Mis novelas

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jueves, octubre 26, 2023

EL REGRESO DEL KAZAJO, DE GERARDO ANTONIO MARTÍNEZ

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DE LIBROS Y OTROS PLACERES

Hace cerca de un año, mis colegas Vicente Alfonso, Emiliano Pérez Cruz y una servidora, nos reunimos para deliberar, después de leerlas y releer las mejores, cuál de las setenta y tantas novelas recibidas para optar por el Premio Nacional de Literatura “Laura Méndez de Cuenca” 2022 tenía los mayores merecimientos para obtenerlo. Debo contarles que no fue fácil. A diferencia de otros certámenes en que había fungido como jurado, en esta ocasión había varias novelas muy muy buenas, bien escritas, con propuestas originales.

Finalmente, debido a la recreación de una época interesante en nuestro país y en el mundo, la estructura a dos voces bien diferenciadas, la tensión narrativa que nunca se pierde, el excelente manejo del lenguaje, los diálogos siempre frescos y creíbles y (aunque el autor lo niega sistemáticamente) estar inspirada en un caso real, elegimos El regreso del Kazajo.

Pocos saben que Kazajo se refiera a un lugar poco conocido Kazajistán, ahora un país independiente en la costa del Mar Caspio, por entonces, en el tiempo de la novela, miembro de la URSS.

Desmenuzaré los elogios que mis colegas y yo escribimos en el dictamen:

La recreación de la época interesante: Interesantísima, diría yo. El eje narrativo de la novela se desarrolla en el año 1955, el de mi nacimiento, en medio de la Guerra Fría, cuando las potencias se espiaban mutuamente a través de agentes secretos, espías que muchas veces trabajaban para más de un solo amo.

Las descripciones y referencias que nos sumergen con maestría en ese tiempo están tan bien hechas (y lo digo con conocimiento de causa) que nunca imaginé que el autor no fuera más o menos contemporáneo mío. Al conocer a Gerardo Antonio Martínez mi asombro se cubrió de admiración, pues significa que, además de investigar acuciosamente, tiene un gran talento para insertar estos datos con enorme naturalidad.

Hablemos ahora de las voces de la novela. El eje de la acción, situado en 1955, lo cuenta un narrador omnisciente, cuya mirada se centra en Nacho Cervera, el joven investigador, abogado “fifí” que atraviesa una crisis existencial. La posibilidad de renunciar a su trabajo en un diario y dedicarse a la búsqueda de Emilio Padilla, “El kazajo”, desaparecido en el aeropuerto de la Ciudad de México al volver, tras veinte años pasados en prisiones soviéticas. En esta parte de la novela las acciones se suceden vertiginosamente sin dar respiro al lector: escenas criminales, policías “a la mexicana” y recorridos por la capital de nuestro país. Los diálogos, ágiles y creíbles, nos sumergen en la intriga y mantienen en vilo nuestra atención. Pero no dejan a un lado la esencia de la literatura: el lenguaje de la calle se convierte en arte y reflexión. Belleza y filosofía nacidas de momentos en que los personajes son guiados por bajos instintos, tal y como sucede en las calles hoy en día.

La verosimilitud de esos personajes, de esas acciones, denotan un profundo conocimiento de las prácticas policíacas, así como de las entretelas del Partido Comunista y de los diplomáticos de las grandes potencias.

El otro hilo narrativo es un largo monólogo, insertado en fragmentos que alternan con las acciones mencionadas, en que Emilio Padilla narra su historia, su militancia en el Partido Comunista, y los horrores sufridos en las prisiones soviéticas. Esa voz cambia el ritmo de la narración, pero no permite aflojar la tensión, el interés ni dejar de disfrutar la belleza, la poesía que sale de la pluma de Gerardo Antonio Martínez. Miedo, amor, desamor, soledad, son algunos de los sentimientos que transmite al lector. 

En suma, les recomiendo ampliamente esta novela; además, la edición, como todas las del FOEM, que (hasta ahora) son garantía de belleza y calidad. No van a arrepentirse. Este talentoso joven, lo vaticino, dará mucho de qué hablar en el futuro.

jueves, octubre 19, 2023

COMO POLVO EN EL VIENTO DE LEONARDO PADURA

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DE LIBROS Y OTROS PLACERES

Uno de mis autores contemporáneos favorito es el cubano Leonardo Padura. Su estilo que combina el humor, la alegría de vivir tan caribeña, con el magistral manejo de la tensión narrativa, llenan de placer las horas de lectura de sus obras. Entre sus novelas destacan las protagonizadas por Mario Conde, un entrañable detective “a la cubana” que, para muchos de sus críticos, constituye el alter ego del propio Padura.

Recientemente leí una novela de su autoría que se aleja de ese personaje y del género de thriller tropical que le es característico. Se trata de Como polvo en el viento, que el propio Leonardo Padura ha calificado como la más personal de sus obras.

A través de un coro de voces, inspiradas en personajes reales, quizá su grupo de amigos universitarios, Como polvo en el viento es un recuento de los destinos divergentes a que la diáspora cubana lanzó a muchos de ellos, quienes en la juventud convivían como miembros de una familia.

Si bien esta obra carece de la redondez y precisión narrativas de su famosa tetralogía, a mí me llegó al corazón el halo de nostalgia que transmiten sus páginas. Y contagió la tristeza de ver a una generación que pugna por abandonar su tierra, su comunidad, sus costumbres, familia y amigos. Me hizo ver ese reflejo en nuestra propia sociedad.

Pertenezco a la misma generación de Padura: ambos nacimos en 1955. A él le tocó perder a sus amigos cercanos, los que consiguieron huir de una sociedad en donde los caminos al éxito profesional y económico estaban bloqueados, amén de sufrir, día y noche, la continua sensación de estar siendo vigilados, espiados, y el terror de que a tal vigilancia sucediera la detención, los interrogatorios, la tortura, la posible desaparición misteriosa. A nosotros, los abuelos mexicanos, nos está tocando atestiguar y sufrir la diáspora de la generación que nos sigue: la de nuestros hijos que tampoco encuentran aquí las oportunidades de crecer profesionalmente de manera honesta, y se niegan a vivir con miedo a las diversas formas de presión que los poderes fácticos perfeccionan cada día.

Muchos de mis contemporáneos pasan la vida frente a una pantalla tratando de no perder el contacto con unos nietos que hablan en otro idioma, que no parten piñata en su cumpleaños ni conocen el sabor de un elote comprado en la calle.

En Como polvo en el viento, como en sus demás novelas, Leonardo Padura pinta la belleza de su isla cubana y sugiere, con la prudencia de quien ha decidido vivir bajo el régimen que no aprueba con tal de evitar la nostalgia perenne, el deterioro de una sociedad mutilada, que ha perdido a muchos, a amigos y familiares que van convirtiéndose en ajenos, distantes.

Un libro que conduce a profundas reflexiones, algunas surgidas en el lector, otras, con preguntas del propio texto, como éstas:

¿Será verdad que nadie abandona el sitio donde fue feliz…? ¿Y el sitio donde no lo fue, pero es su sitio y del cual nunca hubiera querido ni pensado alejarse? ¿Se puede marcar el instante preciso empeñado en torcer una existencia, ese quiebre funesto destinado a empujar una o varias vidas hacia inesperados derroteros? ¿Cuánto dura, cuánto pesa, cuánto decide un preciso o impreciso instante, visible o tal vez desapercibido en su momento de eclosión…? Y la felicidad: ¿cuánto dura la felicidad?

jueves, octubre 12, 2023

EL REY HERODES

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Unos lo confesamos… otros no.  Pero reside en la naturaleza humana una atracción, una fascinación por esos personajes, sean reales o de ficción, que encarnan el Mal, que triunfan guiados por malos instintos y acciones reprobables… esos que comúnmente conocemos como “villanos”. Tales “rufianes de la historia”, “malos de la película”, encarnan los instintos que nosotros reprimimos; por eso nos gustan.

La historia, escrita por los vencedores, tiende a “villanizar” a sus enemigos. Exagera sus defectos y omite sus cualidades y logros. Crea imágenes deformadas que aceptaremos sin replicar si no tenemos un sentido crítico, un escepticismo siempre alerta y la convicción de que nadie puede ser totalmente malo, ni completamente bueno; todos tenemos muchas facetas que dan cabida a claroscuros y contradicciones.  

Pero hay algo seguro: aquellos que, en algún momento logran destacar, tienen, necesariamente, una dosis de genialidad; en ella reside su magnetismo.

Uno de mis villanos históricos favoritos es el rey Herodes, quien reinó en Judea poco más de treinta años, bajo el yugo romano y coincidió, según la historia sagrada, con el nacimiento de Jesús de Nazaret.

Lo que todos hemos oído sobre este rey es que era muy poderoso, que recibió en su palacio a los Reyes Magos y que mandó matar a todos los niños del reino, para acabar con la posibilidad de que el Mesías lo destronara.

Las tres afirmaciones son más mito que realidad: era muy poderoso, en efecto, pero dependía del poder mucho mayor del Imperio romano. La historia de los Reyes magos es legendaria: no hay ninguna prueba de su existencia ni de su viaje en pos del recién nacido señalado por la estrella.  Y de la llamada matanza de los inocentes tampoco hay prueba alguna, ni documental ni arqueológica, más que la consignada en los Evangelios.

Cuenta el historiador Flavio Josefo que Herodes padeció una larga y dolorosa agonía, sumido la mayor parte del tiempo en una demencia atormentada por los fantasmas de muchas de sus víctimas, principalmente la de su segunda esposa, Mariamne, la mujer que amó con toda su alma, pero que también, junto con su primogénito, mandó ejecutar. En medio de aquellos dolores físicos y emocionales, cambiaba su testamento todos los días. En uno de ellos, hizo asentar que a su muerte debían ejecutar a los primogénitos de todas las casas de judíos nobles, esos que nunca lo aceptaron por ser idumeo (que en nuestro lenguaje sería como ser medio naco), para que nadie estuviera alegre durante sus funerales, que en todas las casas se rasgaran las vestiduras y se echaran ceniza sobre la cabeza.

Pero tan terrible instrucción no fue obedecida por sus herederos; por el contrario, en señal de buen comienzo, Arquelao, su hijo, mandó liberar a todos esos jóvenes nobles que estaban ya prisioneros. Eso sí, organizaron para el difunto los más fastuosos funerales de que se tuviera noticia.

Sabemos, pues, de sus fechorías. En cambio, son poco conocidas las virtudes de Herodes el Grande: las primeras, su genio militar y político. Además, su obsesión por las construcciones, logrando edificaciones monumentales, de gran mérito técnico y artístico. Poco queda de estos portentos de la arquitectura, pues unos años después, los romanos arrasaron con Judea para aplacar los levantamientos. Pero hay ruinas que dan fe del talento de Herodes y sus constructores: el puerto de Cesárea, provisto de unos muelles sostenidos por columnas de concreto sumergido en el mar; la ciudad de Sebaste, de estilo romano; su fastuoso palacio en Jerusalén. El templo de Salomón, reconstruido y engrandecido; la fortaleza de Masada, en medio del desierto, dotada de un sistema de recolección y almacenamiento de aguas pluviales, capaz de mantener abastecidos a todos sus ocupantes durante cincuenta días, sin recibir ni una gota más, por lo que pudo ser el último reducto de los judíos ante el embate romano, setenta años después. Y, por supuesto, el castillo-fortaleza de Herodión, donde hace pocos años el arqueólogo israelí Ehud Netzer encontró los restos de su tumba: un mausoleo que contiene en el interior, los fragmentos de un sarcófago de dos metros y medio de largo, fabricado en piedra rosa y con incrustaciones de bronce. La tumba ha sido profanada, saqueada y destruida al igual que su memoria, quizás varias veces en el transcurso de estos dos mil años. 

Los invito, amigos, a conocer un poco más de este personaje y sus familiares, especialmente de su hijo, Herodes Antipas, envuelto en los vuelos de mi imaginación, a través de la novela El pez de alabastro, que está estrenando nueva edición bajo el sello español Libros Áltera, pero está disponible para nuestro país por medio de las tiendas que todo lo venden a través de internet, ya sea en formato tradicional o en libro electrónico.

Soy Bertha Balestra, estoy triste y angustiada por la guerra que acaba de estallar en esos territorios que, de tanto estudiarlos, siento un poco míos. Espero que pronto se llegue a la paz en la tierra considerada santa por gran parte de la humanidad. 

jueves, septiembre 28, 2023

MÉXICO Y LOS SISMOS

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Nunca estamos listos para el profundo impacto provocado por los fenómenos de la Naturaleza. Se trate de huracanes, tsunamis, tornados o los devastadores sismos que han marcado, una y otra vez, con escenas de muerte, dolor y destrucción la memoria universal.

Nuestro México tiene un largo historial de terremotos dadas las condiciones de su subsuelo: esas placas que conforman la corteza terrestre, la cual no es una masa uniforme, sino una especie de suma de pedazos que están, como el planeta mismo, en continuo movimiento. Muchas son las explicaciones científicas que hemos oído, visto y leído en años recientes, cuando un incremento en esta actividad provocó, tanto en 2017 como en 2022, movimientos telúricos que produjeron daños mayores y, por su intensidad, pasaron a formar parte de la histórica lista de graves terremotos en nuestro territorio.

Para quienes tengan curiosidad sobre este tema, recomiendo consultar la monumental obra de los investigadores Virginia García Acosta y Gerardo Suárez Reynoso, titulada Los sismos en la Historia de México, publicada por la UNAM, CIESAS Y EL FCE, en dos extensos tomos que recogen datos y descripciones de todos los terremotos documentados desde el año 1 Pedernal.

En ella podremos enterarnos de que los habitantes de Mesoamérica han sido víctimas de dichos fenómenos naturales desde siempre.  Claro que, en tiempos prehispánicos no provocaban la destrucción masiva que acontece en nuestros días, pues las casas eran de material ligero y las pirámides, debido a su forma, no se caían con los temblores, además, no había la concentración poblacional de hoy. En aquella época los sacerdotes decían que eran causados por el ollin, que es el movimiento de los astros. Temblor en náhuatl se dice tlalollin, es decir, movimiento de la tierra. Explicaban que, cuando Venus se ponía en el horizonte y luego reaparecía en el oriente a la mañana siguiente, había tenido que caminar bajo tierra en plena oscuridad, y a veces se tropezaba: eso era un temblor. Los temblores más fuertes ocurrían cuando era el Sol quien tropezaba.

Una vez conquistado y evangelizado por los españoles el antiguo Imperio Mexica, junto con sus pueblos vecinos, la explicación no dejó de ser de índole religiosa. Los frailes aprovechaban estos fenómenos para hablar a los naturales de la ira de Dios por los pecados de la gente. Los conminaban a la obediencia, el tributo, la oración y la penitencia para calmar el enojo del creador.

Desde luego, el tipo de construcciones coloniales de piedra, no siempre bien cimentadas y equilibradas, los techos más pesados y las iglesias con bóvedas y campanarios, sufrían daños severos y con frecuencia había víctimas humanas.

Varios sismos se encuentran descritos en las crónicas junto con las medidas religiosas que se tomaban. Por ejemplo, en septiembre de 1754, el arzobispo de México llamó a una procesión dedicada a San José “a fin de aplacar la divina justicia en los terremotos experimentados”.

 En 1875, en Guadalajara, “una procesión de penitentes desnudos, con crucifijos y luces, recorrieron las calles de la ciudad… todos con velas y algunos descalzos, en señal de penitencia”.

Aún hoy, cuando se sufren terremotos que se suman a la lista de destructores movimientos telúricos, no falta quien quiera darles explicaciones religiosas, mágicas y paranormales. Tampoco ha conseguido la ciencia la tan deseada posibilidad de predecirlos… y, desgraciadamente, hay quienes siguen construyendo sin tomar en cuenta este riesgo que es una certeza: seguirá temblando en el territorio nacional. Asimismo, siempre hay gente sin escrúpulos que trata de aprovechar la desgracia para manipular y obtener beneficios personales.  Afortunadamente, somos testigos también de muchas muestras de solidaridad, empatía, cooperación y generosidad.

En suma, la Naturaleza es poderosa e impredecible…Y la condición humana comparte esos adjetivos.

jueves, septiembre 21, 2023

LA INSURGENCIA EN EL ESTADO DE MÉXICO

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Hacia fines del siglo XVIII, la autoridad colonial decidió reorganizar el territorio de la Nueva España en doce intendencias, para las cuales utilizó la división que la Iglesia católica otorgaba a las distintas diócesis.  Así pues, correspondió a las tierras que circundaban la capital del país, el apelativo de Intendencia de México. Comprendía esta cerca de 115,000 km2, abarcando los actuales estados de Hidalgo, Morelos, Guerrero y México, además, desde luego, el después llamado Distrito Federal, hoy Ciudad de México. En este enorme y diverso territorio se gestaban un sinnúmero de conflictos. La mayoría del orden de la propiedad de las tierras y aguas, amén de los problemas provenientes de cuestiones raciales o de castas. Los pueblos de indios, cuya población había crecido considerablemente, eran focos de tensión donde la semilla de la insurrección prendería como fuego en leña seca. Por otra parte, siendo el centro neurálgico de la Colonia, la influencia de las ideas ilustradas era fuerte y directa.

Así pues, cuando el ejército popular comandado por don Miguel Hidalgo y Costilla, en su camino obligado hacia la capital de la Colonia, pasó por el actual Estado de México, no tuvo dificultad alguna para sumar, a los cerca de 50,000 hombres que lo seguían desde Guanajuato y Michoacán, 30,000 más que se le unieron  desde El Oro y Temascalcingo, San Felipe e Ixtlahuaca hasta Toluca, y luego en Metepec, Atenco y Santiago Tianguistenco, armados en su mayoría sólo con palos y machetes, para enfrentarse y vencer a los realistas en el Monte de las Cruces.

A pesar de que Hidalgo fracasó muy poco tiempo después de esta gran victoria y fue aprehendido, juzgado y ejecutado, el movimiento no dio marcha atrás, encabezado por otros importantes líderes, entre ellos José Ma. Morelos y Pavón e Ignacio López Rayón.  Fue este último quien aglutinó a su alrededor a una serie de personajes de nuestro estado: en el norte del mismo sobresalieron Miguel Sánchez y los Villagrán; en el sur, en Amanalco y Temascaltepec, dos parientes del cura Hidalgo: Tomás y Mariano Ortiz. Joaquín Canseco salió de Tenancingo con indios de veinte pueblos hacia Tenango, para reunirse con José María Oviedo, lugarteniente de López Rayón. Ya bajo el mando de Oviedo intentaron tomar Toluca, pero fueron rechazados por los realistas y tomados prisioneros, para ser luego ejecutados en la plaza principal de dicha ciudad, que por esta acción tomó el nombre de Plaza de los Mártires.

Perdido Zitácuaro como bastión insurgente, la Suprema Junta Nacional se mudó a Sultepec. Allí, el doctor José María Cos publicó los periódicos insurgentes “El Ilustrador Nacional” y luego “El Ilustrador Americano”.

Posteriormente, cuando tanto Morelos como López Rayón cayeron en manos de los realistas y fueron ejecutados, el movimiento tomó nueva fuerza en el sur, en el actual estado de Guerrero (que por entonces era parte de la Intendencia de México), nombrado así en honor de Vicente Guerrero, el último gran caudillo de la Independencia quien, al pactar la alianza con Iturbide y formar el Ejército Trigarante, llevó a término esta guerra.

Además de los caudillos mencionados, otros mexiquenses formaron parte de esa heroica gesta. Entre ellos destacan:

José Rafael Polo Díaz De La Vega

Nació en San Nicolás de los Cerritos, Estado de México y murió en Los Mogotes, Michoacán (1781-1814). Insurgente que con sus hermanos Manuel y José Trinidad armó un cuerpo de caballería que se unió a las fuerzas de Ignacio López Rayón. Participó en la defensa de Zitácuaro y mantuvo activas las guerrillas del Estado de México.

José Manuel Izquierdo

Oriundo de Sultepec, Estado de México, estudió la carrera eclesiástica. Al conocer el movimiento armado del cura Miguel Hidalgo y Costilla, se unió a las tropas del militar Mariano Ortiz. En 1811 fue nombrado coronel de las tropas del cura José María Morelos y Pavón y Leonardo Bravo.

Participó en las batallas de Tenango del Valle, Cutzamala y la de Sultepec; en 1813 fue nombrado comandante interino de este último distrito.  Su padre, Don Nicolás Izquierdo fue aprehendido por los realistas para amenazar a José Manuel y hacerlo desertar de las filas insurgentes, pero éste no aceptó y el padre fue ejecutado.

Siguió siendo perseguido por el ejército realista y obligado de retirarse a Michoacán.  Apoyó el Plan de Iguala y el 27 de septiembre de 1821, entró a la ciudad de México junto a las tropas de caballería con el Ejército Trigarante, murió en Sultepec en 1833.

Pedro Ascencio de Alquisiras

Nació en Tlapa de Comonfort, Guerrero, en el año de 1778, de origen indígena y profesión de arriero, dejó su pueblo natal para enlistarse en las filas del ejército insurgente y convertirse en guerrillero suriano.

Fue Capitán de Caballería a las órdenes de Don José María Rayón, quien le otorgó el mando de 50 hombres con los que militó de 1814 a 1816. Después de varios episodios en los que demostró su valor, se presentó ante el General Vicente Guerrero con 3000 hombres, convirtiéndose en el brazo derecho de este personaje.

En la última etapa de la independencia, cuando parecía que todo el territorio de la Nueva España se encontraba pacificado, Pedro Ascencio se fortificó en el cerro de la Goleta desde donde solía hacer frente al ejército realista; en numerosas ocasiones le fue ofrecido el indulto por Agustín de Iturbide, el cual fue siempre rechazado para no traicionar su ideal de completa independencia del dominio español sin negociación alguna con los realistas.

Dentro de sus batallas más conocidas encontramos la de San Pablo, el 25 de enero de 1821. Nunca estuvo de acuerdo con la unión de Guerrero e Iturbide, por lo que no aceptó el Plan de Iguala. En un intento por tomar el pueblo de Tecala fue sorprendido por el ejército del General Cristóbal Huber y herido con un machetazo en la cabeza murió el 2 de Junio de 1821. Al cuerpo de Pedro Ascencio de Alquisiras le fue cortada la cabeza para ser expuesta en Cuernavaca.

Manuela Medina “La Capitana”

Nació en el pueblo de Taxco (actual estado de Guerrero); existe una contradicción en su apellido, ya que algunos afirman que es Manuela Medina y otros Molina; de origen indio, realizó servicios a la causa insurgente hasta que se le otorgó el grado militar en los primeros meses de 1813 por la Suprema Junta de Zitácuaro.

Combatió a lado de José María Morelos y Pavón en la toma del Puerto de Acapulco; no se tiene noticia de que haya aceptado alguno de los indultos que ofreció el virrey Apodaca, ni siquiera en la etapa más crítica de la insurgencia.  No hay registro de que esta mujer se acercara a colaborar con el ejército Trigarante ya que, en el momento de la consumación de la Independencia, Manuela se recuperaba en una casa de Texcoco al haber sido herida en uno de los combates con las tropas realistas. Murió pobre y calladamente el 2 de mayo de 1822.

jueves, septiembre 14, 2023

EL 11 DE SEPTIEMBRE

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Para la mayoría de mexicanos la fecha 11 de septiembre solamente se relaciona con un evento no muy lejano en el tiempo, dramático sin duda, pero ajeno a la historia nacional: el derribamiento de las torres gemelas de Nueva York. Sin embargo, pocos estamos conscientes de que esa fecha, 11 de septiembre, fue por años tan celebrada como el 16 del mismo mes, pues conmemora un hecho que consolidó para siempre la independencia de nuestro país.

Cuando hablamos de que el 27 de septiembre de 1921 España, a través del Virrey Juan O’Donojú, reconoció la independencia de una de sus más lucrativas colonias: la Nueva España… ¿nos resulta lógico que se hayan quedado así, tan tranquilos, y no hubieran intentado recuperar tan jugosa propiedad?

Desde luego que lo intentaron. Unos pocos años después, en 1928, el rey Fernando VII, junto con su Consejo, elaboró un plan para emprender la reconquista. Consistía en enviar tropas desde Cuba (que todavía era su colonia) y tomar por sorpresa al ejército de nuestro país. Allá en la Península Ibérica se pensaba que la mayoría de los mexicanos suspiraban por los tiempos coloniales y que sólo era cosa de tomar un par de ciudades y convocar a esos ciudadanos nostálgicos a reorganizar el gobierno bajo la corona hispánica.

Existía desde luego tal sentimiento y no eran pocos los que, dado el desorden político que se vivía en nuestra tierra, pensaban que más valía volver a lo “malo por conocido” que seguir dando tumbos en busca de un nuevo orden por conocer.

Así pues, se fraguó el proyecto de invasión, supuestamente secreto. Pero tal secreto llegó a oídos del gobierno a través de su cónsul en Nueva Orléans. El entonces gobernador de Veracruz, Antonio López de Santa Anna recibió también noticias, gracias a los contactos que tenía en la isla, de los pormenores de aquel plan nefasto.

A ese hombre podemos contarle mil defectos, pero no negaremos que algunos de sus rasgos resultaban muy propicios para la acción: era astuto, arrojado, ambicioso y hábil para dirigir tropas. Es imaginable el estado de ansiedad en el que entró desde que recibió aquella información. Enseguida bombardeó con cartas al presidente Guerrero solicitando recursos para preparar a su ejército. Sugirió también que se le diera el mando por encima de los otros contingentes que se alistaban para la defensa.

El 28 de julio de 1829 las tropas españolas desembarcaron al norte de Tampico. Los días 2 y 3 de agosto las tropas españolas se apoderaron de Tampico el Alto y Pueblo Viejo. El día 4, prácticamente sin combatir, tomaron el Fortín, la bandera española ondeó en el fuerte mexicano.

De inmediato, Santa Anna al frente de unos 1,000 hombres zarpó de Veracruz a combatir a los invasores. Como esperaba, se le nombró general de división y general en jefe del Ejército de Operaciones. Su primer plan fue sorprender a los españoles, embarcando a sus hombres en barcazas que entrarían, silenciosas en medio de la noche, por el río Pánuco para atacar el Fortín, asegurar el armamento del enemigo y de esa manera anularlo. Sin embargo, un torpe tiro se le fue a uno de sus hombres y tuvo que combatir anticipadamente y rehacer toda la estrategia.

Vale la pena repasar acción por acción la cadena de aciertos de ese entonces joven general que, a pesar del mal clima, de lo que tardó en recibir el apoyo de las demás divisiones y de la falta de disciplina militar de la mayor parte de sus reclutas, aprovechó bien las oportunidades que fueron surgiendo y obtuvo finalmente una victoria apabullante sobre éste, el último intento de España de recuperarnos como una de sus colonias.

De allí obtuvo Santa Anna los sobrenombres de “Héroe de Tampico” o “Héroe del Pánuco” y su prestigio aumentó de tal manera que se convirtió en el candidato favorito de los siguientes treinta años tanto para asumir la presidencia como para encabezar ejércitos en las siguientes guerras contra extranjeros: contra Francia en 1838, con éxito al defender el puerto de Veracruz y frustrar la invasión a nuestro territorio (en esta batalla perdió esa pierna que tantas aventuras contaría); contra los Estados Unidos, infructuosamente, tanto en la llamada Guerra de Texas en 1836 (remember The Alamo, como dicen todavía los norteamericanos) y en la también desafortunada defensa de la Ciudad de México durante la Invasión norteamericana en 1848, que nos costó la mitad del territorio.

En el tiempo en que Santa Anna estuvo en el poder, el 11 de septiembre se festejaba con platillo y bombo el haber evitado la reconquista de México por España, pero después, castigado justamente por la historia, esta fecha (que debería, pienso, aislarse de ese castigo) ya ni siquiera aparece en los calendarios cívicos.

 

 

jueves, agosto 31, 2023

EDGAR ALLAN POE

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Hablemos hoy de uno de los más grandes escritores de la historia: Edgar Poe, originario de Boston, donde nació en 1809. Edgar tomaría más tarde el apellido Allan en agradecimiento a su padre adoptivo, pues el matrimonio Poe murió cuando Edgar y sus hermanos eran pequeños.

Con los nuevos padres, Edgar vivió por un tiempo en Chelsea, Inglaterra y luego volvió a los Estados Unidos. El ambiente inglés y esa infancia y adolescencia marcadas por pérdidas y mudanzas, influyeron no solamente en su personalidad retraída y taciturna, sino en la temática de su obra literaria, poblada de historias y personajes inquietantes y terroríficos.

Sus numerosas obras comenzaron a publicarse desde 1827, es decir, cuando Poe era todavía un autor muy joven. Su obra incluye poesía, cuentos y ensayos, notorios por su perfección técnica que puede medirse matemáticamente.

A poco tiempo de cumplir cuarenta años, víctima del alcoholismo, alejado de la gente por su comportamiento errático y, seguramente, acosado por visiones y pesadillas, murió en Nueva York este genio de la literatura, legándonos una obra inigualable. Alrededor de su muerte, como en sus cuentos, se teje una serie de misterios. Algunos la achacan al alcoholismo; otros aseguran que fue asesinado. Hay quienes dicen que se le encontró en la calle, inconsciente, frente a un hospital de Baltimore, ignorándose cómo o por qué llegó hasta aquella ciudad.

En donde fuera su primera tumba, se colocó una piedra con la inscripción: Quoth the raven, nevemore, en alusión a su poema El cuervo, quizás la obra con la que más se identifica a este escritor.

Aunque al traducirlo, pierde la exactitud matemática, el poema conserva la magia que eriza la piel. Aquí algunos fragmentos:

Una vez, al filo de una lúgubre media noche,

mientras débil y cansado, en tristes reflexiones embebido,

inclinado sobre un viejo y raro libro de olvidada ciencia,

cabeceando, casi dormido,

oyóse de súbito un leve golpe,

como si suavemente tocaran,

tocaran a la puerta de mi cuarto.

"Es -dije musitando- un visitante

tocando quedo a la puerta de mi cuarto.

Eso es todo, y nada más."

 

Y el crujir triste, vago, escalofriante

de la seda de las cortinas rojas

llenábame de fantásticos terrores

jamás antes sentidos. Y ahora aquí, en pie,

acallando el latido de mi corazón,

vuelvo a repetir:

"Es un visitante a la puerta de mi cuarto

queriendo entrar. Algún visitante

que a deshora a mi cuarto quiere entrar.

Eso es todo, y nada más."

 

Ahora, mi ánimo cobraba bríos,

y ya sin titubeos:

"Señor -dije- o señora, en verdad vuestro perdón imploro,

mas el caso es que, adormilado

cuando vinisteis a tocar quedamente,

tan quedo vinisteis a llamar,

a llamar a la puerta de mi cuarto,

que apenas pude creer que os oía."

Y entonces abrí de par en par la puerta:

Oscuridad, y nada más.

 

Escrutando hondo en aquella negrura

permanecí largo rato, atónito, temeroso,

dudando, soñando sueños que ningún mortal

se haya atrevido jamás a soñar.

Mas en el silencio insondable la quietud callaba,

y la única palabra ahí proferida

era el balbuceo de un nombre: "¿Leonora?"

Lo pronuncié en un susurro, y el eco

lo devolvió en un murmullo: "¡Leonora!"

Apenas esto fue, y nada más.

 

Vuelto a mi cuarto, mi alma toda,

toda mi alma abrasándose dentro de mí,

no tardé en oír de nuevo tocar con mayor fuerza.

"Ciertamente -me dije-, ciertamente

algo sucede en la reja de mi ventana.

Dejad, pues, que vea lo que sucede allí,

y así penetrar pueda en el misterio.

Dejad que a mi corazón llegue un momento el silencio,

y así penetrar pueda en el misterio."

¡Es el viento, y nada más!

 

De un golpe abrí la puerta, y con suave batir de alas, entró

un majestuoso cuervo

de los santos días idos.

Sin asomos de reverencia,

ni un instante quedo;

y con aires de gran señor o de gran dama

fue a posarse en el busto de Palas,

sobre el dintel de mi puerta.

Posado, inmóvil, y nada más.

 

Entonces, este pájaro de ébano

cambió mis tristes fantasías en una sonrisa

con el grave y severo decoro

del aspecto de que se revestía.

"Aun con tu cresta cercenada y mocha -le dije-.

no serás un cobarde.

hórrido cuervo vetusto y amenazador.

Evadido de la ribera nocturna.

¡Dime cuál es tu nombre en la ribera de la Noche Plutónica!"

Y el Cuervo dijo: "Nunca más."

Soñar...

Mi mayor placer es soñar. Soñar dormida y más, despierta. Dejar volar la imaginación y tratar de convertir esos sueños en palabras.

EL NIÑO BENITO JUÁREZ

--> DE LIBROS Y OTROS PLACERES Un personaje que no debemos olvidar, por su importantísimo legado a la formación de este país, es...