Mis novelas

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jueves, agosto 17, 2023

LAS SIRENAS

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DE LIBROS Y OTROS PLACERES

La creencia en seres míticos, mitad pez, mitad humanos, llamados comúnmente tritones, cuando su género es masculino y sirenas, si es femenino, es común a una gran mayoría de culturas antiguas y continúa vigente, a veces apoyado en testimonios y hasta fotografías. El rumor más reciente proviene de nuestro país, de las costas de Campeche, donde varias personas aseguraron haber encontrado, en la playa, cadáveres de hombres-pez que no pudieron fotografiar, así como otra, cuya imagen apareció en algunos medios, hallada en octubre de 2008 en San Petesburgo, Florida.

Algunos investigadores plantean la hipótesis de que estos son los auténticos eslabones perdidos, apoyados en la teoría darwiniana de que la vida proviene del mar. Son los humanoides marinos, aseguran ellos, que se quedaron a medias en el proceso evolutivo.

Otro supuesto afirma que estos seres acuáticos provienen de un planeta llamado Sea (igual a mar, en inglés), que se encuentra a una distancia entre 80 y 85 años luz de la tierra, a donde llegaron hace miles de años.  Quienes creen en esta posibilidad explican el canto de las sirenas como un verdadero intento de comunicación telepática de estos anfibios, para atraer a los humanos por quienes se sienten en verdad fascinados. Las ondas telepáticas son tan poderosas, que producen una especie de hipnotismo del que no puede escaparse.

Aunque ahora ya consta la existencia de seres extraterrestres, ninguna de tales explicaciones ha resultado suficientemente probada para aceptarla como científica, pero la realidad es que, como mitos, leyendas, decires y rumores, estos seres se han hecho presentes en la historia de la humanidad.

El primer tritón registrado en la historia fue Ea, un dios babilonio con cola de pez, que dominaba sobre el mar, la luz y la sabiduría, a quien ya se adoraba en Acad en el año 5000 a.C. En Siria se creía que la diosa Derceto había recibido la cola de pez como castigo por matar a uno de sus sacerdotes y abandonar a su hija. En Grecia fue Atargatis, diosa de la luna, protectora de la fecundidad y del amor, una mujer-pez que, en el lago Ascalón, pudo salvarse junto con su hijo gracias a su cola acuática. También entre los mitos griegos está el de las trescientas hijas de Océano y Tetis, todas sirenas, que poblaron los mares. Entre ellas, las Nereidas habitaban una isla en el Mediterráneo y cantaban para complacer a su padre, aunque con ese canto atraían también a los marinos. Ulises, durante su viaje de regreso a Ítaca, se prepara para no sucumbir a ese canto: tapa a sus hombres los oídos con cera y les pide que a él lo aten fuertemente al mástil de su embarcación, para no sucumbir al canto de las sirenas pero poder disfrutarlo. Gracias a ello se salvan del naufragio, como sucedía a todo el que pasaban por ahí.

Los marinos del Mar del Norte también temían el canto de las sirenas. En la Edad Media, las representaciones de estos seres anfibios fueron motivo favorito para decorar manuscritos y como altorrelieves en iglesias y catedrales.

Durante el siglo XIX creció la fascinación por las sirenas. En ferias, circos y exposiciones abundaron las sirenas falsificadas, que atraían numeroso público.

A través de todos esos siglos, aun milenios, no han faltado quienes juran haber visto o escuchado a estas seductoras habitantes del mar y de las lagunas. En las culturas mesoamericanas también existen seres mágicos y deidades semejantes.

Aquí, en el Valle Matlatzinca regado por el río Lerma y sus lagunas, los antiguos pobladores aseguraban haber visto, entre los tules, a una poderosa señora, con torso y cabeza de mujer, hermoso rostro y larga cabellera. El resto de su cuerpo era mutable: tomaba la forma de una gruesa serpiente acuática, si su ánimo era fiero; un pez, cuando apetecía nadar por las lagunas y colmar las redes de los pescadores a quienes atraía con su canto; piernas humanas, si deseaba salir del agua e ir a las aldeas, en busca del elegido de su corazón.

Esta maga anfibia tenía poderes adivinatorios: había que consultarla antes de la pesca y de la batalla, de la siembra o del matrimonio. Su nombre, según los otomíes, era Acpaxapo, una diosa acuática, hija de la Luna, madre y creadora de todo ser vivo. Los matlatzincas, hombres de la red, confiaban en ella para mantener el equilibrio entre tierra y agua, condición necesaria para que no faltase el alimento. En náhuatl se decía que era la hechicera de la laguna, madre de los peces, Atl tonan chane, a quien después llamaron Tlanchana. 

viernes, agosto 11, 2023

CARLOMAGNO

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Decíamos alguna vez que Napoleón Bonaparte se llamaba a sí mismo descendiente de Carlomagno, no por sangre, sino por grandeza. Ambos reinaron sobre Francia, los dos extendieron las fronteras de ese país hasta abarcar casi toda Europa. Sin embargo, la era napoleónica duró unos cuantos años, mientras que el reinado de Carlos I el Grande, o Carlomagno, se prolongó por casi medio siglo: desde 768 hasta 814, año en que murió con la corona imperial ceñida, a diferencia del corso, que terminó sus días en el exilio y la desgracia.

A Carlos, hijo del chaparrito Pipino el Breve, se le representa como un hombre alto, rubio, corpulento, de barba rizada y anchísimo cuello, una especie de vikingo con corona de oro y vestiduras profusamente bordadas con mismo metal y piedras preciosas. Tal vez tanta elegancia lo hizo instituir el uso del tenedor, pues antes de él hasta los nobles comían con las manos, llenándose de grasa las vestimentas. Sin embargo, afirma su biógrafo Eginardo que el rey sólo vestía así para ocasiones oficiales y que, en el día a día, optaba por el atuendo plebeyo.

Pero obviamente, Carlomagno no ha pasado a la historia por fino o elegante, ni por su amor por la princesa lombarda Desirée o por haberla repudiado al poco tiempo para cambiarla por la adolescente Hildegarda, a pesar de los problemas políticos que esto le acarrearía, pues el suegro ofendido estuvo a punto de hacer caer del trono a Carlomagno, sino por su astucia, su valor y su buena fortuna, que le permitieron concluir la unificación de los reinos francos y germanos, iniciada por su abuelo Carlos Martel, y constituir un nuevo imperio, sucesor del Imperio romano de Occidente caído tres siglos atrás.

Me refiero a su buena suerte precisamente en el conflicto con el rey lombardo Desiderio, quien ya había entrado en pláticas con Carlomán, el hermano de Carlomagno, para acabar con éste y ceñir, en la cabeza de Carlomán, las coronas de los dos reinos heredados del padre. Pero justamente antes de que el conflicto llegase a las armas, el conspirador murió y Carlomagno se aprestó a conseguir el apoyo del recién nombrado papa Adriano I. Este golpe de suerte aunado al rápido y astuto movimiento político, además de vencer a los lombardos en un sitio prolongado, le valieron los laureles imperiales, recibidos en el Vaticano de manos del propio pontífice. Se constituyó entonces el Sacro Imperio Romano Germánico, un imperio romano occidental ligado a la Iglesia Católica.

El gobierno de este emperador sentó las bases del futuro de Europa en varios ámbitos: En el económico, su moneda, la libra carolingia (unidad tanto monetaria como de peso, pues se trataba de una libra de plata), es el antecedente del actual euro, aceptado en todo el territorio imperial que abarcaba casi toda la Europa continental, hasta los límites del Imperio Otomano.

Estableció también el principio de la moderna administración pública, implantando normas para el registro de ingresos y egresos del gobierno. Controló los precios de algunas mercancías y gravó el de otras, además de prohibir la usura.

Este gobernante fue un gran promotor de la cultura y las artes, pues era un fanático del aprendizaje. Estudió gramática, retórica, dicción, astronomía y aritmética. Ordenó que todos sus descendientes recibieran una educación refinada. Durante su reinado, se multiplicaron las escuelas monásticas, donde alumnos y maestros copiaron infinidad de manuscritos. Se dieron becas para estudiar artes liberales. A su tiempo se le denomina “renacimiento carolingio”.

Pero no hay personaje sin paradojas y rarezas y Carlomagno, protector del papado, no es la excepción: nunca permitió a ninguna de sus hijas contraer matrimonio. Sin embargo, les permitía tener relaciones extramatrimoniales dentro de la corte, y reconocía y amaba a sus nietos, frutos de estas uniones. Quizá evitaba así empoderar a extraños convirtiéndolos en yernos oficiales o, tal vez, sólo deseaba tener a sus hijas y nietos bajo su techo y autoridad.

jueves, agosto 03, 2023

LOS JUDÍOS

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El complejísimo conflicto, aparentemente irremediable, que se dirime en Palestina desde hace décadas, ha exacerbado en todo el mundo sentimientos antisemitas, esa animadversión ancestral por el pueblo judío. Sentimiento que explotó y utilizó, durante el siglo pasado, el movimiento nazi para manipular al pueblo alemán y a sus aliados y embarcarlos en un holocausto que todavía hoy, a más de medio siglo, sigue avergonzando a la humanidad.

Este 6 de agosto, se cumple un año más de un hecho bélico sin precedentes: el lanzamiento de la bomba atómica sobre Hiroshima, al que siguió otra sobre la ciudad de Nagasaki, dejando un saldo de muerte y destrucción nunca antes visto por la humanidad. Con esto se puso fin a la guerra más sangrienta de la historia, que reunió víctimas en varios rincones del planeta. Las muertes de esos japoneses, casi todos civiles, se sumaron a los 6 millones de víctimas judías, también civiles de todas edades, en los campos de exterminación nazis. Deleznables hechos que nos muestran la terrible crueldad de que somos capaces los humanos, la posibilidad de la demencia colectiva y nuestra fatídica tendencia al racismo.

Concerniente al racismo, el tema del antisemitismo es complejo, ancestral y atañe a casi toda la humanidad. Desde los capítulos más antiguos de su historia, los judíos se han visto obligados a abandonar países como Mesopotamia, guiados por Abraham, Egipto, tras su líder Moisés; España, Portugal y sus colonias, en tiempos de los Reyes Católicos; el Imperio Ruso, en la época de los Progroms y la Europa nazi, persecución que desembocó en el Holocausto.

El pueblo judío de la Diáspora (es decir, disperso o “regado” por el mundo), tiene características que le han permitido sobrevivir a través de milenios, conservar su cultura y también, ser odiado por muchos. Una de ellas es la unión y solidaridad al interior de estas comunidades, que además entran en auxilio de sus semejantes de lugares remotos cuando los amenaza el peligro. Otra que los convierte en el blanco de las críticas, es su innegable éxito económico dondequiera que emprenden sus negocios. Además, la vocación de excelencia: entre los profesionales más brillantes de diversas áreas (médicos, científicos, políticos, humanistas, artistas), siempre figuran los judíos. Alegan sus historiadores que han sido judíos los hombres que han cambiado al mundo, y yo nada más enuncio algunos nombres: Moisés, Jesucristo, Cristóbal Colón, el arzobispo Torquemada, Carlos Marx, Albert Einsten, Isaac Newton, el propio Hitler, Sigmund Freud, Henry Kissinger.

De lo que pocos estamos conscientes, es de tener, casi todos, algún antepasado judío en nuestro árbol genealógico. Aún sus enemigos árabes comparten con ellos nada menos que al padre Abraham.

Traduzco aquí un fragmento del libro Les juifs, de Roger Peyrefitte, que ilustra contundentemente el tema en cuestión: 

El 1º. de enero de 1963, fiesta de la Circuncisión de Nuestro Señor, el General De Gaulle no pensaba, sin duda, en sus ancestros los judíos Kolb, el Canciller Adenauer en sus ancestros los judíos Adenauer, el Presidente de la República Italiana en sus ancestros los judíos Segni, el Rey de Suecia en su antepasado mitad judío Bernardotte, el Ex rey de Italia en sus ancestros maternos los judíos montenegrinos Petrovitch Niégoch, el Archiduque Otto de Habsburgo en su antepasada la judía Henríquez, madre de Fernando el Católico, el Rey de los belgas en su antepasada la judía Pereira de donde descendía su bisabuela Bragance, el Príncipe Bernhard de los Países Bajos en su antepasada la judía Pacheco; la Reina Elizabeth en sus ancestros maternos, los judíos Bowes-Lyon, el Duque de Edimburgo en sus ancestros los judíos Haucke, tampoco en la Casa Blanca, el Presidente Kennedy pensaba en sus ancestros los judíos Kennedy y el Vicepresidente Johnson en sus ancestros los judíos Johnson. (…) En la Habana, Fidel Castro probablemente no pensaba tampoco en sus antepasados los judíos Castro ni en Madrid el General Franco en sus ancestros los judíos Salazar. Al lado de estos ilustres personajes, gloria de la conservación del prepucio, el jefe del Estado de Israel, Ben Zvi, constituía una figura de piedra, figura agua-fiestas porque podría decir a cada uno de ellos: “¡Acuérdate!”.

Hoy que el mundo exhibe y, con sobrada razón, rechaza las acciones de Israel en Gaza y Cisjordania, hago un llamado a la conciencia de sus autoridades, les pido voltear hacia las enseñanzas del antiguo rabino Ben Hilel que decía: no hagas a los demás lo que no te gustaría que te hicieran a ti, y les digo también: “¡Acuérdate!”

jueves, julio 27, 2023

EL ARTE DE LEER SEGÚN Lin Yu – T’ang

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Lin Yu-T’ang (1895-1976) nació en China, pero recibió gran parte de su educación en Occidente. Escritor de novelas y de textos no ficcionales, es conocido por piezas que explican la China moderna a los lectores de otras culturas. Respetado profesor, enseñó en la Universidad Nacional de Pekín por varios años. También dirigió la división de Artes de la UNESCO. Sus libros incluyen “Mi país y mi gente” y “La importancia de entender”, de donde he tomado y traducido esta selección, que me encanta citar cuando hablo de por qué leer.

Quien no tiene el hábito de la lectura está aprisionado en su mundo cercano, respecto a tiempo y a espacio. Su vida cae en la rutina; está limitado a tener contacto y conversación con unos pocos amigos y conocidos, y sólo ve lo que sucede en su alrededor inmediato. De tal prisión no hay escape. Pero en el momento que toma un libro, entra en un mundo diferente, y si es un buen libro, se pone en contacto instantáneo con uno de los mejores conversadores del universo, que lo conduce a un país diferente o a un tiempo distinto; lo sumerge en sus sentimientos íntimos, o discute con él algún aspecto de la vida. Si continúa leyendo, comienza a imaginar cómo lucía ese autor y qué tipo de persona era. 

Ser capaz de vivir dos horas de cada doce en un mundo diferente, y llevar los propios pensamientos fuera de los reclamos del presente inmediato es un privilegio envidiado por la gente que permanece encerrada en su prisión corporal. Dicho cambio de entorno es similar a viajar.

Pero hay mucho más que esto. El lector siempre es llevado hacia un mundo de pensamiento y reflexión. Aun si es un libro sobre acciones físicas, hay una diferencia entre ver tales eventos en persona y leer acerca de ellos en los libros, porque entonces los hechos asumen la calidad de espectáculos y el lector deviene un espectador. 

La mejor fórmula para la lectura fue asentada por el poeta Huang Shanki: “Un estudiante que no ha leído nada por tres días, siente que su charla no tiene sabor, y su propia faz se vuelve odiosa en el espejo”.

Trataba de decir que leer da un cierto encanto, que proviene de la esencia de la lectura, y sólo esta clase de lectura puede considerarse un arte. Uno no lee para “mejorar su mente”, pues cuando uno comienza a creer en mejorarla, todo el placer de la lectura se ha ido.  Nadie que lea un libro con el sentido de obligación entenderá el arte de leer. Leer para cultivar el encanto personal y el sabor en el hablar es la única forma admisible de lectura. Ese encanto en la apariencia debe ser interpretado como algo diferente a la belleza física. Lo que Huang quiere decir con “odioso a la vista” no es fealdad física. Hay caras feas que tienen un encanto fascinante y caras bellas que son insípidas.

En cuanto al sabor en el hablar, depende de la manera de leer.  Tener o no ese condimento, depende del método de lectura. Si el lector obtiene el sabor en los libros, lo mostrará en su conversación, y si tiene sabor en la conversación, no tendrá problema para tenerlo también en sus escritos. Considero sabor o condimento como la llave de toda lectura. Es obvio que tal gusto es selectivo e individual, como el gusto por la comida. 

En el leer como en el comer, lo que para uno es un manjar para otro puede ser veneno. Un maestro no puede forzar a sus alumnos a gustar de lo que él prefiere leer, y un padre no puede esperar que sus hijos tengan los mismos gustos que él.  Y si el lector no gusta de lo que lee, está desperdiciando el tiempo. No hay pues, ningún libro que necesariamente deba ser leído. Así nuestros intereses intelectuales crecerán como un árbol y correrán como un río. Si tiene la tierra adecuada, el árbol crecerá; en tanto haya manantiales que lo alimenten, el agua correrá. Cuando el agua tope con una roca, le dará la vuelta; cuando encuentre un placentero valle bajo, se detendrá por un tiempo; cuando se encuentre a sí misma en una hondonada, estará contenta de quedarse ahí; cuando viaje entre rápidos, se apresurará. Luego, sin ningún esfuerzo, es seguro que encontrará el mar algún día.  No hay libros en el mundo que toda la gente deba leer, sólo libros que una persona deba leer en determinado momento, en determinado lugar y bajo determinadas circunstancias y en un periodo dado de su vida. En verdad creo que la lectura, como el matrimonio, está determinada por el destino.  Aun si hay cierto libro que todos deban leer, hay un tiempo para hacerlo. Cuando los pensamientos y la experiencia no han alcanzado cierto punto para una obra maestra, dejará solamente un mal sabor en su paladar. 

¿Cuál es el verdadero arte de leer? La respuesta simple es sólo tomar un libro y leerlo cuando sientas ganas. Para gozarla realmente, la lectura debe ser enteramente espontánea.

Te invito a unirte a alguno de los grupos de lectura que coordino, a los que he titulado “Por el placer de leer”. Escríbeme y te cuento dónde, cuándo y cómo.

jueves, julio 20, 2023

LA LIBERTAD VENCIDA

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No todos los aniversarios del mes de julio se refieren al triunfo de la libertad. El 18 de este mes que aglutina la fiesta nacional del Canadá, la de los Estados Unidos y la de Francia, se cumple también un año más del pronunciamiento militar en contra de la segunda República española que, en 1936, se considera el inicio de la Guerra Civil de ese país.

Como todo conflicto social, esta terrible guerra fratricida llevaba varios años cocinándose. A España, siempre un tanto tardía, habían llegado también las ideas ilustradas, mezcladas con la doctrina marxista-leninista y, a pesar del gobierno de tinte fascista del dictador Miguel Primo de Rivera –o quizás, como contrapeso a un gobierno ultraconservador— estas ideas ganaban adeptos, alimentadas por la pobreza y el abismo entre las clases trabajadoras y los “señoritos” terratenientes, a quienes apoyaba el clero.

Cuando, en 1930, Primo de Rivera dimitió, el rey Alfonso XIII intentó retomar la senda constitucional y parlamentaria y convocó a elecciones municipales, que se llevaron a cabo en 1931. A través de las urnas, la mayoría externó sus anhelos republicanos; como diría el almirante Aznar cuando le preguntaron si esto reflejaba una crisis, respondió: “¿Qué más crisis desean ustedes que la de un país que se acuesta monárquico y se levanta republicano?”.

Respetuoso de la voluntad de su pueblo, de una manera ejemplarmente humilde, Alfonso XII hizo público un manifiesto que decía: “Las elecciones celebradas el domingo me revelan claramente que no tengo hoy el amor de mi pueblo… Un rey puede equivocarse, y sin duda erré yo alguna vez… Hallaría los medios sobrados para mantener mis regias prerrogativas, en eficaz forcejeo con quienes la combaten. Pero resueltamente, quiero apartarme de cuanto sea lanzar a un compatriota contra otro en fratricida guerra civil… mientras habla la nación suspendo deliberadamente el ejercicio del Poder Real y me aparto de España, reconociéndola así como única señora de sus destinos”.

Una vez expresada así su noble sujeción a la voluntad del pueblo, el rey se ausentó de España y un gobierno republicano, de ideas claramente liberales, laicas y democratizantes, se instaló en su lugar. Se proclamó una nueva constitución que reconocía los derechos humanos de los españoles, eliminaba la cámara de los aristócratas y preveía la posibilidad de la expropiación forzosa de cualquier propiedad y la nacionalización de los servicios públicos. 

Como podrán imaginar, tales medidas hacían peligrar los privilegios de la clase pudiente y del clero, sostenidos durante siglos. Además, en Europa se encontraban en auge los gobiernos fascistas, que apoyaron a los militares de España, entre quienes no faltaba quien conspirara a favor de un golpe de Estado. Un primer intento, conducido por el general Sanjurjo, fracasó en 1932. Pero cada vez la sociedad se polarizaba más. En ambos bandos había matices, así como apoyos del exterior.

Finalmente, en enero de 1936 el Frente Popular, que aglutinaba a los grupos de extrema izquierda, obtuvo la mayoría en el Congreso. Las medidas que intentaron tomar en cuanto a tenencia de la tierra y leyes laborales colmaron la paciencia de la extrema derecha. Así, en julio de ese mismo año los militares, encabezados por los generales Franco, Sanjurjo, Mola y Queipo, se sublevaron contra el gobierno, desencadenando la guerra civil que duró tres años. En todo el mundo se movilizaron los simpatizantes de los republicanos; intelectuales y artistas de diversas nacionalidades viajaron a España para unirse al ejército llamado de “los rojos”. Pero nada pudieron hacer tan románticos sacrificios contra las armas y la organización del ejército, apoyado por nazis y fascistas y financiados por los aristócratas y el clero.

El triste desenlace, después de mucha sangre derramada, y una pauperización del campo que provocó hambruna, fue la dictadura franquista de la que hablábamos hace algunas semanas, la que por tres décadas, hizo retroceder a España en términos de libertad, democracia y tolerancia.

viernes, julio 14, 2023

DECLARACIÓN DE INDEPENDENCIA DE LOS ESTADOS UNIDOS

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Es curioso que julio, el mes que transcurre, aglutine en el calendario varias celebraciones de índole política, que han marcado la historia de la humanidad. Hoy recordaremos el origen de los festejos del Día de la Independencia, que nuestros vecinos del Norte, los Estados Unidos, llevan a cabo el 4 de julio.

Fue un 4 de julio, en 1776, cuando las trece Colonias inglesas en América del Norte declararon su independencia de la Corona Británica, con la promulgación de un documento donde explicaban sus razones para esa decisión. La importancia de tal declaración trasciende las fronteras de los hoy Estados Unidos, pues se trata de la primera vez que se reconocen, en un documento, los derechos humanos fundamentales:

Sostenemos como evidentes por sí mismas dichas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre éstos están la Vida, la Libertad y la Búsqueda de la Felicidad. Que para garantizar estos derechos se instituyen entre los hombres los gobiernos, que derivan sus poderes legítimos del consentimiento de los gobernados; que cuando quiera que una forma de gobierno se haga destructora de estos principios, el pueblo tiene derecho a reformarla o abolirla…

El autor principal de este histórico documento fue Thomas Jefferson, un acaudalado terrateniente y abogado de Virginia. Delegado al Congreso Continental, y miembro de la comisión redactora, fue quien elaboró el primer borrador, inspirado en las ideas de la Ilustración Francesa. Después de unos cuantos cambios a esa primera obra, firmaron el documento final los 56 delegados, representando a la totalidad de la nueva nación que emergía pujante y libre.

Pertenecían a ese Congreso, formado por hombres destacados, cansados de obedecer reglas añejas y compartir los recursos de su tierra con una Corona lejana y desinteresada, personajes como George Washington, Benjamín Franklin y John Adams.

Washington, Adams y Jefferson, en ese orden, fueron los tres primeros presidentes de los Estados Unidos.

Thomas Jefferson y John Adams estuvieron unidos por una entrañable amistad en el ámbito privado, pero en la esfera política se convirtieron en rivales, pues compitieron por la presidencia en 1800, cuando Jefferson derrotó a Adams en las elecciones, impidiendo su reelección.

A estos dos hombres que la vida hizo coincidir en un capítulo vital de la historia de su país, la muerte les llegó el mismo día, un 4 de julio de 1826, cuando se cumplían exactamente cincuenta años de la Declaración de Independencia.

Cuentan los que allí estuvieron, que las últimas palabras de Adams, a quien nadie se había atrevido a informar de la muerte de su amigo, cuatro horas antes, fueron: “Thomas Jefferson está vivo”.

 A Benjamín Franklin, la humanidad lo recuerda como uno de los grandes entre los hombres universales de todos los tiempos. Equiparable a Leonardo da Vinci, Franklin poseía una mente capaz de profundizar en filosofía, destacar en política y, en el campo de la ciencia, legar inventos que hicieron avanzar la tecnología, entre ellos la bombilla eléctrica, sin la cual no sabríamos qué hacer hoy en día.

Nuestro país se independizó unos años después que el vecino del Norte bajo la influencia de las mismas ideas ilustradas y un hartazgo similar; sufríamos también el abuso de poder que ejercía una corona europea insaciable e insensible a la realidad de sus colonias.

Así pues, julio, cuando se celebra no sólo la Independencia de Estados Unidos y de algunos países de América del Sur que eran colonias españolas, sino también la Revolución Francesa, es una buena fecha para reflexionar acerca de los derechos inalienables de todos los seres humanos y de todos los pueblos de la tierra.

 

jueves, julio 06, 2023

ATARTÜRK EL PADRE DE LOS TURCOS

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Hemos visto como el ambiente de inestabilidad política en que entró la mayor parte de Europa durante la primera mitad del siglo XIX, el cual llevó a la Primera Guerra Mundial, o Gran Guerra, fue el campo de cultivo de hombres con personalidad de hierro y un arrastre de masas asombroso, poseedores de un ego inmenso y enamorados del poder al que se aferraron, creyendo que nadie podría conducir a su país como ellos lo hacían. Tal fue el caso de los odiados Stalin, Mussolini, Hitler, Franco y algunos más polémicos, como el caso del Mariscal Tito.

Hoy hablaré del hombre fuerte de Turquía en aquella época, Mustafá Kemal Atartürk, por quien aún suspira una buena parte de la nación que gobernó.

Hijo de Ali Riza, un militar, y de Zübeyde Hamm, una campesina, Mustafá nació en Salónica que por entonces pertenecía al Imperio Otomano. Su padre, que murió cuando Mustafá tenía apenas 7 años, lo consagró desde su nacimiento, imponiéndole la espada, a la carrera militar.

En la secundaria, su maestra de matemáticas le impuso el apodo “Kemal”, que significa “el perfecto”.

En 1899 Mustafá Kemal ingresó al Colegio Militar o Escuela de Guerra en Estambul. Allí se unió a quienes ponían en tela de juicio el despotismo del Sultán Abdülhamid II y se involucró en la redacción de un periódico clandestino. Aunque consiguió graduarse, esta militancia secreta hizo que lo enviaran lejos, a la Quinta Armada en Damasco, donde continuó sus ideas antigobiernistas, alimentadas por la corrupción y el maltrato de los oficiales hacia la población civil.

En 1907 se unió al grupo antigobiernista dominante, el CUP, que provocó una insurrección en Macedonia, denominada Revolución de los jóvenes turcos, que marcharon sobre Estambul y forzaron a Abdülhamid II a abdicar.

Mustafá Kemal comenzó a destacar en el grupo y a convertirse en el líder de los jóvenes oficiales.

Tras la victoria otomana en la Guerra de los Balcanes de 1913, su compañero Ali Fethi fue nombrado embajador en Bulgaria y llevó consigo a Mustafá Kemal como agregado militar. En ese sitio se encontraba al estallar la Primera Guerra Mundial, y comandó la 19ª. División en contra de los Aliados. Ascendió rápidamente en la escala militar hasta ser asignado como escolta del príncipe heredero en su visita a Alemania en 1917. Al ascender al trono, Mehmed lo nombró comandante de las fuerzas otomanas en Siria.

Cuando finalizó la guerra, Turquía quedó del lado de los perdedores. Los Aliados se apresuraron en sus intentos y demandas para repartirse el territorio otomano; no faltaron levantamientos de turcos que no aceptaban tales imposiciones. En Anatolia la insurrección crecía. Los aliados presionaron al Sultán para apagarla. Éste envió a Mustafá Kemal. Ahí estaba su anhelada oportunidad. Como él mismo declaró tiempo después, ese 19 de mayo de 1919 fue su verdadero nacimiento. Se reveló como el salvador de los turcos. En su discurso público, en vez de llamar a la obediencia, aseguró que el Sultán era prisionero de los Aliados y el pueblo turco debía salvarse de caer en situación de vasallaje. El general Kâzim Karabekir, al frente de 18,000 soldados, se unió a él y convocó a un Congreso en defensa de los derechos del pueblo turco. Mustafá Kemal sería la cabeza de este movimiento al que pronto se unieron las 6 provincias orientales del Imperio. Se signó un Pacto Nacional y se formó un gobierno provisional con Ankara como capital. En abril de 1920 una asamblea lo eligió presidente de la nueva República de Turquía, apoyada por los rusos, que fue finalmente reconocida por otros países en 1922, aboliéndose definitivamente el sultanato.

Mustafá Kemal se dedicó desde entonces a reformar su país. Su meta era convertirlo en un estado europeo, mediante la política que denominó de “las seis flechas”: republicanismo, populismo, nacionalismo, secularismo, estatismo y reformismo.

Cada una de las medidas que sabía difíciles de acoger por la población, las implementaba mediante una gira en la que recorría el país convenciendo personalmente al pueblo de las bondades que esto acarrearía.

Entre ellas, quizá las más difíciles fueron la secularización, permitiendo la libertad de cultos, pero dejando fuera de la ley las costumbres religiosas que le parecían obstáculos contra la modernización de su país.

Erradicó así, por ejemplo, la poligamia y apoyó la emancipación de las mujeres, permitiéndoles incluso ocupar puestos parlamentarios. Revolucionó la educación cambiando el uso del alfabeto a caracteres arábigos, permitiendo el intercambio de estudiantes con países occidentales. Introdujo el uso de apellidos, que no se usaban antiguamente. La Asamblea le otorgó a él el apellido “Atatürk”, que significa “padre de los turcos”.

Como es lógico imaginar, no todas estas medidas fueron bien recibidas por la totalidad de la población y, en 1925, en nombre del Islam, surgió la primera insurrección kurda que Atatürk reprimió sin miramientos.

El movimiento kurdo sobrevivió a pesar de la dura represión de que siguió siendo objeto. Se estima que durante el gobierno de Atatürk, que se extendió por 15 años, fueron asesinados unos 13,000 kurdos.

El estilo de gobierno de este hombre fue, como el de todo dictador, el autoritarismo. Gracias a ello consiguió imponer las radicales reformas que muchos ven con beneplácito y que, sin duda, pusieron a Turquía en la lista de las naciones desarrolladas. Pero es también un hecho que implicaban una profunda aculturación y negación de una cultura centenaria.

El actual presidente de ese país, Recep Tayyip Erdoğan, musulmán que gobierna desde 2014, ha echado marcha atrás en algunas de las medidas occidentalizantes de Atatürk; entre ellas, devolvió al culto del Islam algunos templos como la famosa Santa Sofía, que habían sido convertidas en museos. Difícil saber quién tiene la razón.

Soñar...

Mi mayor placer es soñar. Soñar dormida y más, despierta. Dejar volar la imaginación y tratar de convertir esos sueños en palabras.

EL NIÑO BENITO JUÁREZ

--> DE LIBROS Y OTROS PLACERES Un personaje que no debemos olvidar, por su importantísimo legado a la formación de este país, es...