Mis novelas

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martes, octubre 05, 2021

METEPEC CAPITAL DEL ESTADO

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DE LIBROS Y OTROS PLACERES

Era un día frío de febrero, de los que cada vez escasean más en este Valle. Pero esa mañana, en el año de 1848, temblaban como nunca los habitantes de la capital del Estado, especialmente el gobernador Francisco Modesto de Olaguíbel y los miembros del Congreso estatal. Menos de treinta años habían transcurrido desde la orgullosa Declaración de la Independencia Nacional cuando el general Cadwalader del poderoso ejército norteamericano, instalado desde el 8 de enero en el convento de San Francisco y el mesón de la Plaza de Zaragoza de la ciudad de Toluca, se dirigió al gobernador para exigirle que recaudara y le entregara contribuciones de la población. Con ello evitaría, le amenazó, que su columna de seiscientos hombres bien armados iniciara hostilidades. 

Un mes llevaban estos soldados allí, en forma supuestamente pacífica; pero las autoridades mexiquenses desconfiaban; sabían con qué fiereza luchaba aquel ejército, que ya ocupaba la capital de la República a pesar de las heroicas defensas de Padierna, Churubusco, Molino del Rey y Chapultepec. Esos gringos eran salvajes y sacrílegos, decía la gente de Toluca, se habían atrevido a violar el sagrario de la Iglesia del Carmen para regar las hostias consagradas por todo el atrio.

Los legisladores expresaban la necesidad de trasladar los poderes del Estado a un sitio seguro, para evitar, como afirmó el diputado Tomás Ramón del Moral: “que en lo de adelante no podamos hacer el más insignificante arreglo sin obtener el previo beneplácito de esa nación, exclusivamente preocupada de intereses materiales…”. Se refería, desde luego, a los Estados Unidos.

Diputados y gobernador coincidían en la premura de tal medida. Se pusieron sobre la mesa los nombres de varios pueblos y villas. Finalmente se decidió mudar el gobierno a Sultepec, para alejarlo varios kilómetros de Toluca. El viaje se emprendió de inmediato.

Pero quiso el destino que se interrumpiera en la primera etapa del camino, en este lugar: Metepec, por entonces un pueblo tranquilo, dedicado a la agricultura, la alfarería y la fabricación de sillas con asiento de tule. Pueblo que poco recordaba de su gloria colonial, cuando fuese Cabecera de Doctrina, y menos del tiempo en que se erigiera como uno de los poblados principales del Señorío Matlatzinca.

Aquí tuvo efecto, el 7 de ese mismo febrero de 1848, el relevo de gobernador ante el Congreso, que aceptó la renuncia de Olaguíbel y nombró a Manuel Gracida gobernador provisional del Estado.

El pueblo de Metepec se trastocó: de la noche a la mañana se había convertido en la capital del Estado. Aunque esto duró solamente hasta el 28 de abril del mismo año, es decir, menos de cuatro meses, ya nada era lo mismo: había comenzado una carrera sin fin llamada progreso. Llegaron nuevos habitantes, demandaron mayores servicios, construyeron modernas edificaciones.

El gobierno estatal miraba al pueblo con gratitud y decidió oficializarla otorgándole el título de “Villa”. El 15 de octubre de 1848, cuando la emergencia nacional había pasado gracias al tratado de Guadalupe Hidalgo, los legisladores Teodoro Riveroll, diputado presidente y los diputados secretarios José del Villar y Bocanegra y Simón Guzmán, firmaban el Decreto número 97 del Congreso Local, por cual este sitio dejaba de ser un pueblo para llamarse “Villa de Metepec” y solicitaban al nuevo gobernador del Estado, Mariano Arizcorreta, hiciese imprimir, circular y ejecutar dicho decreto.

El progreso no permitió a la Villa volver a aletargarse. La población siguió creciendo; la imagen urbana cambiaba rápidamente pero los servicios que ofrecía el gobierno municipal se quedaban siempre atrás de los requerimientos de la población. En 1988 se consiguió un nuevo título y, con él, un mayor presupuesto para Metepec. El decreto de la legislatura del Estado de México apuntó:

“Se eleva a la categoría política de Ciudad, a la Villa de Metepec…”

El carro del progreso se aceleró en Metepec a partir de ese hecho, aparentemente fortuito. 

martes, septiembre 28, 2021

LA HIJA DE TLACAELEL

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Hay, en la historia de los antiguos mexicanos, un personaje fundamental, todavía poco estudiado.  Se trata de Tlacaelel, el cihuacóatl o consejero principal de Moctezuma I y de sus sucesores Axayácatl y Tizoc, a cuyo genio político y militar se debió la tremenda expansión del imperio mexica. 

Lo primero que aconsejó al tlatoani Izcóatl fue no ceder ante la intimidación de los tecpanecas y luchar por la supremacía mexica, aliándose con los otros enemigos de su enemigo principal.  Se formó así la Triple Alianza, entre Tenochtitlan, Texcoco y Tacuba, dirigida por Itzcoatl, el propio Tlacaélel y su hermano Motecuhzoma Xocoyotzin, además del príncipe Nezahualcoyotl de Texcoco.  Fuerza conjunta que iba a infligir grandes derrotas a los tecpanecas, hasta la caída de Azcapotzalco en 1428.

Después de esta victoria, Tlacaélel recibió el título de Cihuacoatl, consejero supremo del rey, y se aplicó una reforma completa de la sociedad. Con él nació la visión mística guerrera del pueblo mexica que se consideró la nación elegida del sol.  Del éxito de esta estrategia adquirió, tal vez, el nombre de Tlacaélel, que literalmente significa “entrañas de macho”.

Como guerrero, Tlacaélel planeó campañas militares encaminadas a conquistar a los pueblos del Anáhuac, ensanchando los dominios mexicas de mar a mar, y también por el norte y el sur.  Como ideólogo, explica Miguel León Portilla, el historiador que prácticamente descubrió a esta importante figura histórica, “hizo posible la formación de una nueva imagen del ser de los mexicas, tanto en su conciencia histórica como en su concepción religiosa. Para ello, de común acuerdo con el tlahtoani Itzcóatl, dispuso se quemaran los códices o libros de anales, en los que el pueblo mexica aparecía débil y pobre, y se reescribiera su historia a la luz de la grandeza que estaba alcanzando. Se dice además en las antiguas crónicas, que Tlacaélel se afanó por enaltecer la persona del dios Huitzilopochtli, hasta hacer de él la deidad suprema de los mexicas. Por consejo de él, Motecuhzoma Ilhuicamina reedificó y amplió el Templo Mayor de Tenochtitlan”.

El tiempo de Tlacaélel, que coincide con el famoso rey poeta de Texcoco, Nezahualcóyotl, es un campo de estudio que invita a los investigadores a descifrar momentos claves de nuestro pasado.

Y ha invitado también a algunos novelistas, como Antonio Velasco Piña, con su obra: Tlacaélel, el azteca entre los aztecas y, entre los autores cercanos, a María Eugenia Leefmans, quien se acercó a este tiempo a través de un personaje femenino: Macuilxóchitl, hija de Tlacaélel, quizá la única mujer del mundo indígena de que tenemos noticia gracias a su quehacer poético. Fascinada por ese mundo del calmecac y los tlacuilos, Leefmans recrea la historia de una mujer inteligente, sensible y enamorada de Nezahualcóyotl, el rey poeta, a quien reverencia como un semidiós.  

La novela de María Eugenia Leefmans, titulada La noche en el maizal y publicada, en su primera edición, por el Instituto Mexiquense de Cultura, transcurre en ese Cemanáhuac de los tiempos gloriosos, cuando en Texcoco se reunían los más grandes artistas, los poseedores de la tinta roja y negra, con la cual plasmaban en códices la historia y el sentir de su tiempo.

Es evidente la meticulosa investigación que la autora llevó a cabo.  Gracias a ella y a su propia inspiración poética, consigue una atmósfera atractiva y creíble que nos traslada al mundo de nuestros antepasados.  De una manera cotidiana e íntima, María Eugenia Leefmans nos hace convivir con la hija del gran cihuacóatl, una mujer inteligente, que debido al poder de su padre tiene acceso a una educación intelectualmente superior al común de las mujeres de su cultura. Sin embargo, no consigue realizar sus aspiraciones románticas.

En suma, les recomiendo leer La noche en el maizal; es una novela interesante, que nos da una dulce probada de un mundo atrayente y poco conocido por nosotros, los herederos de esa riquísima cultura.

martes, septiembre 21, 2021

EL IMPRESCINDIBLE COLÓN

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Hoy cedo a la tentación de opinar sobre una polémica que está en boga: el asunto del cambio de estatuas en Paseo de la Reforma. Algo aparentemente trivial, pero que implica reflexiones de gran transcendencia: ¿qué significa la mexicanidad? ¿Somos indígenas, españoles, mestizos? La mezcla de sangres y culturas (a las que podemos agregar algunas más que sólo esas dos) es nuestra verdadera esencia… ya es hora de asumirlo. Tenemos algo de indígenas y algo de conquistadores y, también, otros genes e influencias culturales.

Eso en cuanto a nuestra raza muy mestiza y nuestra cultura multi enriquecida. Pero hablemos de monumentos.

Las ciudades van adquiriendo personalidad propia a través de los tiempos, personalidad de la que forman parte su trazo urbano, las construcciones y los monumentos icónicos. Si bien las ciudades evolucionan, se transforman, hay elementos que se hacen imprescindibles en ellas. ¿Podría estar París sin la Torre Eiffel? ¿Londres sin su Big Ben? ¿Guadalajara sin la Minerva?

Cuando damos señas y direcciones utilizamos muchas veces estos monumentos como referencia. Por ejemplo, mi tatarabuela vivía en una casa en Paseo de la Reforma justo frente a la estatua de Colón, y cuando daba señas de su domicilio decía: allí en Colón.

He visto imágenes de la cabeza de Tlalli que desean poner en esa glorieta. La verdad, me parece muy hermosa, una bella reinterpretación de las cabezas olmecas; pero hay tantos sitios en donde puede estar, que no veo por qué mutilar al Paseo de la Reforma de su hermosa estatua del  expedicionario genovés, hombre valeroso que nunca levantó un arma contra nuestros ancestros, y que lleva ahí desde 1877.

Como una muestra de cuán familiar resultaba a la población capitalina la efigie del navegante, comparto estos versos de mi abuelo, firmados bajo el seudónimo Sánchez Filmador; son un fragmento de su columna que aparecía semanalmente en el diario Novedades. Estos se publicaron allá por los años 40.

CANTO A COLÓN:

¡Ay Colón! ¡Ay Colón!

A veces yo me quedo consternado

al ver en el estado

en que se encuentra toda esta región

hermosa, aunque insalubre,

que descubriste un día 12 de octubre

cuando ¡felices tiempos! no existían

autos ni mordelones

ni tenían que subirse en los camiones,

ni ¡dichosos! tenían

que atravesar esquinas hechos bolas,

ni se les reventaban los oídos

oyendo cláxons, radios y radiolas,

ni a mariachis vestidos

de charros de opereta

con águilas de seda en la chaqueta.

¡Ay Colón ¡ay Colón!

Y para esto emprendiste esa ocasión

un viaje de dos meses nueve días

sin saber lo que hacías…

martes, septiembre 14, 2021

LOS TAMALES

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¡Qué sabroso! En este mes patrio los antojitos hacen honor a su nombre: pensamos en fiestas patrias y, de inmediato en platillos típicos; entre ellos, en uno de los manjares tradicionales de nuestra gastronomía autóctona: los tamales. Ese maravilloso invento de nuestros lejanos antepasados, que ellos llamaban tamalli, consiste en una ración de masa de maíz mezclada con manteca, bien batida y rellena con algún guisado, generalmente de carne o pollo en mole o en salsa, quizás las rajas de chile poblano, o cualquier otra delicia que la creatividad de quien cocina, discurra en el momento. Luego, bien envueltos en hojas de maíz, a veces de plátano, se cuecen al vapor y así, calientitos, se pueden comer solos, acompañados con frijoles o con salsa, crema, queso y algún guisado, al estilo Michoacán.  ¿O qué tal una torta de tamal verde, la famosa “guajolota”, acompañada de atole, antes de llegar al trabajo?

Hay evidencias arqueológicas de este alimento en varias culturas de Mesoamérica y Sudamérica, pero en ningún lugar del continente hay tanta variedad de tamales como en México.

De acuerdo con Fray Bernardino de Sahagún, los tamalli estaban relacionados con algunas fiestas religiosas. Uno de los rituales más significativos para los aztecas era la fiesta del Atamalcualiztli (tamales de agua). En esta festividad, que duraba siete días, se realizaba una especie de ayuno, en donde únicamente se comían tamales simples de masa, cocinados al vapor, sin chile ni sal u otras especies o aderezos. Dicha celebración se realizaba cada ocho años, por considerarse ésta la vida ritual del maíz, durante la cual había sido desollado con sal y cal, trabajado y aderezado con chile. Durante el ritual se libraba al maíz, al menos por esos días, de tal tortura.

También en la festividad de Izcalli, al final del año, las mujeres distribuían tamales a sus vecinos y familiares desde el amanecer. En esta misma festividad se realizaba el ritual del huauhquiltamalli, donde se preparaban tamales especiales de amaranto llamados huauhquiltamalli o chalchiuhtamalli. Algunos de estos tamales se ofrecían al dios del fuego y a los difuntos, y otros se consumían muy calientes, junto con caldo de camarones o acociles. Los jóvenes ofrecían al dios del fuego animales que ellos mismos cazaban, y los sacerdotes les entregaban a cambio tamales calientes cocidos, simbólicamente transformados por el fuego.

Se consideraba a los tamales como el equivalente simbólico a la carne humana, y la olla donde se preparaban (comitl), simbolizaba el vientre materno. También se usaban los tamales en los rituales de matrimonio, en donde después del amarrado de túnicas, la futura suegra le daba a la novia cuatro bocados de tamal, y luego la novia le daba de comer a su novio. Después del nacimiento de un niño, se hacían ofrendas de este alimento.

Además, los tamales secados al sol eran parte de los alimentos suministrados a los guerreros en campaña contra otros reinos o ciudades.

Aquí en el Valle de Toluca, la costumbre de comer tamales durante todo el año está bien arraigada. Hay gran variedad de ellos y muchos lugares en donde se expenden tales delicias.

miércoles, septiembre 08, 2021

LA EDUCACIÓN EN MÉXICO

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El caos en que la pandemia sumió al sistema educativo podría servirnos para reflexionar, para hacer mejoras de fondo en esa actividad fundamental para el desarrollo de las nuevas generaciones y, por ende, para un mejor futuro de la sociedad.

Se dice que hay dos cosas que no se pueden ocultar: el amor y el dinero. Y es bien cierto, aunque varios de los afortunados traten de esconder estos dones, quizás por ser el dinero mal habido o el amor en cuestión, de los que llaman prohibidos.

No es aventurado inferir el postulado opuesto: tampoco se puede ocultar cuando uno y otro escasean o, de plano, brillan por su ausencia.  Es decir, se nota cuando hay miserias y cuando hay desamor. Y, justamente, a la educación le han hecho mucha falta, desde hace décadas, esos dos elementos: amor y dinero, recursos y espíritu… es bien notorio.

Del dinero hay poco qué decir. Es de una lógica aplastante pensar que si se destina un mayor porcentaje de fondos a este rubro, habrá más y mejores escuelas, más maestros y mejor pagados, recursos para darles capacitación continua, mejores sistemas de supervisión. Becas para alumnos sobresalientes. En efecto, si las fuentes de financiamiento no fuesen limitadas, administrar sería una actividad siempre gozosa. Pero hay muchas necesidades, todos lo sabemos, y hay que quitar de un lado para llevar a otro. Qué tal, se me ocurre, bajar el gasto de publicidad del gobierno, las “autoporras”, y dedicarlo a la educación. Seguramente se estaría sembrando en vez de tirar.

Pero voy a hablar de mi tema favorito: el amor. En la educación falta mucho amor, y sin él, aunque se tuvieran todos los recursos financieros en la mano, ocurre, como dice San Pablo en su bella carta a los corintios, “si me falta el amor, no soy más que bronce que resuena y campana que toca”.

Tal carencia de espíritu, de poner el alma en tan importante asunto, se nota en programas educativos acartonados, muchos de ellos arrastrados de un ayer muy lejano y, otros, más inspirados por cuestiones políticas que por verdaderos deseos de enseñanza. 

Hay que ver a esos héroes de la historia que no consiguen salir de la estampita, que no pueden ser vistos como seres humanos, menos volverse entrañables para los estudiantes. Y qué me dicen de las lecturas que resultan vacuna infalible contra la literatura, o de esos poemas empalagosos declamados al estilo del siglo XVIII… Purgas antipedagógicas que alejan a los niños y jóvenes del amor a los libros, al saber, a sus raíces. Los convierten en tierra fértil para los valores aculturizantes: los hacen futuros desdeñadores de lo nuestro para irse de bruces tras la cultura de la televisión y el consumismo. Nuevos integrantes del ejército de analfabetas funcionales. Quizás, si no desertan antes, se unirán a los grupos de manifestantes, porque no consiguieron aprobar el examen de admisión a los planteles de educación superior… y puedo seguir por este camino del pesimismo, pero no quiero sonar patética.

Vuelvo al deseo de que en la educación se note el amor a los educandos y a lo nuestro, amén de a los valores esenciales: la Verdad, la Belleza y el Bien.  ¿Cómo? Primero, en los programas: deben contemplar, además de las ciencias, encaminadas a la verdad universal, un lugar importante para historia y cultura locales. Sólo conociendo lo nuestro comprenderán los alumnos qué significa el Bien, lo bueno, desde la cosmovisión de su comunidad. Habrá sitio para el fomento a la creatividad y al arte, que van hacia la Belleza.

En suma, la formación, la educación se planearía para que cuerpo, mente y espíritu se desarrollaran al unísono y adquirieran esa ambición inacabable de saber, así como el amor a la cultura y valores de la propia comunidad.

martes, agosto 31, 2021

LITERATURA RUSA

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Así como la mayor dulzura y cantidad de jugo de una naranja dependerá en gran parte del clima y las características del suelo en que esté sembrado el árbol del que nace, los frutos surgidos de la creatividad humana tienen, sin duda, el sello del lugar en que sus autores nacen y se desarrollan.

Quiero referirme hoy a este fenómeno en el caso de la novela rusa, un universo literario tan extenso y poblado como el enorme territorio que fue antaño el Imperio de los zares, más tarde la confederación conocida como URSS y hoy, el país nada pequeño que es Rusia al que, en aras de agrupar la producción artística, sumaríamos algunos de sus vecinos, antaño repúblicas confederadas.

Leer a las grandes plumas de la tradición rusa, desde Pushkin y Chejov hasta Solzhenitsyn, deteniéndose por fuerza en los grandes realistas: Gorki, Gógol, Tostoi, Dosteyevski, Turgueniev y en simbolistas como Pasternak, es, para un escritor, acercarse a algunos de los mejores maestros en la construcción psicológica de personajes, en el dominio de lenguajes narrativos que envuelven al lector con su música y su fuerza, como si se sumergiera y nadase en mar abierto.

Esa lectura constituye la experiencia vital de adentrarse a la cultura eslava, a un mundo lejano, donde sobrevivir cada invierno helado ha sido un reto permanente. El carácter eslavo se esculpe a fuerza de cincel sobre hielo y se prepara para veranos cortos pero agobiantes. Los embates de la naturaleza, la escasez de alimentos, se suman a las dificultades sociales y políticas por las que ha transcurrido la historia de aquellos países. Como describió Víctor Hugo al hablar de la retirada del ejército napoleónico: “A una llanura blanca le sucede otra llanura blanca”, así son grandes extensiones de territorio. Leemos en La hija del capitán, de Pushkin y en Doctor Zhivago de Pasternak, el valor de un buen abrigo, de unas papas debidamente conservadas para comer en invierno el de un atado de leña seca para avivar el fuego y no morir congelados. En las obras de Solzhenitsyn, el rigor de los campos de trabajo de las islas siberianas. Pero también nos sorprende el calor sofocante del verano y lo insalubre de dicha estación en San Petesburgo, como lo perciben los personajes de Dostoyevski.

Y a esos extremos se suma la permanente zozobra: ¿son los hunos y mongoles, las tropas de Napoleón, los alemanes de Bismark o los nazis de Hitler los que amenazan esas tierras? ¿Los bolcheviques, los blancos o los rojos? La paz ha sido un estado tan esporádico en aquellos países como los días templados de la ansiada primavera.

No es gratuita, pues, la profunda sensibilidad de esos pueblos en donde los artistas alcanzan niveles de excelencia casi perfecta. Músicos como Tchaikovsky o Korsakov, bailarines como Ana Pavlova, Nureyev o Baryshnikov además de los escritores que menciono, son la prueba de esa sensibilidad y talento.

No dejen pasar más tiempo, amigos, acérquense a las grandes obras de la literatura, la música, el arte de los rusos.

martes, agosto 24, 2021

LOS RETOS HISTÓRICOS DE LAS MUJERES

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Nuestro país no ha sido pionero en cuestión de reconocimiento de los derechos de las mujeres, ni en el campo de las leyes ni en el de las prácticas sociales. Recorrer el camino de la historia es, en ese sentido, un recorrido por la injusticia y, por ende, una historia de retos permanentes para quienes han luchado por revertir esa tendencia.  Aquéllas reconocidas por la historia como heroínas de la Patria, han vencido los obstáculos que, para la mayoría, impedían el desarrollo.

Por las noticias que tenemos de tiempos anteriores a la Conquista, podría pensarse que las mujeres indígenas vivían, quizás, en mejor situación: la cosmovisión que partía del indispensable principio dual aun para las deidades, permitía que, si bien las funciones se dividían de acuerdo a los géneros, no se viera al femenino como inferior, sino como un complemento igual e indispensable para la vida.

Parece pues, la discriminación de la mujer nos llega de allende el Océano, con la cultura occidental de raíz judeo-cristiana, patriarcal y machista. Los soldados españoles se encargaron de hacer de las mujeres de los vencidos objetos usados para saciar sus apetitos carnales y para ser atendidos en sus necesidades de alimentación y limpieza.

De aquel periodo oscuro para el género femenino, rescatamos a unas cuantas mujeres, que pueden contarse con los dedos de una sola mano: la astuta Malitzin, lengua de Cortés, quien consiguió hacer notar sus capacidades, pero nunca pudo –ni siquiera intentó— dejar de ser la esclava que el Capitán usó en cuerpo y espíritu para sus fines.  Un siglo más tarde, la historia de Sor Juana Inés de la Cruz hace patente la situación de la mujer por entonces: a pesar de su insaciable deseo de saber, no le era posible acudir a la Universidad. Por no poseer dote (es decir, por no ser económicamente atractiva), no se le arregló un matrimonio conveniente. Encontró, como único refugio para su desarrollo intelectual un convento y, aún allí y a pesar de su renombre que alcanzaba las altas esferas del poder, fue sometida por la jerarquía católica, en manos, claro (y todavía en este siglo XXI), sólo de varones.

Hacia principios del siglo XIX, cuando la Colonia se acercaba a su fin, la llegada de las ideas de la Ilustración francesa iluminó también la esperanza de algunas mujeres, aquéllas con suficientes recursos y facilidades para acceder a ellas: algunas criollas vanguardistas. Entre ellas, dos heroínas de nuestra Independencia: Josefa Ortiz de Domínguez y Leona Vicario. ¿Qué trabas vencieron estas mujeres valientes? En primer lugar, a la más grande enemiga del desarrollo del ser humano: la ignorancia. Tanto Josefa como Leona tuvieron la enorme ventaja de acercarse a los libros, llenarse de lecturas importantes que, además podían comentar con sus respectivos esposos: el Corregidor Miguel Domínguez y el jurisconsulto Andrés Quintana Roo, en el caso de Leona. Ambas acudieron a grupos de intelectuales que se reunían para encontrar la forma de llevar estas ideas ilustradas a la acción social y política. Desde luego, no consiguieron esas activistas políticas, madres de la Independencia de nuestro país, ni atisbar siquiera el día en que sus derechos en esa esfera fueran reconocidos por la ley.

Para dedicarse a tales cuestiones, estas mujeres, madres de familia, contaban con una posición que les permitía estar apoyadas por servicio doméstico, es decir, no debían atender personalmente a sus hijos. Pero no gozaban de esos privilegios todas sus contemporáneas. La mayoría era analfabeta y pocos maridos tomaban en cuenta la opinión de sus mujeres o les permitían externarla delante de extraños. Además, el grueso de la población femenina trabajaba arduamente en el hogar, atendiendo docenas de criaturas y soportando embarazos y partos con pésima atención médica. Muchas morían en esos trances.

La ignorancia, la insalubridad y el acatamiento absoluto de la autoridad masculina (muchas veces subrayado con violencia física y/o psicológica), era el común denominador de las mujeres novohispanas y lo siguió siendo durante el México independiente del siglo XIX.

El gobierno porfirista se ocupó en fundar escuelas para las mujeres: hubo en todo el país, como aquí en el Estado de México, normales para señoritas y escuelas de enfermería. Llegaron a nuestro país, a invitación de la esposa del presidente, órdenes de educadoras francesas, católicas, que fundaron escuelas como el Sagrado Corazón y el Colegio Francés. Por primera vez se permitió a una mujer: Matilde Montoya, cursar la carrera de Medicina en la Universidad y surgieron algunos talentos como la poeta Laura Méndez, Rosa del Valle o la música Guadalupe Olmedo.

Sin embargo, la idea arraigadísima de que el único lugar adecuado y “decente” para las mujeres era el hogar, seguía prevaleciendo aun entre los intelectuales. Además, dada la estructura piramidal de la sociedad de ese tiempo, las mujeres que se encontraban en la base del triángulo, las que habitaban las casuchas de los peones de las haciendas y, a veces, trabajaban en la “casa grande” de las mismas, o las mujeres de los trabajadores de las minas, los ferrocarriles o las fábricas, padecían las peores condiciones de vida: pobreza extrema, insalubridad, ignorancia absoluta, violencia intrafamiliar e, incluso, por parte de los patrones que se sentían con derecho a abusar de cualquiera que viviera dentro de los límites de su territorio. En las haciendas se daban prácticas tan arcaicas como el “derecho de pernada”, donde el patrón tenía prioridad para desvirgar a la recién casada antes que el propio novio.

Al surgir el movimiento revolucionario, muchas mujeres siguieron a sus hombres en “la bola”. No podían quedarse esperando en las casuchas de las haciendas, expuestas al hambre y a la venganza del patrón. Así pues, nace la mítica figura de las soldaderas, “las adelitas”, mujeres que temían más a la soledad que a las balas.

También entre la elite social y cultural hicieron aparición las mujeres contestatarias: Antonieta Rivas Mercado, Nahui Ollín, Pita Amor o Frida Kahlo, por nombrar algunas de las más representativas, estaban en el escaparate mostrando al mundo que no había campo ajeno a la capacidad femenina.

Pero eran la minoría. El machismo, matizado, un poco debilitado, pero todavía vivo, siguió reinando en el México post revolucionario. La desigualdad de hecho, en todos los campos, era una realidad innegable. Los obstáculos legales a la participación del género en política se erguían como una muralla infranqueable. Fue hasta mucho después, en 1953, cuando se reconoció el derecho de voto a las mujeres. 

Si embargo… ¿qué decir de este tiempo, pleno siglo XXI, en que los feminicidios ocupan uno de los primeros lugares en la lista de lo peor de nuestra sociedad?

Soñar...

Mi mayor placer es soñar. Soñar dormida y más, despierta. Dejar volar la imaginación y tratar de convertir esos sueños en palabras.

EL NIÑO BENITO JUÁREZ

--> DE LIBROS Y OTROS PLACERES Un personaje que no debemos olvidar, por su importantísimo legado a la formación de este país, es...