Mis novelas

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miércoles, agosto 18, 2021

CLARICE LISPECTOR

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DE LIBROS Y OTROS PLACERES

Hasta hace unos años, pocos lectores fuera de Brasil habían oído siquiera el nombre de una de las más grandes autoras latinoamericanas: Clarice Lispector.

Esta escritora, nacida en Ucrania en 1920, al seno de una familia judía practicante, se crio en Brasil y utilizó siempre la lengua portuguesa en su obra.

Su estilo, ajeno por completo al realismo mágico de los autores del boom latinoamericano, ha hecho que se le compare con James Joyce, con Virginia Woolf o con William Faulkner, a pesar de que alguna vez confesó no haber leído a Joyce, si bien comparte con esos autores rasgos y obsesiones.

Mi querido maestro Miguel Cossío Woodward, ferviente admirador confeso de Clarice, expresa en su prólogo a Cuentos reunidos de esta autora: Su literatura es antesala y motivo del encuentro consigo misma y con la alteridad; es imagen y posibilidad de diálogo con el enigma recóndito del otro, extraño e inaccesible y, quizás, con el misterio sin nombre que se ignora e intuye. En todo cuanto escribió está la misma angustia existencial, similar búsqueda de la identidad femenina y, más adentro, de su condición plena de ser humano. […] Sus novelas se detienen en la visión sorprendida de un momento o una situación aparentemente sencilla y donde, sin embargo, se desencadenan en tropel las voces de una fuga infinita. […] Leer a Clarice es, por lo tanto, encontrarse con ella. Desnudar su palabra, compartir una sensualidad casi física, entrar en el cuerpo de una obra que vibra y chispea, algo así como hacer el amor, que es deseo, sexo y deceso.

En su temprano lecho de muerte, en 1977, esta autora atormentada escribió: “Muero y renazco. Incluso yo ya morí la muerte de otros. Pero ahora muero de embriaguez de vida […] Mi futuro es la noche oscura”.

Esa idea de nacimiento en las tinieblas, la había desarrollado magistralmente en su novela La manzana en la oscuridad, de la que comparto una probada:

Pero ésa era una noche de muchas lecciones. Es necesario tener paciencia, a veces una noche es larga.

Es que en las tinieblas los pájaros habían sentido la acidez del alba y, mucho antes de que ésta rayase para las personas, ellos la respiraban y empezaban a despertar. Había un pájaro, especialmente, que poco faltó para que volviera loco a Martim. Era uno que llamaba a su compañera en la oscuridad; con paciencia y con calma, llamaba, llamaba. Hasta que la cosa fue creciendo hasta el punto de que Martim dio un salto y abrió la ventana de golpe. En la ventana abierta fue recibido por el silencio súbito del pájaro. Más con la nariz que con los ojos, el hombre comprendió que la oscuridad no era estable y que el pájaro ya estaba viviendo una madrugada que para él, Martim, aún era el futuro. Esto vagamente le pareció un poco simbólico y satisfactorio. Volvió y se acostó otra vez. Y otra vez el pajarito paciente volvió a empezar. El tranquilo canto del llamado llevó al hombre a un paroxismo: se tapó los oídos.

Pero al taparse los oídos, no oía al pajarito.

Sólo entonces comprendió que en realidad ansiaba oírlo. Parece que muchas veces se ama tanto una cosa que, por decirlo así, se intenta negarla, y otras veces es el rostro amado el que más nos apena. Y Martim, que tanto buscaba explicaciones para su crimen, pensó entonces si no habría huido del mundo por un amor que él no había podido tolerar.

miércoles, agosto 11, 2021

JOSÉ LÓPEZ PORTILLO Y ROJAS

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DE LIBROS Y OTROS PLACERES

Un personaje al que la historia no ha dado el lugar que debiera corresponderle, es José López Portillo y Rojas, abuelo del homónimo ex presidente de la República.

Afirmo que debiéramos reconocerlo no por ser hijo de gobernador o abuelo de presidente, ni por haber sido, él mismo, gobernador de Jalisco, Senador de la República, detractor del partido científico y del porfiriato, principal promotor del partido reyista o secretario de Relaciones Exteriores, que no son en sí pocos méritos, sino fundamentalmente por sus letras.

Como apunta Ramiro Villaseñor en el prólogo a la novela “Fuertes y débiles”, publicada por Editorial Porrúa, respecto a la trayectoria literaria de José López Portillo y Rojas, desde los 12 años despiertan en él sus aficiones literarias, editando el periódico estudiantil 'La Exhalación', en que publica sus primeros ensayos. A los 14 años escribe una novela de caballerías llamada 'Rolando mano de acero' que desgraciadamente se perdió cuando fue cateada su casa, junto con su archivo personal.

Al terminar sus estudios de jurisprudencia en 1871, escribe su novela corta 'El primer amor' que se desarrolla en la casa que sus padres tenían en San Pedro Tlaquepaque, y que nos proporciona material autobiográfico. Al poco tiempo emprende un viaje a Europa; salió de Guadalajara en 1872, hacia los Estados Unidos, donde observó los progresos materiales de ese país. De ahí pasó a Irlanda, Escocia e Inglaterra; de esa época daten las observaciones que le dieron material necesario para su libro 'Enrique VIII'.

Tres años permaneció en varios países europeos; próximo a regresar a su patria, sintió deseos de conocer Egipto y visitar en Palestina el Santo Sepulcro, el cual describe minuciosamente en su libro 'Impresiones de Viaje'. En Egipto sube la Pirámide y tuvo el orgullo de ser el primer mexicano que cruzó el canal de Suez. A su regreso al país, sólo tiene 20 años, publica el libro con observaciones muy atinadas. Se establece de nuevo en Guadalajara, como abogado litigante; al mismo tiempo se dedica a la enseñanza en la Facultad de Jurisprudencia, en la cátedra de Derecho.

Era común en los habitantes de Guadalajara el recorrer pueblos y haciendas; uno de esos recorridos el inspiró para escribir su novela 'La Parcela' y otras más. En 1875 se dedica a la política y sale electo diputado al Congreso de la Unión, cargo que cumplió hasta 1877.

En 1886 funda 'La República Literaria que se publica durante 4 años con toda regularidad. Trabaja tenazmente en la revista, escribiendo artículos de crítica literaria, novelas, cuentos y críticas de arte, en los que usa los seudónimos de Farfalla y Yussuf-Ben-Issa; aparte de sus trabajos originales traduce a escritores franceses, ingleses y alemanes, y recibe colaboraciones de escritores españoles.

En 1892 recoge todos sus poemas en un librito titulado 'Armonías Fugitivas', pero sus afanes literarios no están reñidos con sus afanes políticos y, en ese mismo año, vuelve a ser diputado, pero esta vez por el Estado de Nuevo León, gracias a su amistad con Bernardo Reyes.

En ese tiempo conoce a José Othón.

Por su activismo a favor de Reyes cae en desgracia ante los ojos del Dictador y va a prisión durante algunos meses.

Después de la Revolución, ya pacificado relativamente el país, se dedicó a la enseñanza, y fue nombrado presidente de la Academia de la Lengua, puesto que ocupó hasta su muerte, en 1923. Antes de morir había escrito sus novelas 'Fuertes y Débiles', 'Rosario la de Acuña' y el libro 'Elevación y Caída de Porfirio Díaz'. Esta es una de las biografías del General Díaz llevada con mayor imparcialidad, con juicios certeros alejados de toda subjetividad o pasión política, a pesar de la incomprensión que sufrió de parte de don Porfirio.
Don José López-Portillo y Rojas fue un fecundo escritor y uno de los máximos exponentes del romanticismo en México. En sus novelas denuncia las terribles injusticias sociales que se cometían durante el porfiriato; se ha llegado a decir que su lectura fue una de las causas de la Revolución Mexicana.

martes, agosto 03, 2021

EL ESPÍRITU DE ISIDRO FABELA

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DE LIBROS Y OTROS PLACERES

Tengo la convicción de que los lugares poseen, de alguna manera, algo parecido al alma. Como las personas, transmiten sensaciones y provocan sentimientos. Quizás se deba a cuestiones físicas como sus dimensiones, coordenadas, altitud, temperatura o el índice de humedad o tal vez –y me inclino más por esta explicación— a  los seres que han pasado por estos sitios y, especialmente, a aquellos que los han habitado.

Acudo cada mes a la casa que fuera de don Isidro Fabela, conocida como Casa del Risco, allá en el bello barrio de San Ángel en la Ciudad de México, para impartir talleres literarios. Una casa donde se respira el amor al arte y al saber que su dueño profesó durante su vida. Guiado por los principios liberales y humanistas que compartió, durante su juventud, con sus compañeros del Ateneo de la Juventud, don Isidro no se dedicó a acumular riquezas materiales, excepto por sus dos pasiones: los libros y las pinturas. Reunió así una cuantiosa y selecta biblioteca y una pinacoteca exquisita, que, junto con la Casa del Risco donde se albergan, donó a la nación mexicana a través de un fideicomiso. Quería que muchos mexicanos disfrutaran, como él lo hizo, de estos manjares del conocimiento y el arte.

Pero eran mucho más ambiciosos los ideales que guiaban el pensamiento y la acción de Isidro Fabela. Él pensaba que América Latina debía unirse en un haz compacto al que llamaba Confederación Hispanoamericana, para hacer frente al imperialismo, expansionismo e intervencionismo de las naciones poderosas, específicamente de los Estados Unidos, quienes, guiados por la engañosa doctrina Monroe, se apoderaban día a día de todo el continente, ya fuese en forma política o económica.

Siendo Secretario de Relaciones Exteriores, durante el gobierno de Venustiano Carranza, redactó, en términos de Doctrina (para con ello responder a la Monroe), el principio que regiría, por más de medio siglo, la política exterior de nuestro país. Lo llamó Doctrina Carranza, y a  la letra reza: “Todos los Estados son iguales ante el Derecho, ningún país tiene derecho a intervenir en los asuntos internos o externos de otros; nacionales o extranjeros deben ser iguales ante la soberanía del Estado en que se encuentren; la diplomacia debe velar por los intereses generales de la civilización pero no debe servir para la protección de intereses particulares”.

Además de ocuparse de la cartera de Relaciones Exteriores durante más de un gobierno, Isidro Fabela fue un gobernador ejemplar de nuestro Estado. Su gobierno tuvo especial énfasis en cuestiones educativas y culturales, consciente, como buen intelectual, humanista y conocedor de sociedades más avanzadas, que sólo a través del conocimiento se accede al progreso, a la democracia y a la libertad del ser humano.

Vale la pena recordar las bellísimas palabras (que no eran palabras huecas) pronunciadas durante su discurso de despedida a sus colaboradores en el gobierno estatal, en 1945:

“Cuando fui atacado dura e impíamente –y lo fui muchas veces— jamás pensé en corresponder la injuria con la injuria, a la violencia con la violencia, porque así hubiera encadenado uno con otro los actos violentos, violando la Ley y manchándome de sangre las manos; y no, eso no podía hacerlo, pues como dije en Atlacomulco, yo salgo de aquí, amigos míos, sin una gota de sangre en mis manos y sin un peso mal habido en mis bolsillos.

¿Cómo no había yo de proceder así con limpia conducta y con fe ciega en mí mismo si había recibido las enseñanzas de Madero para amar la libertad? ¿Y cómo no había yo de proceder así si mi mejor maestro en la vida pública, me enseñó a amar a la patria  a su manera y su manera de amar a la patria era excelsa?”

Dicen que cuando Adolfo López Mateos  depositó su voto en las elecciones presidenciales de 1958, lo hizo en una papeleta que decía: “Mi voto es por el mexicano que debería ser Presidente de la República: Isidro Fabela”. ¡Qué razón tenía este ex presidente! Si pudiésemos tener, hoy mismo, un gobernante con altos ideales, firme a sus principios, honesto, pacifista y consciente del problema educativo, tanto a nivel estatal como nacional, qué bellamente podríamos escribir la historia… haríamos de todo el territorio gobernado un espacio tan mágico como la Casa del Risco.

martes, julio 27, 2021

LA GUERRA DE LOS PASTELES

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Del cajón de las historias olvidadas, he sacado una página cuyo título parece broma, pero que constituyó un asunto serio y peligroso para nuestro país. Se trata de la llamada “Guerra de los pasteles”, sucedida en 1838.  El gobierno de Francia, a través de su embajador, transmitió en aquel año al de México una serie de reclamaciones de ciudadanos franceses avecindados en nuestro país. Entre estas reclamaciones se encontraba la del señor R. Remontel, dueño de un restaurante de Tacubaya, donde algunos oficiales del presidente Santa Anna en 1832 se habían comido unos pasteles sin pagar la cuenta, por lo cual exigía ser indemnizado con sesenta mil pesos. Adicionalmente ese mismo año, un ciudadano francés fue fusilado en Tampico, acusado de piratería, lo que tensó aún más las relaciones entre los dos países. El embajador Daffaudis abandonó su misión diplomática en México y regresó a Francia, para volver al poco tiempo (marzo) acompañado de diez barcos de guerra que apoyaban las reclamaciones de su gobierno. Fondearon frente a la Isla Sacrificios, Veracruz, amenazando con invadir el territorio mexicano. Desde uno de los barcos envió Deffaudis el ultimátum que vencía el 15 de abril.

Como el gobierno de Anastasio Bustamante se negara a tratar con Deffaudis mientras hubiera fuerzas navales francesas frente a Veracruz, el comandante de éstas, almirante Bazoche, declaró bloqueados todos los puertos del Golfo, incautó a las naves mercantes mexicanas, comenzando un bloqueo que duraría ocho meses, desde el 16 de abril de 1838 fecha en que se rompieron las relaciones entre ambas naciones.

Al ver que México no cedía ante la presión de tener sus dos principales fuentes de ingresos fiscales bloqueadas, Francia envió en octubre veinte barcos más. Al mando del contralmirante Charles Baudin, con el carácter de ministro plenipotenciario del gobierno francés, quien se reunió en Jalapa con el ministro de relaciones interiores y exteriores de México don Luis G. Cuevas. En el último proyecto de bases para el arreglo, el plenipotenciario reclamaba del gobierno mexicano la celebración de un tratado de amistad, comercio y navegación entre los dos países que concediera derechos preferentes a los franceses. Además, México debería pagar a Francia, en el término de treinta días, la cantidad de 800 000 pesos: seiscientos mil para la liquidación general de los daños sufridos por los franceses y doscientos mil como indemnización de los gastos de la flota francesa anclada en la costa mexicana.

El gobierno mexicano se negó, obviamente, a ceder a estas condiciones. Entonces la flota abrió fuego contra el fuerte de San Juan de Ulúa y la ciudad de Veracruz el 27 de noviembre de 1838; al día siguiente capitularon ambas entidades.

El gobierno de México expidió un decreto el 30 de noviembre anunciado que se declaraba la guerra al Rey de Francia e inmediatamente pidió a Santa Anna que se pusiera al frente de las tropas e iniciara la ofensiva contra los franceses.

Santa Anna llegó a Veracruz y se dispuso a defender la ciudad; el contraalmirante francés ordenó que una columna de 1000 hombres con artillería desembarcara con el propósito de aprehender a Santa Anna, y el 4 de diciembre consiguió desembarcar en Veracruz. Éste, al darse cuenta del desembarco reunió algunas fuerzas y entabló la lucha sin resultados definitivos para una u otra parte. Fue en esta batalla donde una bala de cañón alcanzó la pierna de Santa Anna.

Puesto que Francia había bloqueado para otros países europeos el acceso a uno de los mercados más importantes de América, al mes de haber iniciado los combates en tierra, con el propósito de mediar en el conflicto, la marina británica destacó a la Flota de las Indias Occidentales, logrando que Francia suspendiera su agresión. Tal intervención inglesa nos permitió que esa guerra contra Francia quedase solamente entre los capítulos anecdóticos de la historia. El 9 de marzo de 1839 se firmó un tratado de paz, en el cual México se comprometió a pagar las indemnizaciones exigidas (seiscientos mil pesos en total), pero no a mantener, en el futuro, las garantías exigidas para los extranjeros.

Francia retiró, a cambio, la flota invasora, desistió de la indemnización a los gastos de guerra y devolvió las naves incautadas.

martes, julio 20, 2021

EL PERÚ DE JOSÉ MARÍA ARGUEDAS

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Un escritor imprescindible para quienes gustan de las letras latinoamericanas es el peruano José María Arguedas, nacido en 1911 y muerto, por su propia mano, en 1969. Este amante de la cultura y la lengua quechuas legó a la humanidad una obra hermosa, de gran profundidad, que nos permite sumergirnos en el paisaje y la cosmovisión del Perú mestizo, heredero de una de las principales culturas de la América indígena y, como muchas de nuestras sociedades hispanoamericanas, víctima todavía de rezagos coloniales que lastiman a las comunidades que mejor conservan sus valores precolombinos.

Su novela Los ríos profundos, con tintes autobiográficos y una prosa salpicada de palabras en quechua, es un viaje maravilloso a la tierra de este infaltable escritor. Está narrada en la voz de Ernesto, un joven de 14 años que recorre en compañía de su padre una buena parte del territorio peruano, para ingresar a un internado.

Comparto un fragmento de esta muy recomendable novela:

En el valle del Apurímac, durante el viaje que hice con mi padre, tuvimos que alojarnos en una hacienda. El arriero nos guio al tambo, lejos de la gran residencia del patrón. Yo tenía el rostro hinchado a causa del calor y de la picadura de los mosquitos. Pasamos bajo el mirador de la residencia. Aún había sol en las cumbres nevadas; el brillo de esa luz amarillenta y tan lejana parecía reflejarse en los penachos de los cañaverales. Yo tenía el corazón aturdido, febril, excitado por los aguijones de los insectos, por el ruido insignificante de sus alas, y la voz envolvente del gran río. Pero volví los ojos hacia el alto mirador de la casa-hacienda, y vi a una joven delgada, vestida de amarillo, contemplando las negras rocas del precipicio de enfrente. De esas rocas negras, húmedas, colgaban largos cactus cubiertos de salvajina. Aquella noche dormimos entre unas cargas de alfalfa olorosa, cerca de la cuadra de los caballos. Latió mi rostro toda la noche. Sin embargo, pude recordar la expresión indiferente de aquella joven blanca; su melena castaña, sus delgados brazos apoyados en la baranda; y su imagen bella veló toda la noche en mi mente.

La música que oí en la residencia de Patibamba tenía una extraña semejanza con la cabellera, las manos y la actitud de aquella niña. ¿Qué distancia habría entre su mundo y el mío? ¿Acaso la misma que mediaba entre el mirador de cristales en que la vi y el polvo de alfalfa y excremento donde pasé la noche atenaceado por la danza de los insectos carnívoros?

Yo sabía, a pesar de todo, que podía cruzar esa distancia, como una saeta, como un carbón encendido que asciende. La carta que debía escribir para la adorada del Markask’a llegaría a las puertas de ese mundo. “Ahora puedes escoger tus mejores palabras –me dije. ¡Escribirlas!”. No importaba que la carta fuera ajena, quizá era mejor empezar de ese modo. “Alza el vuelo, gavilán ciego, gavilán vagabundo”, exclamé.

Un orgullo nuevo me quemaba. Y como quien entra a un combate empecé a escribir la carta del Markask’a…

martes, julio 13, 2021

EL BIKINI

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Cuando yo era niña (hace más de medio siglo), tuve la suerte de convivir con una tía bisabuela; imagínense, alguien nacida en el siglo XIX y que había sido joven durante el porfiriato. Se llamaba Esperanza. Perita, como le llamábamos, acompañó a sus padres diplomáticos a la coronación del rey inglés Jorge V, el nieto de la reina Victoria, en 1910. Podrán suponer que conversar con ella era, además de fascinante, una especie de viaje en la máquina del tiempo.

Una de las anécdotas favoritas de la tía Esperanza se refería a los trajes de baño. Contaba que en una ocasión, nadando en el lago de Chapala, perdió las medias de lana del traje de baño –que era una bata suelta que cubría hasta las rodillas— y, ante tal accidente, no podía salir del agua para no exhibir sus pantorrillas desnudas. Así que tuvo que permanecer a flote un buen rato, hasta que su hermana entendió el problema e hizo cerrar los ojos a los parientes masculinos que estaban en la playa.

Les cuento esta historia para hablar de la evolución de las prendas de baño. Apenas dos años después de la elegante coronación del monarca inglés, un fabricante de lana de Portland (Carl Jantzen) comenzó a comercializar una pieza sin mangas para natación femenina que dejaba brazos y piernas desnudos. Toda una innovación de cara a los Juegos Olímpicos de 1912 de Estocolmo.

La revolución de la moda que siguió a la gran guerra europea no omitió al traje de baño femenino, que pronto dejó atrás la lana para adoptar las fibras sintéticas y, a poco del final de la Segunda Guerra Mundial, en 1946, lanzaba al mundo el hoy infaltable bikini, curiosamente, creación de un ingeniero francés, Louis Réard, quien lo bautizó así en honor de las pruebas nucleares que se llevaban a cabo en el atolón Bikini en las Islas Marshall del Pacífico y, según explicaba, estaba seguro de que sería terriblemente explosivo, pues contaba con apenas 76 centímetros de tela.

Réard no se equivocó: el debut del bikini fue tan exitoso que Micheline Bernardini, la bailarina que lo modeló por primera vez, recibió aproximadamente 50.000 cartas de admiradores.

La tía Perita, que llegó a cumplir 100 años, sobrevivió todavía un cuarto de siglo al lanzamiento de la escandalosa prenda, pero ella, que alguna vez tuvo que hacer gala de su condición física en Chapala, no se escandalizaba fácilmente. Quizás, si hubiera llevado menos años encima, hasta habría usado un bikini.

jueves, julio 08, 2021

BERNARDO REYES Y LOS CLAVELES ROJOS

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DE LIBROS Y OTROS PLACERES

En mis paseos por la historia, procuro no solamente revisarla sino también revalorar a algunos de sus actores, unos injustamente minimizados; otros, exageradamente idealizados. Traeré hoy a esta charla al general Bernardo Reyes, padre de uno de los escritores más importantes de nuestras letras pero, por sí mismo, un personaje notable.

Bernardo Reyes Ogazón nació en Guadalajara en 1849, en el seno de una familia de ideas decididamente liberales. Su padre, Domingo Reyes, fue el jefe de las guardias nacionales del Estado bajo el gobierno de Jesús López Portillo en Jalisco.

Siendo Bernardo todavía un niño, escuchó gritos y balazos en la calle. Curioso, se asomó por el balcón. Entonces su madre, al tratar de ponerlo a resguardo, cayó herida de bala. Este hecho marcó para siempre su personalidad.

Cuando contaba apenas quince años, el joven Bernardo Reyes se unió a las fuerzas republicanas y estuvo muy cerca del general Ramón Corona, quien sería gobernador de Jalisco y pieza clave en el ejército de la República que venció al Imperio de Maximiliano.

Con dichas credenciales, Reyes pasó a formar parte del primer cuadro de los hombres de Porfirio Díaz, quien lo envió primero como gobernador interino de Nuevo León y luego lo hizo ocupar, en 1901, la cartera de Guerra y Marina.

Don Porfirio profesaba hacia el general Reyes sentimientos contradictorios: por una parte, confiaba en su excelencia y desempeño y lo admiraba como militar; por otra, recelaba de su carisma, y su nada oculto deseo de seguir escalando posiciones, sustentada en el enorme poder de quien tiene en su puño a todas las fuerzas armadas del país. Por ello, muy al estilo sagaz y desconcertante del Dictador, lo dejó, por una parte, hacer crecer sus expectativas de convertirse en vice-presidente y, por otra, intrigó en su contra para evitarlo. Finalmente, el desagrado de don Porfirio se hizo patente y, en cuanto otorga la Vicepresidencia a Ramón Corral, envió de nuevo a Reyes a gobernar Nuevo León.

Pero sus partidarios no quitaron el dedo del renglón y, en 1909, cuando una serie de eventos hicieron patente que la dictadura de Díaz estaba tocando su fin, los llamados “Clubes Reyistas” en prácticamente todo el país, trabajaron con pasión por la candidatura de Reyes para la vicepresidencia, a sabiendas de que su paso a la máxima investidura era cuestión de meses.

Los reyistas querían una transición controlada del poder, sin violencia. Sostenían la necesidad de un gobierno que voltease hacia al pueblo, reconociendo los problemas sociales que ya eran focos rojos en la nación. Compartían en gran parte la ideología recién publicada por Madero en su libro, pero preferían que Díaz se reeligiese por última vez para evitar confrontaciones entre las facciones que el dictador mantenía bajo su control. Se identificaban portando un clavel rojo en la solapa.

Sin embargo, el general Reyes no aceptó encabezar el movimiento organizado a su favor, pues, como militar que era, se negó a dar un paso sin la anuencia del Presidente, su superior. Así, la llamada revolución de los claveles rojos no prosperó. Al quedar acéfalo su partido, buena parte de miembros pasaron a las filas anti-reeleccionistas de Madero. Otros, quedaron a la expectativa para participar, en 1913, en el golpe de Estado en contra de Madero y Pino Suárez.

Durante la llamada Decena Trágica, el general Bernardo Reyes hizo aparición, montado en su caballo, frente a Palacio Nacional. Allí, abatido por los tiroteos de la madrugada del 9 de febrero, cayó muerto. Ese militar liberal, patriota y fiel a su deber quedó así, para la Historia Oficial, del lado de los traidores y sólo se le reconoce el mérito de haber traído al mundo a Alfonso Reyes, su hijo menor, uno de los escritores más importantes de nuestro país y, no hay duda, de la lengua española.

Nunca sabremos qué habría pasado si los reyistas, los del clavel rojo, hubieran logrado su objetivo de llevar a Reyes a la presidencia en un gobierno de transición hacia la democracia, pero bajo un líder de mano mucho más firme que la de Madero. ¿Se habría evitado la Revolución Mexicana? Una pregunta que quedará, por siempre, en el aire…

Soñar...

Mi mayor placer es soñar. Soñar dormida y más, despierta. Dejar volar la imaginación y tratar de convertir esos sueños en palabras.

EL NIÑO BENITO JUÁREZ

--> DE LIBROS Y OTROS PLACERES Un personaje que no debemos olvidar, por su importantísimo legado a la formación de este país, es...