Mis novelas

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jueves, mayo 25, 2023

EL FÜHRER

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DE LIBROS Y OTROS PLACERES

En este recorrido por los dictadores de la historia, llegamos a quién podríamos llamar “el peor de todos”, por la devastación y muerte que sembró durante su gobierno. Ya adivinaron, se trata desde luego de Adolf Hitler, el artífice del Tercer Reich alemán, responsable de millones de muertes por la guerra que provocó y por su campaña de exterminio de judíos y muchos otros a quienes consideraba “razas inferiores”.

Hitler no nació en Alemania sino en Braunau, Bohemia, en 1889. Era hijo de un austríaco, funcionario de aduanas. Su infancia transcurrió en Linz y su juventud, en Viena, donde se dedicó a vagar y a leer acerca de la historia y la mitología germanas. 

En 1913 huyó del Imperio Austrohúngaro para evitar el servicio militar y se mudó a Múnich.  Un año más tarde, este hombre lleno de contradicciones se enlistó voluntariamente en las filas alemanas para ir al frente al estallar la Gran Guerra. El ejército se convirtió en su hogar; la disciplina se volvió parte de su ser y luchar contra un enemigo dio sentido a su vida.

Fue también gracias al ejército que encontró el camino a la política, pues en 1919 le encomendaron la misión de espiar al Partido Obrero Alemán. Decidió cambiar de ruta, renunció a la milicia y se unió al partido, donde ascendió rápidamente. En cuanto adquirió el control, lo rebautizó Partido Nacional Socialista Obrero Alemán, inspirado en el fascismo italiano y en la figura de su modelo: Mussolini. Quiso, como aquél, dar un golpe de Estado, pero falló y fue a dar a la cárcel. 

Ningún revés doblegaba a ese hombre, así que aprovechó la prisión para escribir su famoso libro “Mi lucha”, donde plasmaba su ideal de un imperio pangermánico, sustentado en la supuesta superioridad de la raza aria, la cual debía exterminar a todas aquéllas que consideraba inferiores. 

Salió del cautiverio a encabezar de nuevo a su partido, apoyado por sus leales Himmler, Goering, Goebbels, Hess y algunos más que lo acompañarían hasta el final de su terrible aventura.

En 1933 fue nombrado Canciller. En cuanto se hizo del poder clausuró el Parlamento e instauró una dictadura de partido en que toda decisión recaía en él. Inició así el llamado Tercer Reich, o tercer Imperio Alemán.

Como todo dictador, desplegó un arrasador culto a su persona, difundido por una propaganda muy eficaz que difundía sus ideas nacionalistas, exaltaba la superioridad racial y el odio a los no arios, especialmente a los judíos. Se hizo llamar “Führer”.

Además de su eficiente sistema de inteligencia y espionaje, la SS, gracias al odio y al temor de represalias, hizo de cada alemán un delator de cualquier sospechoso de hacerse pasar por ario o de albergar ideas diferentes al nazismo.

Inició una carrera armamentista que sacó al país de la depresión económica. Una vez armado y organizado su gigantesco ejército, emprendió la invasión de los territorios que pretendía anexar al Tercer Reich. Su primera víctima fue Austria, su país de origen, en 1934. Siguió Checoslovaquia y, en 1939, invadió Polonia. Fue entonces cuando Gran Bretaña y Francia le declararon la guerra, iniciando así la Segunda Guerra Mundial. Hitler se alió con Italia y Japón en el llamado Eje Berlín-Roma-Tokio.

Durante los primeros años, Alemania obtenía victoria tras victoria; había ocupado la mayor parte de Europa continental, salvo los países que eran sus aliados y los únicos dos que permanecieron neutrales: Suecia y Suiza.

Engolosinado, el Führer decidió superar a Napoleón e invadir Rusia. Igual que su ídolo, ese intento fue su perdición; los soldados del Eje no sólo fracasaron, sino que los rusos contraatacaron llegando hasta Berlín. Además, Estados Unidos se unió a los Aliados con tropas y armamento, mediante el famoso desembarco en Normandía en 1944, además de ocupar Italia.

Sin posibilidades de recuperación, se ocultó con su pareja, Eva Braun, y sus más cercanos colaboradores, en el búnker de la Cancillería. Allí se suicidaron, de manera colectiva, para no ser aprehendidos y juzgados por sus terribles crímenes de guerra.

La megalomanía de este hombre, sin duda un genio del liderazgo, provocó la mayor destrucción y muerte de que se tiene noticia en la historia de la humanidad. Además, su aparato de exterminio desarrolló técnicas de una crueldad inhumana.

Todavía hoy, a 80 años de aquellos sucesos, su imagen es, quizá, la más atemorizante de los tiempos modernos. Por más que uno estudie las causas que permitieron que todo eso ocurriera, es difícil entender que su poder se mantuviese y que la esquizofrenia de un hombre se convirtiese en locura colectiva. Una lección que no debe olvidarse.


jueves, mayo 18, 2023

EL DUCE

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DE LIBROS Y OTROS PLACERES

Parecería que, durante el siglo XX, las estrellas se mostraban propicias para la aparición de figuras terribles, como las que hemos traído últimamente a este espacio: los dictadores.

Entre ellos no podríamos omitir a uno de los más icónicos y, por desgracia, admirado e imitado por otros suspirantes del autoritarismo. Se trata del italiano Benito Mussolini, creador del sistema fascista y modelo, entre otros, del terrible Adolf Hitler.

Mussolini, nacido en 1883 en el seno de una familia humilde, era maestro de profesión. Sin embargo, albergó desde muy joven inquietudes políticas. Poseía una enorme sed de conocimiento y también de acción. La primera hizo de él un ávido lector; la segunda, un rebelde activista.

Su primera militancia fue en el ala radical del Partido Socialista Italiano. Llegó a ser secretario provincial en Forlì y editor del semanario La lucha de clases y, al poco tiempo, del periódico milanés Avanti, órgano oficial del Partido.

Durante la Primera Guerra Mundial, los socialistas llamaron a la neutralidad, es decir, a que Italia se abstuviera de entrar en el conflicto. Entonces Mussolini, a través del periódico, se mostró abiertamente belicista. En consecuencia, fue expulsado del Partido.

Astuto como era, aprovechó la coyuntura para fundar su propio periódico, Il Popolo d’Italia, de tendencia ultranacionalista (financiado por su amante en turno, Ida Dalser, una de sus víctimas femeninas). En 1915 se enroló voluntariamente en el ejército y fue al frente hasta que lo hirieron.

Tras los Tratados de Versalles, la frustración y el enojo se apoderaron de los italianos. De nada había servido su sacrificio al entrar en la Guerra: habían perdido muchas vidas y recursos, había pobreza y hambruna, el movimiento obrero provocaba huelgas en todo el territorio y los campesinos ocupaban las tierras en lugar de trabajarlas, exigiendo mejores condiciones salariales y humanitarias.

El momento era perfecto para lanzar un discurso político diferente: no era el socialismo o el comunismo el camino para mejorar las condiciones de vida de obreros y trabajadores, proclamaba Mussolini, sino la ley, el orden y la unión de todos los italianos, recordando que eran herederos del gran Imperio Romano.

Fundó entonces el Partido Nacional Fascista, organizado en grupos de acción o fascios, el cual obtuvo 35 escaños en la cámara de diputados.

El gobierno, claramente incapaz de controlar todos los problemas del país, decretó la disolución del Parlamento. Clima perfecto para la gran apuesta de líder fascista: La marcha sobre Roma, una gran caravana de sus partidarios, los camisas negras, a los que se fueron sumando más y más desde todos los puntos de Italia para llegar frente al rey el 29 de octubre de 1922, exigiendo que nombrara, a Benito Mussolini, Primer Ministro con poderes de emergencia para restaurar el orden. Así inició una de las dictaduras más famosas de la historia, que utilizó, como todas, la violencia, el espionaje y el terror para acabar con sus adversarios. 

Además de su inteligencia, sagacidad y falta de escrúpulos, el Duce (como se conocería a Mussolini en lo sucesivo), usaba con eficacia su arma principal: la elocuencia, una capacidad de oratoria única. Sus discursos (que escribía y practicaba personalmente) lo convirtieron en un modelo a seguir por otros de su tiempo, empezando por Hitler, y por muchos en los tiempos siguientes, incluso hoy.

En opinión de varios analistas, se inspiran con frecuencia en el Duce políticos como Trump, Bolsonaro y Salvini, por nombrar a algunos (y quizá uno más cercano…) pero seguramente muchos otros de marcado aliento autoritario y con una egolatría inocultable, se sueñan hipnotizando a las multitudes, como lo hacía él desde el balcón del Palacio Venecia, en Roma.

La ideología de Mussolini (como sucede con sus imitadores) era incoherente; para ocultar sus contradicciones se apoyó en una retórica insistentemente nacionalista, de culto a su persona, xenofóbica y exaltadora de un pasado glorioso que prometía recuperar.

Aunque su ascenso se había apoyado en la clase obrera, suprimió el derecho a la huelga y a los sindicatos, tanto obreros como patronales, creando corporaciones que controlaba el gobierno.

Manipulaba al país a través de la educación de credo fascista, los medios de comunicación y la vigilancia o espionaje de la sociedad. Pero era convincente. Tanto, que la mayoría de los italianos se sentían eufóricos, pensando que su patria había resurgido para convertirse en una gran potencia.

Entró el país fascista, de la mano de los nazis, a la Segunda Guerra Mundial. Pero Italia cayó antes, pues las tropas aliadas invadieron primero Sicilia y luego la península, hasta obtener la rendición, en 1943. No fue Mussolini quien se rindió; él había sido destituido unos meses antes y, rescatado por los nazis, dirigía en el norte un gobierno títere de Hitler, la llamada República de Saló.

En 1945, ante la derrota de Alemania, el Duce intentó huir a Suiza, pero unos partisanos lo detuvieron y lo asesinaron junto con su amante, Clara Petacci.

Para acercarse a esta historia que, desde mi opinión, es muy interesante, les recomiendo la película La amante de Mussolini (Vincere en italiano), dirigida por Marco Belocchio, y mi novela Volver a Roma, que narra la relación entre Benito y Clara o Claretta, una joven de trágico destino.


miércoles, mayo 10, 2023

MADRES PRIMIGENIAS

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Más allá de la historia científica, Ahí donde las fronteras entre mito, ficción y creencias religiosas se funden, hay en toda cultura una figura materna, una madre primigenia de donde provienen todos los seres que poblaron la tierra. 

Una de las culturas más antiguas de la humanidad, la egipcia, creía que Isis o Ast, melliza y esposa de Osiris, era la diosa madre, la fuerza fecundadora de la naturaleza. Gracias a la abnegación y el poder dador de vida de esta diosa, pudo recuperarla su esposo, quien había sido descuartizado por su envidioso hermano Seth. Pero Isis recorrió el Nilo, recogió los pedazos, los unió y les dio nueva vida. En ese acto amoroso concibió a Horus.

En nuestra raíz judeo-cristiana, la primera mujer es Eva, la esposa de Adán, creada a partir de la costilla del primer habitante del Paraíso. Hay quienes sostienen que Eva fue, en realidad, la segunda mujer de Adán, pues Dios había creado a Lilith, ente femenino de la primera pareja humana, igual en capacidades y en autoridad a Adán, con quien nunca logró ponerse de acuerdo y terminó abandonándolo, por lo que el Creador hizo a Eva, más dispuesta a la vida marital y a la maternidad. En su paradisíaco romance, procrearon a Caín y a Abel, los hermanos mal avenidos cuya rivalidad terminó en el primer fratricidio. Con esa pena, que se sumó a la expulsión del Paraíso que, seguramente, Adán nunca perdonó a Eva, culpable del antojo de la manzana, esta madre primera debe haber terminado sus días bastante frustrada y amargada.

Para la cultura greco-latina es Hera, melliza de su esposo Zeus, quien se identifica como madre primera, fértil progenitora de dioses y semidioses. Hera y Zeus se casaron a fuerza: el dios había violado a su hermana y tuvo que reparar el honor. Pero fueron, según cuenta la mitología, una pareja muy mal avenida, que pasaba la vida entre infidelidades, intrigas y venganzas. 

El pensamiento náhuatl definía como madre de todo lo creado a Ometecuhtli, la diosa dual de Ometéotl, señor y señora de todas las cosas. De esta concepción deriva la diosa Tonantzin, “nuestra madre”, cristianizada durante la Colonia como la Virgen de Guadalupe, de acuerdo con la creencia en la aparición de la Virgen justo en el mismo sitio donde había un adoratorio para esa diosa indígena. Fray Bernardino de Sahagún explica: “en este lugar tenían un templo dedicado a la madre de los dioses que llamaban Tonantzin, que quiere decir Nuestra Madre; allí hacen muchos sacrificios a honra de esta diosa, y venían a ellos de muy lejanas tierras, de más de veinte leguas, de todas estas comarcas de México, y traían muchas ofrendas”. 

Así pues, no hay cultura sin la creencia de una madre primigenia, madre de los dioses y señora de la fertilidad. Curiosamente, en todos los casos se considera una melliza, una igual a la vez que pareja de un dios masculino, es decir, se le concibe bajo el principio dual, más patente que nunca en la filosofía náhuatl. Esto lo comenta el propio Sahagún, preocupado: “Es cosa que se debía remediar porque el propio nombre de la Madre de Dios Señora Nuestra no es Tonantzin sino Dios y Nantzin…” 

Es también común a todas estas figuras de la mitología universal la historia de desacuerdos y rivalidades con su pareja, su divina media naranja, así como la decepción por el comportamiento de los hijos. 

No cabe duda, amigas mamás, que los mitos no son más que la encarnación de las características de los humanos… ¡Felicidades en el día de las Madres!


miércoles, mayo 03, 2023

FRANCISCO FRANCO

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Volviendo al tema de los dictadores del mundo, no puede faltar uno que, por parentesco entre naciones, roza las historias familiares de muchos mexicanos y provoca, todavía, pasiones encontradas. Se trata de Francisco Franco, el Caudillo español, quien se hizo del gobierno de su país en 1939, tras el triunfo de las llamadas Fuerzas Nacionales sobre el Frente Republicano, al finalizar la Guerra Civil Española.

Franco había adquirido, desde el inicio de esa Guerra, en 1936, los títulos de Generalísimo de la Fuerzas Nacionales de Tierra, Mar y Aire y de Jefe del Gobierno del Estado Español, que le otorgaban todos los poderes del Estado. Se cuidó de mantener, durante casi 40 años, este poder omnímodo, conduciendo un gobierno autoritario y personal.

Inspirado en el régimen fascista de Mussolini y en el nazismo de Hitler, de quienes se declaró aliado no beligerante, los primeros años del gobierno franquista, conocidos como Etapa Azul, tuvieron como pilar a los militares de la Falange, que se dedicaron a perseguir a los miembros de cualquiera de las llamadas izquierdas o a quien hubiera ayudado a los republicanos durante la guerra. Estos “enemigos” eran detenidos, encarcelados y, muchas veces, condenados a pena de muerte o enviados a campos de concentración nazi. Se estima que hubo más de 280,000 presos político, unos 50,000 ejecutados y que entre 10 y 20,000 exiliados terminaron en campos de concentración nazis.

El discurso político de estos años era el exacerbado nacionalismo.

Esta primera etapa concluye al finalizar la Segunda Guerra Mundial.

Durante los siguientes años, Franco, preocupado por romper el cerco internacional que aislaba a España, sobre todo en cuanto a la economía mundial, se hizo cargo de buscar aliados y apoyos para alcanzar dicho objetivo. Se acercó a los monarquistas, prometiendo la restauración de la corona tras su gobierno (sin decir cuándo), a la Iglesia Católica y, con el infalible discurso anticomunista, a los Estados Unidos de Norteamérica. Para convencerlos, maquilló su gobierno promulgando leyes que parecieran democratizantes, firmó un Concordato con el Vaticano y un Acuerdo Hispano Norteamericano. Estas hábiles medidas le valieron el ingreso a la ONU en 1955 (un tache para esa organización, desde mi punto de vista).

Tras esos acuerdos, comenzó una etapa de desarrollo económico para España. Los inversionistas del mundo pusieron el ojo en ese país, especialmente los del ala conservadora católica, es decir, el Opus Dei; lo mismo hicieron los turistas, que llegaban en oleadas.

En 1969, Franco decidió nombrar como su heredero al príncipe Juan Carlos de Borbón, de cuya educación se había encargado personalmente. Gesto aplaudido por una facción de los monárquicos, pero reprobado por otra, pues el heredero legítimo de Alfonso XIII era don Juan de Borbón, padre de Juan Carlos.

En 1969, justo cuando la dictadura franquista cumplía 30 años, saltó a la prensa un escándalo de corrupción que salpicaba a varios ministros del gobierno. Se llamó escándalo Matesa, por el nombre de la empresa de maquinaria textil involucrada. A pesar de que Franco intentó acallar a la opinión pública e indultó a sus colaboradores, el daño estaba hecho y dio fuerza a los adversarios del régimen.  

La creciente inconformidad había dado fuerza a movimientos sindicalistas, estudiantiles y a partidos políticos clandestinos, como el PESOE de Felipe González. Algunos de estos opositores formaban organizaciones de corte terrorista; entre ellos la GRAPO, la FRAP y la más conocida: ETA, que daría la estocada final al dictador y su férreo gobierno, el cual ya estaba en decadencia, asesinando, mediante la explosión de una bomba, al presidente de gobierno, Luis Carrero Blanco.

El otrora pétreo Caudillo había envejecido. La apertura económica permitió que España progresara, cierto, pero también que la gente tuviera contacto con el exterior y dejara de engañarse con el discurso nacionalista que ya no cabía en ese tiempo. 

Para consuelo de sus adoradores y frustración de sus detractores, Francisco Franco no cayó en batalla ni murió asesinado. Falleció tranquilamente en su cama, en 1975, siendo un octogenario que nunca perdió el inmenso poder que el Ejército Nacional entregó en sus manos en 1936.

Como dije al inicio de esta nota, hay muchos hijos, nietos y bisnietos de sus víctimas que siguen sintiendo por él un odio vivo, un rencor que los altera. Y tienen buenas razones para ello.

También, hay conservadores que siguen suspirando por su Caudillo, al que idolatran como a un semidiós, y lo defienden aduciendo cifras económicas, mejoras sociales de aquel periodo y, desde luego, aseguran que aquel orden en donde todos eran muy católicos y jugaban roles tradicionales, era la mejor España, la que aún añoran. 

Ambientada en aquel tiempo y alrededor de personajes republicanos, especialmente el poeta Antonio Machado, escribí hace años la novela Sombras en el muro, que todavía circula por ahí bajo el sello Círculo Rojo.


sábado, abril 29, 2023

NIÑOS PRODIGIO

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¡Mi niño es tan listo! Suelen decir muchos padres, madres y con mayor frecuencia las abuelas, especialmente cuando se trata del primogénito de una familia, pues ya los adultos olvidaron cómo se desarrolla el intelecto de los humanos, aprehendiendo y derivando conclusiones a partir de la observación y reflexión del mundo circundante.

Pero ciertamente hay humanos que, desde pequeños, dan cuenta de capacidades y talentos superiores al promedio. Estos niños que sorprenden en casa y en la escuela suelen nombrarse niños genio, niños prodigio o superdotados. Científicamente se definen como seres que a una edad temprana (es decir, antes de los 10 años de edad), dominan uno o más campos científicos o artísticos emprendidos generalmente por adultos. 

Tal fue el caso de Félix Lope de Vega y Carpio, conocido solamente como Lope de Vega, que ya a los cinco años leía latín y castellano y componía versos.  A los doce años, este prolífico autor del siglo de Oro español, era capaz de escribir comedias completas, siempre en verso. Como él mismo recordaba: yo las componía de once y doce años/ de cuatro actos y de a cuatro pliegos/  

Con esa facilidad innata, Lope de Vega vivió confiado como cigarra: despreocupado y disfrutando de su popularidad, gracias a  la cual nunca le faltaron dinero, amigos, fiestas y mujeres. Tampoco reveses ni enemigos. Elena, su primer y quizás más grande amor, lo dejó para casarse, por conveniencia, con el sobrino de un poderoso cardenal. En venganza, Lope hizo circular estos versos:

Una dama se vende a quien la quiera/en almoneda está. ¿Quieren compralla?/Su padre es quien la vende, que, aunque calla/su madre la sirvió de pregonera…

No conforme con ese poemita, el autor escribió una comedia denunciando a la familia de su amada. Atacar al poderoso prelado le valió el destierro de la Corte y de Castilla. Muchos años vivió este genio de la pluma, 72, durante los cuales, además de seguir con sus interminables conquistas, fue militar y hasta clérigo. Su copiosa producción, por la cual el propio Cervantes lo llamó, con abierta envidia, “monstruo de la naturaleza”, incluye unos 3,000 sonetos, 3 novelas, 4 novelas cortas, 9 epopeyas, 3 poemas didácticos y 1,800 comedias.

Menos longevo fue otro niño prodigio: Wolfgang Amadeus Mozart, muerto a los 35 años, cuya música imprescindible sigue sonando en las iglesias y salas de concierto del mundo entero. Su padre, también músico, percibió que tenía en casa a dos grandes prodigios: Amadeus y su hermana Nannerl y se dedicó en cuerpo y alma a formarlos y a hacer gala de su genialidad musical. Quizás sólo por pertenecer al género masculino, o por tener mayor talento, fue el niño el que trascendió. Amadeus practicaba el clavicordio desde los 4 años y ya componía obras de sorprendente dificultad. A los 6, tocaba con destreza también el clave y el violín. Podía leer música e improvisar frases musicales, además de poseer una memoria tan remarcable, que era capaz de memorizar obras completas. A los 8 años comenzó su primera sinfonía. A la corta edad de 6 años, su padre lo llevó de gira por las cortes europeas, para mostrar su talento al emperador José II de Habsburgo. La fama del niño cundió por Europa y, pocos años después, recorrió las principales ciudades del continente tocando para los reyes de Francia e Inglaterra, además del mundo germano. A los 14 años, debutó en el Vaticano, recibiendo del Papa la Orden de la Espuela de Oro. 

La fama y la inspiración no abandonaron a este gran músico, autor de 41 sinfonías, decenas de conciertos, sonantas adagios, serenatas, marchas, divertimentos y 22 óperas.  Sin embargo, la felicidad y la salud no fueron sus compañeras frecuentes, como suele suceder a los grandes genios, a quienes la fortuna parece cobrar el exceso de dones recibidos.


miércoles, abril 19, 2023

DÍA DEL LIBRO

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Otro 23 de abril, elegantemente designado Día del libro, para dar pie a actos conmemorativos en cientos de recintos públicos, discursos de políticos y de escritores, lamentos de los profesionales de este producto. Los autores se quejarán de la miopía y prepotencia de los editores. Éstos, por la contracción de sus mercados, el cierre de librerías, la falta de interés y de apoyos gubernamentales al libro.  Los lectores, porque la búsqueda de títulos que no sean el best seller del momento se ha convertido en interminable vía crucis. Y los estudiantes, porque siguen obligándolos a leer clásicos que les parecen infumables, y, encima, a muchos en este día los obligan a escuchar una conferencia sobre la lectura y las virtudes de esos objetos que detestan, aunque hay que aceptarlo, les son muy útiles…

¿No es cierto?

¿Quién entre los jóvenes no ha lanzado un libro para apartar una silla o butaca? ¿No son perfectos para esconder los acordeones en los exámenes, los recaditos de las compañeras?  Nadie ha dejado de ponerlos abiertos y paraditos para esconder la cara y echarse una siesta o seguir platicando y riendo de los chistes del de al lado. Para fingir que estás leyendo y poder ignorar a quien no quieres saludar en el recreo, en el camión, haciendo cola o en casa, cuando quieras ahorrarte un sermón o un buen pleito.

Los de pasta dura, son un arma buena para descontarse a un latoso; los de muchas páginas, excelentes para planchar un billete, un papel arrugado o para disecar una flor que requiera inmortalizarse.

Una torre de libros puede suplantar la pata rota de una cama, de una mesa o hasta la llanta robada de un auto.

Una portada o título atrevido, sirve para escandalizar a los demás.  

También, ostentar un título como el Ulises de Joyce, En busca del tiempo perdido, de Proust, o algo de Kierkegard, sirve para apantallar a los demás y pasarse por intelectual.

Regalar un buen libro puede hacerte quedar muy bien…y comentarlo es una buena forma de acercarte a quien te interesa.  Y créeme, no falla un libro de poesía para un buen ligue.

Un estante lleno de ejemplares bien empastados y con letras doradas, es un símbolo de estatus... aunque, como en el Burgués gentilhombre de Molière, esas pastas no contengan ninguna página.  

Pero, más allá de todos estos usos adicionales… ¿qué tienen de especial estos objetos de papel, que han logrado sobrevivir al menos desde 1440 en que Gutenberg, con su invento de la imprenta, los comenzó a reproducir a gran escala? ¿Por qué esos pedacitos de metal con letras han sido uno de los inventos más revolucionarios de la humanidad? ¿Qué hay adentro de esas hojas de papel que provoca tantas pasiones a favor y en contra?  

Los libros contienen la palabra escrita, herramienta de transmisión del saber humano, de las ideas que nutren la mente y permiten que se desarrollen otras ideas, nuevos conocimientos y provocan lo más maravilloso del espíritu: la imaginación.

El colombiano Álvaro Mutis, dice en su Elogio de la lectura que leer un libro es volver a nacer.  Es el camino para apropiarnos de un mundo y de una visión del hombre que, a partir de ese momento, entran a formar parte de nuestro ser.  Una lectura disfrutada con riqueza y plenitud, es la conquista más plena que puede hacer un hombre en su vida.


lunes, abril 10, 2023

MAO ZEDONG

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En Hunan, provincia del entonces Imperio Chino, nació, en 1893, un campesino que cambiaría la historia de su enorme país e influiría en la de muchos otros. Se trata de Mao Zedong, o Mao Tsé Tung, el “Gran Timonel” del comunismo oriental.

Desde su infancia, pensó Mao que no estaba bien resignarse a las desigualdades e injusticias en que vivía la gente del campo chino, oprimida no solamente por los aristócratas, sino también por el colonialismo inglés y el conflicto permanente con los japoneses. Así pues, se unió, con apenas 18 años, a las fuerzas nacionalistas del Kuomitang que, tras la Revolución de Xinhai de 1911, proclamarían la República China. 

Sin embargo, el espíritu rebelde de Mao Zedong no se conformó ante la realidad de esa república que elevó al poder a una nueva clase política autoritaria, represiva, que muy poco había hecho por el pueblo, y buscó respuestas en la doctrina marxista y en la realidad soviética. Se convirtió en el líder del Partido Comunista e inició una comunicación epistolar con Stalin, a quien consideraba su maestro. 

Sus innegables dotes y habilidades políticas lo hicieron sobresalir y conseguir muchos seguidores en poco tiempo. Adquirió prestigio entre los intelectuales, poniendo sobre papel, a través de diversas publicaciones, y de sus elocuentes discursos, ideas que transformaban y adaptaban las teoría marxistas a la realidad de su país.

Su consagración como líder la logró al guiar la llamada “Larga Marcha” del Ejército Rojo, un recorrido de más de 12, 500 km en 370 días, por caminos de todo tipo y, muchas veces, bajo condiciones climáticas extremas. Fue una estrategia genial; no sólo huyó del gobierno del Kuomitang, sino que expandió el movimiento comunista a través del largo recorrido; gracias al respeto a las comunidades que iban visitando y el espíritu de lucha y de constancia que llevó a muchos de esos campesinos a unirse a él.  También le valió el apoyo y respeto de Stalin, sin el cual no habría conseguido que, en 1949, Chiang Kai-shek y sus allegados se exiliaran en Taiwán.

Parecía el final feliz de un cuento de hadas; sin embargo, una vez adueñado del gobierno, Mao se aferró al poder y se enfermó de autoritarismo y, también, empezó a ver las cosas sólo desde su ángulo y a responder de manera represiva y cruel a los disidentes, como ha sucedido a todos los dictadores.

Durante las casi tres décadas de su gobierno hubo, por supuesto, importantes logros, como la mejora en la salud pública, la universalidad de la educación y el haber posicionado a China como una de las potencias principales del mundo. Pero el costo fue altísimo: millones de personas fueron enviadas al campo a realizar trabajos forzados. También por la fuerza se obligaba a los obreros a cumplir jornadas inhumanas. Se desató una gran hambruna que cobró millones de víctimas. Ente hambre, ejecuciones y desplazamientos forzados, se estima que murieron más de 30 millones de personas.

Su influencia no terminó con su muerte, en 1976. El culto a su persona, iniciado en vida, se vitalizó con su fallecimiento y fue aprovechado por la Revolución Cultural, para proteger el sistema comunista. La cultura de la denuncia, arraigada entre los chinos, siguió provocando detenciones, purgas, censura, tortura y fusilamientos. 

El Maoísmo, como se llama a la variante del pensamiento comunista instaurado por Mao Tsé Tung, se extendió no solamente en la mayor parte del Lejano Oriente, sino también en muchos países de América Latina. 

Algunas de las claves del éxito de esta forma de hacer política son: la exaltación de la clase campesina, el uso y elogio de la cultura popular, denostando la llamada cultura de las élites; la denostación del modelo capitalista y de toda persona catalogada como conservador o rico. La satanización de la clase burocrática anterior a su gobierno, simulando que, en su administración, no la había. La exaltación del nacionalismo a ultranza. Una nueva interpretación de la historia, editando y forzando conclusiones para adaptarla al nuevo modelo. 

También, idealizar la ignorancia, disfrazada de elogio a los campesinos que, en palabras de Mao, poseen la cualidad de ser: hoja de papel en blanco que no tiene manchas, por lo que las palabras más nuevas y hermosas se pueden escribir en ella… ¿Les suena familiar?

Para acercarse a la China de esos tiempos, me vienen a la mente dos lecturas imprescindibles: La buena tierra, de Pearl S. Buck y Cisnes Salvajes, de Jung Chang; en cine, la película El último emperador, dirigida por Bernardo Bertolucci en 1987.

Soñar...

Mi mayor placer es soñar. Soñar dormida y más, despierta. Dejar volar la imaginación y tratar de convertir esos sueños en palabras.

EL NIÑO BENITO JUÁREZ

--> DE LIBROS Y OTROS PLACERES Un personaje que no debemos olvidar, por su importantísimo legado a la formación de este país, es...