Mis novelas

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jueves, noviembre 30, 2023

JULIA, UNA MUJER MARCADA POR LA TRAGEDIA

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DE LIBROS Y OTROS PLACERES

Hace algunos años, una noticia sorprendió al mundo: Cristina Onassis, la mujer más rica del planeta, se había suicidado. En esta época en que todo se tasa en dinero, mucha gente se preguntaba, ¿cómo es posible que alguien con capital suficiente para comprar casas, yates, empresas, viajes y joyas, no haya sido capaz de ser feliz? Sin embargo, la muerte de Cristina, quizá suicidio, tal vez a causa de los excesos en drogas y alcohol, las excentricidades y rarezas de muchos otros personajes del  jet set nos llevan a cuestionarnos sobre la felicidad, su esencia y su condición efímera.

      Algo parecido sucedió, hace dos mil años, con la hija, supuestamente adorada, del hombre más poderoso de aquellos tiempos: Julia, la hija del César de Roma, Octavio Augusto.

      Julia llegó al mundo en un día que marcaba para siempre su mala estrella: el día en que su padre se divorciaba de su madre para casarse con la astuta Livia, quien sería el complemento y sostén del poder del césar. A los cuantos meses, quizás cuando su madre biológica la destetara, fue entregada a su padre y madrastra para que la educasen y se le utilizara, como era la costumbre, en alguna alianza matrimonial que conviniese al César. En ese tenor, a los dos años de edad estaba prometida con el hijo de Marco Antonio, antes de que éste perdiera su poder y su vida a causa de su pasión por Cleopatra.

      Mientras tanto, Augusto procuraba para su amada hija una educación refinada en todos los campos, no solamente en actividades propias de una matrona. La inteligencia de la hija de Octavio sobresalía en las letras, las artes y el conocimiento de las leyes y la política.

      Aquella primera promesa matrimonial se disolvió, y a los catorce años casaron a Julia con su primo Marco Claudio Marcelo.  Dos años más tarde, el joven marido falleció, lejos de Julia, durante una batalla.

      Nuevamente se le unió a un militar, el general Marco Vespaciano Agrippa, veintinco años mayor que la inquieta romana. Tuvo con él cinco hijos, lo siguió a varios rincones del Imperio a causa de las campañas militares, pero se daba tiempo para desfogar sus impulsos románticos con otros hombres, según cuentan los historiadores de la época.

      Cuando Agrippa murió, Livia decidió aprovechar la viudez de su hijastra para afianzar la posición de su propio hijo, Tiberio, como sucesor al trono. Entonces convenció a su esposo de obligar a Tiberio, recién casado y enamoradísimo, de divorciarse para desposar a la viuda.

      Tiberio no tuvo otra opción que obedecer al César, pero descargó su rencor en la esposa que le hicieran tomar contra su voluntad. Julia se refugió, como era su debilidad, en otros hombres. Cuando sus infidelidades se hicieron públicas –muchas de ellas, dicen, inventadas por sus enemigos—, Augusto, herido porque le fallara su propia hija, cuya imagen había hecho difundir como ejemplo de todas las virtudes deseables en la mujer romana, la envió al exilio.

A la muerte del César, Tiberio ascendió efectivamente al trono de Roma. Para sellar su odio y venganza, confinó a Julia a su habitación, y, según cuentan algunas versiones, prohibió que se le alimentara hasta que muriese de inanición. O quizás ella misma se dejó morir de hambre, incapaz de escapar a tan cruel castigo.

Tal fue el fin de una mujer dotada de todos los dones naturales y circunstanciales: belleza, inteligencia, preparación, el amor de su padre, infinita riqueza y la admiración de muchos. Como a Cristina Onassis, de nada le sirvieron. La infelicidad fue el sello de su existencia.

¿Te interesa la historia del tiempo de Julia, la hija de César Augusto? Puedes encontrar a estos personajes en mi novela El pez de alabastro, recién reeditada en España bajo el sello Áltera.

sábado, noviembre 18, 2023

LOS DESTINOS INVISIBLES

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Siempre he sido una admiradora de las antiguas culturas de Medio Oriente. Desde Turquía hasta los países árabes, los antiguos imperios egipcio, persa, babilonio y, también, el reino judío que he estudiado mucho para mis novelas Con una sola mirada tuya y El pez de alabastro.

Derivado de ese conocimiento, puedo afirmar que los pueblos que hoy se enfrentan en una guerra sangrienta, han compartido espacio por milenios, con tiempos de pacífica convivencia y también conflictos armados desde antes de la llegada de los judíos a su tierra prometida, hace unos 4,000 años, cuando vivieron en Babilonia y luego en Egipto.

Como toda vivencia social, el conflictivo día a día de las personas que habitan aquellas tierras se refleja en sus expresiones artísticas que contienen siempre algo de denuncia combinada con la esperanza, el idealismo propio de los creadores capaces de plasmar los anhelos y frustraciones de su entorno.

Debido a esas extrañas y un tanto mágicas coincidencias que ocurren en la vida, especialmente en el mundo de la literatura, poco antes del estallido de la guerra actual estaba, junto con algunos de los lectores de los círculos que coordino, leyendo la novela Los destinos invisibles, de un autor israelí, Eshkol Nevo. Una obra fascinante que relata los sinsabores de tres generaciones de israelíes: los que fundaron el Estado de Israel, huyendo del Holocausto, los primeros que allí nacieron y fortalecieron sus instituciones y los jóvenes que ponen en tela de juicio la pertinencia de aferrarse a un territorio que, si bien es la tierra prometida de sus ancestros y está legalmente reconocida por la comunidad de las naciones, constituye un hogar de peligro e incertidumbre permanentes. Se supone que los niños no deben estar tristes. Todavía no saben que la vida no es más que un sufrimiento continuo con raras pausas de felicidad.

Esta obra narra, inspirada en la tradición literaria universal, un periplo que es a la vez un largo viaje desde Israel hasta Sudamérica, pasando por Alemania, y el viaje al interior de los personajes con sus amores y desamores, miedos y deseos. También pone en tela de juicio la pertenencia a un lugar, a una forma de vida, a una pareja. Tenía un lugar, mío, Roni, ¿entiendes? Un lugar en el que podía refugiarme. Hace años que no lo he pisado. Pero sabía que en caso de necesidad las montañas estarían allá. Y el mar. Todavía están allá, lo sabes. Pero no será lo mismo. Basta con que ocurra algo así una vez, y se terminó, el lugar está profanado por el miedo.

La novela plantea, entre varios temas fascinantes, la vieja posibilidad de haber ubicado el estado judío en Argentina, como lo proponían algunos de los padres del sionismo a finales del siglo XIX.

Si yo me declaro admiradora de Medio Oriente, encontré en este autor a un alter-ego, un israelí que admira enormemente nuestras culturas prehispánicas y la tierra de este lado del mundo.

Y, solidaria con la tragedia que hoy viven en uno y otro bando, me quedo con la tristeza que Nevo expresa así: las grandes guerras continúan varios años después de haber terminado, resuenan en las personas que han participado en ellas y en sus hijos, y en los hijos de sus hijos. Como cuando gritas frente a una montaña… Resuena y resuena hasta que por fin reina el silencio.


jueves, noviembre 09, 2023

LOS INTELECTUALES

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Hace algún tiempo, en una charla, surgió la duda acerca del significado de la palabra “intelectual”, ese término que algunos utilizan con gran petulancia. Me fui al diccionario y encontré la siguiente definición: intelectual es quien está dedicado preferentemente al cultivo de las ciencias y las letras. Como verán, no aclara demasiado el concepto. Entonces escribí la pregunta a varios de mis amigos (a quienes considero intelectuales).  Les pregunté qué entendían por intelectual y si este término era aplicable a científicos, artistas, periodistas. Aquí comparto algunas de sus respuestas.

El poeta Eduardo Casar, me dijo: “es intelectual aquel que, además de trabajar con el intelecto (que sería el sentido amplio del término intelectual; tan amplio que casi no sirve porque nadie deja de pensar cuando trabaja, solamente algunos deportistas), interviene con su opinión en los asuntos de la polis y la hace pública... Yo, por ejemplo, soy un mal intelectual porque no me gusta opinar públicamente de cosas que, al hacerlo así, inmediatamente se hacen políticas (conciernen a la polis). Pero soy intelectual, a mucha honra, en la difusión que hago de literatura en las aulas y los medios. Además de lo que pueda tener de artista escribiendo. Tú, por ejemplo, me dijo, eres intelectual en tu trabajo de publicar ensayos y procurar acciones. Y eres artista en tus novelas. Hago esta separación, añadió, porque hay muchos "animales artísticos", por ejemplo, geniales bailarines o geniales pintores y hasta escritores, pero que no son intelectuales. Existe la costumbre de considerarlos así y luego los periodistas les preguntan cosas y los artistas (geniales) dicen puros lugares comunes… “

        La doctora Maricruz Castro Ricalde opinó:  el intelectual tiene un papel público y su opinión ayuda a configurar los imaginarios y las representaciones sobre los tópicos que están en discusión. Dependiendo de su peso, la opinión del intelectual sitúa, borra o reactualiza esos tópicos. Sí, un científico puede ser un intelectual, como un poeta o un sociólogo. Pero ser científico, poeta o sociólogo no asegura que la persona sea considerada como intelectual. ¿Quiénes son intelectuales? aquéllos que la comunidad ha designado como tales. Eso implica una gran variabilidad, pues pueden tener mucha importancia en un periodo y ser olvidados en otro. Luis Spota tuvo mucho peso y ahora pocos saben quién es él, por ejemplo. O bien, un intelectual puede ser muy conocido por una élite, aunque la cara pública la tenga otro. Monsiváis o Fuentes cubrieron ambos espectros, pongo por caso”.

        El escritor y catedrático Miguel Cossío Woodward me contestó: “Mi Diccionario de Sociología dedica más de seis páginas a tratar de definir el concepto de intelectuales, y aclara que existen numerosas definiciones y que éstas difieren entre sí, ya que algunas se basan en a) "la posesión de una instrucción o 'cultura' superior'; b) la especialización en una actividad mental determinada; c) la actitud frente a la autoridad y las instituciones; d) la posición en la estructura de clases". Y agrega: "La definición más simple de intelectual es la que ve en ellos el estrato de los cultos, de las personas con una instrucción 'superior' respecto a la época y el lugar, o sea, distinto al resto de la población, como: escritores, periodistas, docentes, profesores, científicos, médicos, abogados, altos funcionarios. En consecuencia, es una palabra muy elástica y no creo que haya un consenso acerca de quiénes son o no son intelectuales”.

        Una más de mis colegas de la pluma, Erma Cárdenas, me envía desde su distante domicilio en Australia: “Para mi un intelectual es aquella persona que, independientemente de su quehacer económico, es decir, el modo en que se gana el pan, escoge guiarse por la razón, más que por las emociones. Para este fin, recurre a todo lo "razonable": historia, cultura y, sobre todo, filosofía, el mundo, por excelencia, de la idea.

        Espero, amigos, que estas definiciones y opiniones enriquezcan la de ustedes, como lo hicieron conmigo.      

        Y tú, amigo, ¿quieres compartir tu opinión? Mándala a berthabalestra@yahoo.com.mx

jueves, noviembre 02, 2023

CELEBRACIÓN DE MUERTOS EN MALINALCO

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Hablar de las tradiciones relacionadas con el día de muertos es un tema inacabable. En años anteriores he relatado el origen de algunas de las costumbres alrededor de estos días. Fechas plagadas de elementos y prácticas que provienen de las diversas culturas que hoy se amalgaman en nuestra realidad. Porque no podemos cerrar los ojos a la adopción de costumbres de origen sajón llegadas en las últimas décadas desde los Estados Unidos. Y a eso se refiere la noche de Halloween, que nuestros vecinos heredan de sus ancestros del norte de Europa.

Y de ese continente, pero por conducto de los españoles, nos viene la celebración católica de Todos Santos o Todos los Santos, que el sincretismo colonial hizo derivar en un día dedicado a los infantes fallecidos.

Hoy quiero relatarles la interesante manera en que se acostumbra, acá en Malinalco, celebrar a los difuntos. Como en la mayor parte de nuestro país, se montarán ofrendas a los difuntos de cada familia. Pero hay una particularidad fascinante: si la persona falleció entre los últimos días de octubre del año anterior y el fin de octubre del año en curso, se considera “Nuevo difunto” y se le dedica mucho más que un altar: todo el espacio disponible en la casa se destina a un mega montaje de figuras hechas de cartonería, en tamaño natural, recreando escenas de las actividades cotidianas y las favoritas del fallecido. Por ejemplo, si era panadero, se hará, a manera de escenografía teatral, una réplica del horno, charolas con pan y la figura del propio panadero con la misma talla que tuvo en vida. Si era aficionado a las peleas de gallos, un palenque; si disfrutaba conducir una motocicleta, fabrican el maniquí con su ropa, su casco y lo montan a la moto. El año pasado pude admirar un cortijo con novillos y torero, una panadería, un palenque y la motocicleta mencionada, además de un caballo y su jinete. Les comparto algunas de las figuras fascinantes que admiré este año.

Los eventos comienzan la tarde del 31 con el “Recorrido del Mictlán”, un desfile carnavalesco de carros alegóricos y grupos de peatones que recorren parte del centro del pueblo danzando. Esta iniciativa cumplirá 10 años y la promueve la asociación de acción social Imaginalco, que trabaja por mejorar las condiciones de niños y jóvenes en la localidad.

La tarde del 1º de noviembre las casas abren sus puertas y reciben a quien desee entrar a ver sus ofrendas y dedicar una oración, un pensamiento y velas para los difuntos de esa familia. En agradecimiento, a los visitantes se les ofrece alguna colación, a veces un regalito representativo. Este recorrido continúa toda la noche.

A diferencia de otros lugares de México, aquí no se acostumbra velar en el cementerio, a donde se acude hasta la mañana del día 2 para pasar el día acompañando al difunto en su regreso al más allá, ornando su tumba y, por qué no, disfrutando de un buen refrigerio en compañía de los vivos, vecinos y parientes.

jueves, octubre 26, 2023

EL REGRESO DEL KAZAJO, DE GERARDO ANTONIO MARTÍNEZ

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Hace cerca de un año, mis colegas Vicente Alfonso, Emiliano Pérez Cruz y una servidora, nos reunimos para deliberar, después de leerlas y releer las mejores, cuál de las setenta y tantas novelas recibidas para optar por el Premio Nacional de Literatura “Laura Méndez de Cuenca” 2022 tenía los mayores merecimientos para obtenerlo. Debo contarles que no fue fácil. A diferencia de otros certámenes en que había fungido como jurado, en esta ocasión había varias novelas muy muy buenas, bien escritas, con propuestas originales.

Finalmente, debido a la recreación de una época interesante en nuestro país y en el mundo, la estructura a dos voces bien diferenciadas, la tensión narrativa que nunca se pierde, el excelente manejo del lenguaje, los diálogos siempre frescos y creíbles y (aunque el autor lo niega sistemáticamente) estar inspirada en un caso real, elegimos El regreso del Kazajo.

Pocos saben que Kazajo se refiera a un lugar poco conocido Kazajistán, ahora un país independiente en la costa del Mar Caspio, por entonces, en el tiempo de la novela, miembro de la URSS.

Desmenuzaré los elogios que mis colegas y yo escribimos en el dictamen:

La recreación de la época interesante: Interesantísima, diría yo. El eje narrativo de la novela se desarrolla en el año 1955, el de mi nacimiento, en medio de la Guerra Fría, cuando las potencias se espiaban mutuamente a través de agentes secretos, espías que muchas veces trabajaban para más de un solo amo.

Las descripciones y referencias que nos sumergen con maestría en ese tiempo están tan bien hechas (y lo digo con conocimiento de causa) que nunca imaginé que el autor no fuera más o menos contemporáneo mío. Al conocer a Gerardo Antonio Martínez mi asombro se cubrió de admiración, pues significa que, además de investigar acuciosamente, tiene un gran talento para insertar estos datos con enorme naturalidad.

Hablemos ahora de las voces de la novela. El eje de la acción, situado en 1955, lo cuenta un narrador omnisciente, cuya mirada se centra en Nacho Cervera, el joven investigador, abogado “fifí” que atraviesa una crisis existencial. La posibilidad de renunciar a su trabajo en un diario y dedicarse a la búsqueda de Emilio Padilla, “El kazajo”, desaparecido en el aeropuerto de la Ciudad de México al volver, tras veinte años pasados en prisiones soviéticas. En esta parte de la novela las acciones se suceden vertiginosamente sin dar respiro al lector: escenas criminales, policías “a la mexicana” y recorridos por la capital de nuestro país. Los diálogos, ágiles y creíbles, nos sumergen en la intriga y mantienen en vilo nuestra atención. Pero no dejan a un lado la esencia de la literatura: el lenguaje de la calle se convierte en arte y reflexión. Belleza y filosofía nacidas de momentos en que los personajes son guiados por bajos instintos, tal y como sucede en las calles hoy en día.

La verosimilitud de esos personajes, de esas acciones, denotan un profundo conocimiento de las prácticas policíacas, así como de las entretelas del Partido Comunista y de los diplomáticos de las grandes potencias.

El otro hilo narrativo es un largo monólogo, insertado en fragmentos que alternan con las acciones mencionadas, en que Emilio Padilla narra su historia, su militancia en el Partido Comunista, y los horrores sufridos en las prisiones soviéticas. Esa voz cambia el ritmo de la narración, pero no permite aflojar la tensión, el interés ni dejar de disfrutar la belleza, la poesía que sale de la pluma de Gerardo Antonio Martínez. Miedo, amor, desamor, soledad, son algunos de los sentimientos que transmite al lector. 

En suma, les recomiendo ampliamente esta novela; además, la edición, como todas las del FOEM, que (hasta ahora) son garantía de belleza y calidad. No van a arrepentirse. Este talentoso joven, lo vaticino, dará mucho de qué hablar en el futuro.

jueves, octubre 19, 2023

COMO POLVO EN EL VIENTO DE LEONARDO PADURA

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Uno de mis autores contemporáneos favorito es el cubano Leonardo Padura. Su estilo que combina el humor, la alegría de vivir tan caribeña, con el magistral manejo de la tensión narrativa, llenan de placer las horas de lectura de sus obras. Entre sus novelas destacan las protagonizadas por Mario Conde, un entrañable detective “a la cubana” que, para muchos de sus críticos, constituye el alter ego del propio Padura.

Recientemente leí una novela de su autoría que se aleja de ese personaje y del género de thriller tropical que le es característico. Se trata de Como polvo en el viento, que el propio Leonardo Padura ha calificado como la más personal de sus obras.

A través de un coro de voces, inspiradas en personajes reales, quizá su grupo de amigos universitarios, Como polvo en el viento es un recuento de los destinos divergentes a que la diáspora cubana lanzó a muchos de ellos, quienes en la juventud convivían como miembros de una familia.

Si bien esta obra carece de la redondez y precisión narrativas de su famosa tetralogía, a mí me llegó al corazón el halo de nostalgia que transmiten sus páginas. Y contagió la tristeza de ver a una generación que pugna por abandonar su tierra, su comunidad, sus costumbres, familia y amigos. Me hizo ver ese reflejo en nuestra propia sociedad.

Pertenezco a la misma generación de Padura: ambos nacimos en 1955. A él le tocó perder a sus amigos cercanos, los que consiguieron huir de una sociedad en donde los caminos al éxito profesional y económico estaban bloqueados, amén de sufrir, día y noche, la continua sensación de estar siendo vigilados, espiados, y el terror de que a tal vigilancia sucediera la detención, los interrogatorios, la tortura, la posible desaparición misteriosa. A nosotros, los abuelos mexicanos, nos está tocando atestiguar y sufrir la diáspora de la generación que nos sigue: la de nuestros hijos que tampoco encuentran aquí las oportunidades de crecer profesionalmente de manera honesta, y se niegan a vivir con miedo a las diversas formas de presión que los poderes fácticos perfeccionan cada día.

Muchos de mis contemporáneos pasan la vida frente a una pantalla tratando de no perder el contacto con unos nietos que hablan en otro idioma, que no parten piñata en su cumpleaños ni conocen el sabor de un elote comprado en la calle.

En Como polvo en el viento, como en sus demás novelas, Leonardo Padura pinta la belleza de su isla cubana y sugiere, con la prudencia de quien ha decidido vivir bajo el régimen que no aprueba con tal de evitar la nostalgia perenne, el deterioro de una sociedad mutilada, que ha perdido a muchos, a amigos y familiares que van convirtiéndose en ajenos, distantes.

Un libro que conduce a profundas reflexiones, algunas surgidas en el lector, otras, con preguntas del propio texto, como éstas:

¿Será verdad que nadie abandona el sitio donde fue feliz…? ¿Y el sitio donde no lo fue, pero es su sitio y del cual nunca hubiera querido ni pensado alejarse? ¿Se puede marcar el instante preciso empeñado en torcer una existencia, ese quiebre funesto destinado a empujar una o varias vidas hacia inesperados derroteros? ¿Cuánto dura, cuánto pesa, cuánto decide un preciso o impreciso instante, visible o tal vez desapercibido en su momento de eclosión…? Y la felicidad: ¿cuánto dura la felicidad?

jueves, octubre 12, 2023

EL REY HERODES

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Unos lo confesamos… otros no.  Pero reside en la naturaleza humana una atracción, una fascinación por esos personajes, sean reales o de ficción, que encarnan el Mal, que triunfan guiados por malos instintos y acciones reprobables… esos que comúnmente conocemos como “villanos”. Tales “rufianes de la historia”, “malos de la película”, encarnan los instintos que nosotros reprimimos; por eso nos gustan.

La historia, escrita por los vencedores, tiende a “villanizar” a sus enemigos. Exagera sus defectos y omite sus cualidades y logros. Crea imágenes deformadas que aceptaremos sin replicar si no tenemos un sentido crítico, un escepticismo siempre alerta y la convicción de que nadie puede ser totalmente malo, ni completamente bueno; todos tenemos muchas facetas que dan cabida a claroscuros y contradicciones.  

Pero hay algo seguro: aquellos que, en algún momento logran destacar, tienen, necesariamente, una dosis de genialidad; en ella reside su magnetismo.

Uno de mis villanos históricos favoritos es el rey Herodes, quien reinó en Judea poco más de treinta años, bajo el yugo romano y coincidió, según la historia sagrada, con el nacimiento de Jesús de Nazaret.

Lo que todos hemos oído sobre este rey es que era muy poderoso, que recibió en su palacio a los Reyes Magos y que mandó matar a todos los niños del reino, para acabar con la posibilidad de que el Mesías lo destronara.

Las tres afirmaciones son más mito que realidad: era muy poderoso, en efecto, pero dependía del poder mucho mayor del Imperio romano. La historia de los Reyes magos es legendaria: no hay ninguna prueba de su existencia ni de su viaje en pos del recién nacido señalado por la estrella.  Y de la llamada matanza de los inocentes tampoco hay prueba alguna, ni documental ni arqueológica, más que la consignada en los Evangelios.

Cuenta el historiador Flavio Josefo que Herodes padeció una larga y dolorosa agonía, sumido la mayor parte del tiempo en una demencia atormentada por los fantasmas de muchas de sus víctimas, principalmente la de su segunda esposa, Mariamne, la mujer que amó con toda su alma, pero que también, junto con su primogénito, mandó ejecutar. En medio de aquellos dolores físicos y emocionales, cambiaba su testamento todos los días. En uno de ellos, hizo asentar que a su muerte debían ejecutar a los primogénitos de todas las casas de judíos nobles, esos que nunca lo aceptaron por ser idumeo (que en nuestro lenguaje sería como ser medio naco), para que nadie estuviera alegre durante sus funerales, que en todas las casas se rasgaran las vestiduras y se echaran ceniza sobre la cabeza.

Pero tan terrible instrucción no fue obedecida por sus herederos; por el contrario, en señal de buen comienzo, Arquelao, su hijo, mandó liberar a todos esos jóvenes nobles que estaban ya prisioneros. Eso sí, organizaron para el difunto los más fastuosos funerales de que se tuviera noticia.

Sabemos, pues, de sus fechorías. En cambio, son poco conocidas las virtudes de Herodes el Grande: las primeras, su genio militar y político. Además, su obsesión por las construcciones, logrando edificaciones monumentales, de gran mérito técnico y artístico. Poco queda de estos portentos de la arquitectura, pues unos años después, los romanos arrasaron con Judea para aplacar los levantamientos. Pero hay ruinas que dan fe del talento de Herodes y sus constructores: el puerto de Cesárea, provisto de unos muelles sostenidos por columnas de concreto sumergido en el mar; la ciudad de Sebaste, de estilo romano; su fastuoso palacio en Jerusalén. El templo de Salomón, reconstruido y engrandecido; la fortaleza de Masada, en medio del desierto, dotada de un sistema de recolección y almacenamiento de aguas pluviales, capaz de mantener abastecidos a todos sus ocupantes durante cincuenta días, sin recibir ni una gota más, por lo que pudo ser el último reducto de los judíos ante el embate romano, setenta años después. Y, por supuesto, el castillo-fortaleza de Herodión, donde hace pocos años el arqueólogo israelí Ehud Netzer encontró los restos de su tumba: un mausoleo que contiene en el interior, los fragmentos de un sarcófago de dos metros y medio de largo, fabricado en piedra rosa y con incrustaciones de bronce. La tumba ha sido profanada, saqueada y destruida al igual que su memoria, quizás varias veces en el transcurso de estos dos mil años. 

Los invito, amigos, a conocer un poco más de este personaje y sus familiares, especialmente de su hijo, Herodes Antipas, envuelto en los vuelos de mi imaginación, a través de la novela El pez de alabastro, que está estrenando nueva edición bajo el sello español Libros Áltera, pero está disponible para nuestro país por medio de las tiendas que todo lo venden a través de internet, ya sea en formato tradicional o en libro electrónico.

Soy Bertha Balestra, estoy triste y angustiada por la guerra que acaba de estallar en esos territorios que, de tanto estudiarlos, siento un poco míos. Espero que pronto se llegue a la paz en la tierra considerada santa por gran parte de la humanidad. 

Soñar...

Mi mayor placer es soñar. Soñar dormida y más, despierta. Dejar volar la imaginación y tratar de convertir esos sueños en palabras.

EL NIÑO BENITO JUÁREZ

--> DE LIBROS Y OTROS PLACERES Un personaje que no debemos olvidar, por su importantísimo legado a la formación de este país, es...