pasándome los días comiendo sólo verdolagas. A veces tenía que salir a la medianoche, como si me fueran correteando los perros. Eso duró toda la vida. No fue un año ni dos. Fue toda la vida.
         Y ahora habían ido por él, cuando no esperaba ya a nadie, confiado en el olvido en que lo tenía la gente; creyendo que al menos sus últimos días los pasaría tranquilo. ‘Al menos esto –pensó- conseguiré con estar viejo. Me dejarán en paz’. Se había dado a esta esperanza por entero. Por eso era que le costaba trabajo imaginar morir así, de repente, a estas alturas de su vida, después de tanto pelear por liberarse de la muerte; de haberse pasado su mejor tiempo tirando de un lado para otro arrastrado por los sobresaltos y cuando su cuerpo había acabado por ser un puro pellejo correoso curtido por los malos días en que tuvo que andar escondiéndose de todos.”



NO TODO HIJO DE TIGRE ES PINTITO

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DE LIBROS Y OTROS PLACERES 

Suele pensarse, tal como lo propone la sabiduría popular, que los hijos heredarán no sólo los rasgos físicos de los padres, sino también su manera de ser y hasta sus ideas, sus metas y su misión. Pero tal afirmación no siempre es cierta y para ejemplo, el vástago de José María Morelos y Pavón. Si el padre es el fortalecedor, el organizador y filósofo del movimiento independiente, el hijo es hoy considerado uno de los villanos de nuestra historia.
         ¿Qué diría Freud de las vidas divergentes de estos dos hombres? Difícil saberlo, pero he aquí algunos momentos de esas biografías para que cada quien elabore sus propias conclusiones.
         Juan Nepomuceno nació en 1803, es decir, cuando todavía el movimiento independiente no había comenzado, su padre era un cura mestizo, de origen humilde, quien, por supuesto, no podía reconocerlo legalmente y por ello tomó el apellido de su madre, Brígida Almonte, aunque más tarde se extendió el rumor de que ese apellido era inventado a partir de que durante la lucha, cada vez que iba a comenzar un tiroteo, su padre ordenaba: “llévense a Juan al monte”.
         Según el propio Juan Nepomuceno, quizás para revestirse de un halo de héroe cuando, años después, fue a ofrecerle la corona de México a Fernando Maximiliano de Habsburgo, había acompañado a su padre desde el inicio de sus actividades insurgentes, e incluso participado en el heroico sitio de Cuautla. Pero si hacemos cuentas cronológicas, no resulta muy lógico que el cura Morelos, quien se incorporó a la lucha desde su entrevista con Hidalgo, el 20 de octubre de 1810, enarbolando, como el de Dolores, el argumento jesuita de que los clérigos podían tomar las armas lícitamente cuando hay alguna grave necesidad en utilidad grande de la república, hubiere contravenido a su investidura religiosa llevando consigo a un niño de siete años, que mucho más estorbaba que ayudaba. Es mucho más probable que el chiquillo permaneciera en Carácuaro con su madre, hasta que Morelos volvió a esa población, en 1814, y se enteró de que Brígida había muerto de tuberculosis tres años antes. Entonces sí, el padre se hizo responsable de la criatura que ya contaba once años y la llevó consigo. Unos meses después, Morelos decidió poner a su hijo a salvo y lo incluyó en la comitiva diplomática que partió hacia los Estados Unidos, con la finalidad de que el muchacho se quedara a estudiar en Nueva Orléans. Allí permaneció Juan Nepomuceno. Lejos de la patria se enteró del juicio y ejecución de su padre; de que, seguramente llevado al límite de la tortura, había firmado su retractación ante el Tribunal de la Inquisición que lo acusó de hereje y había informado a Calleja, el comandante de las tropas realistas, de algunas estrategias y lugares claves para el Ejército Insurgente.
         ¿Qué imagen paterna se formó, en el fondo de su alma, el hijo del gran héroe nacional? ¿Lo admiraba? ¿Le guardaba rencor? No lo sabremos nunca. Pero parece una venganza intencional el que Almonte sirviera más tarde a quien se hacía llamar “Alteza Serenísima”, el dictador Santa Anna, cuando su padre rechazara ese título, otorgado por el Congreso de Chilpancingo, y lo cambiara por el de “Siervo de la Nación”. Y peor aún, cuando participó activamente en la llamada Junta de Notables, que promovió en Europa la Intervención francesa y el nombramiento de Maximiliano como emperador de México.
         ¿Qué diría Morelos, desde el otro mundo, después de haber escrito, en 1812, que se quite la máscara a la Independencia, eliminemos la mención del Rey, cuando vio a su hijo honrar a Maximiliano recibiendo una corona?
         Qué paradójico que habiendo sido el padre, autor del histórico documento Sentimientos de la Nación, que textualmente dice, en su primer punto: Que la América es libre e independiente de España y de toda otra nación, gobierno o monarquía, y que así se sancione dando al mundo las razones; en el noveno: que los empleos sólo los americanos los obtengan; y en el décimo: Que no se admitan extranjeros…, procreara a quien firmó, en 1864, el Manifiesto de la Regencia del Imperio, que apunta: Nuestra línea de conducta está pues, trazada desde antes, por nuestra gratitud hacia la intervención, y por el interés de nuestra patria, que era necesario no separar de la política francesa. Y más adelante: Todos los buenos mexicanos han conmovídose de alegría cuando han visto desplegar a esta noble bandera sus colores al lado de la nuestra (refiriéndose, claro, a la de Francia).
No cabe duda que no todo hijo de tigre resulta pintito.

GEORGE BERNARD SHAW

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DE LIBROS Y OTROS PLACERES

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“El hombre razonable se adapta al mundo; el irrazonable intenta adaptar el mundo a sí mismo. Así pues, el progreso depende del hombre irrazonable”.

Esta irónica frase es parte del legado de un escritor irlandés, George Bernard Shaw, quien obtuvo, en 1925, el Nobel de Literatura.
         Shaw pertenecía a una familia de la burguesía protestante irlandesa, muy limitados recursos. Por ello George empezó a trabajar a los dieciséis años, lo que lo obligó a terminar su formación de modo autodidacta. Cuando sus padres se separaron fue a vivir a Londres con sus hermanas y su madre, que era profesora de música (1876). En los años siguientes trabajó como periodista y crítico teatral y de música para diversos periódicos, al tiempo que publicaba novelas por entregas, si bien sin éxito; sus ingresos eran muy parcos, por lo que vivió en una relativa penuria.
         Tras entrar en contacto con la obra de Marx, se hizo socialista (1884) y pasó a formar parte de la Sociedad Fabiana, contraria al empleo de métodos revolucionarios para la transformación de la sociedad. La doctrina marxista se convirtió a partir de entonces en el principal referente de la brillante y ácida crítica social lo mismo de sus artículos que de sus obras literarias.
         En 1895, Shaw  comenzó a trabajar como crítico teatral del periódico Saturday Review, lo cual fue el primer paso hacia la carrera de dramaturgo. En 1898, se casó con Charlotte Payne-Townshend. Candida, su primera obra exitosa, se estrenó ese mismo año. Le siguieron, entre otras, La disciplina del Diablo, Las armas y el hombre, La profesión de Mrs. Warren, El hombre y Superman, César y Cleopatra y Pigmaleón, por la que en 1938 obtuvo el Óscar al mejor guion adaptado.
         Mi Bella Dama, que ha sido un gran éxito tanto en el teatro como en el cine, expresa una de sus principales obsesiones: las incoherencias en la escritura de la lengua inglesa. Ese asunto le preocupaba a tal grado que en su testamento destinó una parte de sus bienes a la creación de un nuevo alfabeto fonético para el inglés. El proyecto nunca pudo comenzar, pues los bienes monetarios que Shaw dejó no eran suficientes. Sin embargo, con las regalías obtenidas por los derechos de Pigmalión y My Fair Lady, sus herederos desarrollaron el denominado alfabeto Shaviano.
         En su vejez conoció a una monja benedictina, sor Laurentia McLachlan, con quien entabló una extraña relación de debate intelectual con tintes de cortejo, que lo condujo a escribir la obra: Aventuras de una negra en busca de Dios. Cuando sor Laurentia lo leyó, enfureció contra el escritor, prohibiéndole que se publicara. Era demasiado tarde, la obra se vendía como pan caliente por todo el mundo.
         Al final de esa historia, Shaw escribe:
         Los incautos dicen a menudo que somos una especie impermeable a nuevas ideas. Yo no lo creo. A menudo me asombra con cuánta avidez y confianza criterios recién acuñados se aceptan y adoptan sin que haya rastro de evidencia fidedigna. La gente acogerá cualquier cosa que le entretenga, le complazca o le prometa alguna utilidad. Me consuelo, como Stuart Mill, creyendo que con el tiempo las convicciones absurdas perderán su encanto y pasarán de moda y desaparecerán; que las falsas promesas, rotas, luego de tamizadas por la burla cínica serán olvidadas; y que tras ese proceso de criba las ideas consistentes, indestructibles (pues hasta suprimidas o abandonadas son redescubiertas una y otra vez) sobrevivirán y se sumarán al cuerpo del conocimiento verificado llamado Ciencia.



LOS ESCRITORES DEL JAPÓN CONTEMPORÁNEO

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DE LIBROS Y OTROS PLACERES 

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En 1964 el mundo occidental volteó hacia Japón, a quien había tratado de olvidar, quizás por la vergüenza de haber lanzado sobre esa isla las bombas que no sólo destruyeron Hiroshima y Nagasaki, sino que dejaron sobre varias generaciones de japoneses terribles enfermedades.
         Ante la estupefacción de muchos, la televisión, los periódicos, mostraban imágenes de una gran potencia, un país que había capitalizado la prohibición de poseer un ejército e invertir en la industria bélica, destinando recursos, energía, creatividad y trabajo a la ciencia, la tecnología, el deporte y las artes.
         Además de las divisas y las medallas olímpicas, Japón consiguió que sus escritores fueran traducidos a las lenguas occidentales y, como los científicos y los deportistas, sorprendieran al mundo con su calidad.  Herederos de los relatos, epopeyas o monogatari, así como de los poemas cortos o haiku que tanto maravillaron, junto con sus fascinantes estampas, a nuestros artistas de principios de siglo, el mundo pudo leer a grandes novelistas.
         Los cambios sociales, políticos e ideológicos del Japón de la posguerra, habían dado pie al surgimiento de una nueva generación de escritores. Masuji Ibuse publicó Lluvia negra, de la cual hay una versión cinematográfica. Shintarō Ishihara escribió La tribu del sol y Seicho Matsumoto creó Niebla negra. Aunque de todos ellos hay dos que destacan más aún, se trata de Dazai Osamu y Yukio Mishima.
         Entre las obras de Dazai Osamu, podemos mencionar El sol que declina y Ya no humano, las dos en parte autobiográficas, donde crítica ásperamente la hipocresía del mundo moderno. Yukio Mishima, gran figura de este período, escribió Confesiones de una máscara, El pabellón de oro, El mar de la fertilidad, entre otras. Cuando entregó esta última obra al editor, una hora después se hizo el seppuku, en protesta a la democracia occidental que no toleraba.
         Obras que transmiten las vivencias y pensamientos propios de un pueblo que ha sufrido enormemente, pero que estaba consciente de sus grandes capacidades. Al leerlos se percibe la tendencia genética a la filosofía, alimentada por la derrota. Los personajes a que dan vida estos autores son seres que se cuestionan todo el tiempo ante el absurdo de la existencia humana.
         Al redescubrir esos tesoros literarios la Academia sueca se aprestó, sólo cuatro años más tarde, a otorgar el Premio Nobel de Literatura a un japonés, Kawataba Yasunari, autor de obras como País de nieve, Mil grullas o el maestro de Go, quien alguna vez escribió:  Los cedros son tan erguidos, rectos y bellos. Querría que los corazones humanos crecieran de esa manera...”
         Casi treinta años más tarde, el Nobel recayó de nuevo en las letras japonesas, esta vez en Kenzaburo Oé, otro autor profundo e inquietante, cuyo estilo revela una gran influencia de los existencialistas franceses. Sus títulos más importantes, como Una cuestión personal, Dinos cómo sobrevivir a nuestra locura o El grito silencioso girarán, en mayor o menor medida, en torno al tema de su hijo discapacitado, como también ¡Despertad, oh jóvenes de la nueva era!
         Hoy, una de las voces que nos habla de la cosmovisión del Japón contemporáneo es Hakuri Murakami, el autor de Tokio Blues y After Dark entre varias novelas. Se le considera un fuerte candidato para el Nobel dentro de poco.





lunes, junio 12, 2017

IVÁN TURGUENIEV

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DE LIBROS Y OTROS PLACERES

Valga la cercanía del Día del padre para hablar de un autor fundamental en la historia de la literatura, en especial de la imprescindible novelísitica rusa: Iván Turgueniev (o Turguenev), nacido en 1818 en una Rusia gobernada todavía por los zares.
         Si bien Turgueniev pasó gran parte de su vida fuera de Rusia –debido fundamentalmente a la relación que mantuvo por muchos años con la cantante española Paulina García, casada con Monsieur Viardot, un rico francés— su obra describe con gran realismo el ambiente y la sociedad rusa de aquellos años.
         Turgueniev perdió a su padre siendo un adolescente y solamente tuvo un hijo natural con una mujer que trabajaba en el servicio de su casa. Sin embargo, la capacidad de observación, propia de su oficio, le hizo penetrar y comprender el significado de la brecha generacional, de los sentimientos que unen y separan a padres e hijos, de donde tomó tema y título para una de sus mejores novelas, llamada precisamente, Padres e hijos.
         Los protagonistas, dos jóvenes cuya amistad surge durante un periodo de estudio en San Petesburgo, vuelven a sus respectivos hogares paternos, en la campiña. Se detienen, juntos, primero en casa de la familia Petróvich, hogar de Arkadi, cuyo padre, viudo y con una nueva pareja, trata con poco éxito de mantener la rentabilidad de la finca, cuando la economía rusa ya está padeciendo los problemas que desembocarían, décadas más tarde, en la revolución de 1917. En la finca habita también un hermano del padre, un hombre soltero, que ha viajado y leído bastante. Estos hombres defienden la cultura rusa, la estructura social y los principios que la han regido tradicionalmente. Padre e hijo se reúnen con inmensa alegría, pues se aman y respetan mutuamente. El padre admira al hijo por la preparación intelectual que ha adquirido; el hijo siente gratitud e inmenso cariño por su padre.
         Pero Bazarov, el amigo, que se instala como huésped por algunos días, a la usanza de aquel tiempo, se convierte en el elemento de discordia, pues expresa sin tapujos el pensamiento de su generación, al que Turgueniev bautiza por primera vez como “nihilismo”. Cito aquí el pasaje en que aparece dicho concepto:

--¿Qué es Basárov? ¿Desea usted, tío, que le explique quién es Basárov?
--Hazme ese favor, querido sobrino.
--Pues es un nihilista.
--¿Cómo? --preguntó Nikolai Petróvich, mientras que Pável Petróvich quedaba inmóvil, con el cuchillo en el aire, untado de mantequilla.
--Es un nihilista --repitió Arkadi.
--Nihilista, según tengo entendido, procede del vocablo nihil, que significa nada --dijo Nikolai Petróvich--. En consecuencia, ¿ese término define a una persona que..., no reconoce nada?
--Di mejor que no respeta nada --aclaró Pável Petróvich volviendo a untar mantequilla.
--Que todo lo considera con sentido crítico --observó Arkadi.
--¿Y no es lo mismo? --preguntó Pável Petróvich.
--No, no es lo mismo. Nihilista es un hombre que no acata ninguna autoridad, que pone en duda y no acepta ningún principio, por muy respetable que sea.

Más adelante en la novela, veremos al propio Bazarov en el seno de su familia, un padre dedicado a la medicina tradicional –la cual el hijo desprecia, considerándola fruto de la ignorancia— y una madre que, de tanto adorar y admirar a su hijo, teme hasta hablarle para evitar que se moleste y los abandone.
         El desenlace, amigos, lleno de fibra humana, es sumamente conmovedor, mas no se los adelantaré para invitarlos a leer esta novela. Una lectura recomendable por su vigencia, por la excelente construcción de los personajes y, también, por acercarnos al ambiente de los propietarios del campo ruso decimonónico, en un viaje a bordo de la palabra, escrita con maestría.
Y aquí y ahora… ¡feliz día del padre!!